“El presidente tiene novia”: la amiga de Mónica Lewinsky que la traicionó, la grabó en secreto y reveló su relación con Bill Clinton
Una joven que vive un romance oculto con un hombre casado le confiesa a una colega lo que siente por él: “Me asusta pensar en lo mucho que me importa y en lo a gusto que me siento a su lado”. ...
Una joven que vive un romance oculto con un hombre casado le confiesa a una colega lo que siente por él: “Me asusta pensar en lo mucho que me importa y en lo a gusto que me siento a su lado”. La mujer que la escucha parece prestar su oído amigo para que la muchacha descargue sus sentimientos. Pero, en realidad, está grabando la conversación con otras intenciones.
Esta introducción, que parece ser el comienzo de un culebrón televisivo, en verdad ocurrió en los Estados Unidos en 1997. Y conmovió a la opinión pública. Es que la joven enamorada es la exbecaria de la Casa Blanca Mónica Lewinsky. Y el hombre del que habla, nada menos que el presidente estadounidense Bill Clinton. La señora que escucha -y graba-, en tanto, es Linda Tripp, compañera de trabajo de Lewinsky en el Pentágono, y supuestamente, su amiga.
Poco tiempo después, los dichos de la becaria sobre su relación con el mandatario provocarían un enorme escándalo en el país y llegarían a la Justicia. Clinton debería atravesar por ello un juicio político. Todo ello merced a la señora Tripp, que traicionó la confianza de su amiga. Según ella misma señaló, lo hizo para ayudarla. Cuando le preguntaron años después si se arrepentía de su accionar, Linda sentenció: “No, lo volvería a hacer”.
Bill y Monica en el Salón OvalMónica Lewinsky trabajaba en condición de becaria en la Casa Blanca en 1995. Clinton, el presidente número 42 de los Estados Unidos, estaba ejecutando su primer mandato y la joven, de 22 años, estaba asignada a la oficina del Jefe de Gabinete de entonces, León Panetta.
Los que tiempo más tarde reconstruyeron el romance entre la muchacha y el mandatario dijeron que una noche de noviembre de 1995 ella fue hasta el Salón Oval para llevarle al presidente una porción de pizza. Al parecer, allí comenzaron un repertorio de coqueteos que culminó cuando Mónica, antes de abandonar el recinto, le mostró pícaramente parte de su ropa interior.
Poco después volvieron a encontrarse, otra vez a solas en el Salón Oval, y comenzaron una serie de encuentros sexuales que se prolongaron durante meses.
Bill Clinton estaba casado. Desde 1975. Su mujer, la primera dama, era Hillary Clinton. De modo que sus furtivos escarceos románticos con la muchacha, además de echar sombras sobre la investidura presidencial, ingresaban al terreno de la infidelidad conyugal.
En abril de 1996, cuando el primer mandatario comenzó a trabajar en su reelección, sus asesores, que conocían los rumores de romance con la becaria, le aconsejaron retirar a la joven Mónica de la Casa Blanca.
Una amiga en quien confiarLa becaria fue reasignada así al Pentágono. Allí conoció a Linda Tripp, que era unos 20 años mayor que ella pero con quien trabó enseguida una relación amistosa. A punto tal que no tardó demasiado en contarle a su nueva colega su relación con el líder demócrata y los males de amor que padecía por su causa. También le relató sus aventuras amorosas clandestinas.
Esta apertura de la intimidad de Monica a Linda ocurrió pocos después de la llegada de la becaria al Pentágono, en 1996. Para ese tiempo, la señorita Tripp estaba pensando en escribir un libro. Ella había trabajado en la Casa Blanca durante la presidencia de H.W. Bush y en el comienzo del período de Clinton y consideraba que tenía anécdotas suficientes como para publicar su propia experiencia.
Así se puso en contacto con la agente editorial Lucianne Goldberg. La editora y su cliente tuvieron varias conversaciones hasta que, en una de ellas, Tripp le confesó a su agente literaria la bomba informativa que tenía.
En una entrevista para ABC News, la propia Goldberg contó cómo ocurrió eso: “‘Él tiene novia’, me dijo Tripp. Yo le dije: ‘¿Él? ¿Qiuién?’. Ella dijo: ‘El presidente tiene novia’“.
La agente editorial fue quien convenció a Linda de que grabase las conversaciones telefónicas que mantenía con Lewinsky. Le advirtió que con esa acción desleal tarde o temprano iba a perder a su amiga. Pero Linda respondió, sin remordimientos: “Ya tomé mi decisión”.
Veinte horas de grabaciónAsí, a partir del 3 de octubre de 1997, Linda comenzó a grabar todas las charlas que mantenía con Monica. Ella diría más tarde que lo hizo por “patriotismo”, porque le parecía que el comportamiento de Clinton era “inaceptable por parte del líder del mundo libre”.
Pero para muchos en la opinión pública, lo que había hecho Tripp era propio de una amiga hipócrita, traidora. Una vulgar delatora.
Fueron aproximadamente 20 horas las que Tripp grabó de conversaciones con su ingenua confidente. Lewinsky no solo le contó sobre los encuentros pasados en la Casa Blanca, sino que también le recreó las conversaciones subidas de tono que tenía telefónicamente con Clinton en esos días, y sus contactos íntimos, que no habían terminado.
Incluso una vez Lewinsky contó a su colega que había colgado una conversación con el mandatario con las siguientes palabras: “Te quiero, idiota”. Y que luego se sorprendió: “¡Dios mío! ¡Qué acaba de salir de mi boca!”.
Un vestido y un amorOtra de las confesiones de la becaria a su compañera tuvo que ver con un encuentro íntimo que ella mantuvo con el presidente en el Salón Oval de la Casa Blanca en febrero de 1997. En esa ocasión, el vestido azul marino de la marca Gap que llevaba la joven terminó con una mancha que testimoniaba el cariz sexual del contacto.
Al escuchar esta historia, Tripp le dijo a Lewinsky que no lavara ese vestido por nada del mundo, que así como estaba, con el ADN del presidente, podría servirle en el día de mañana como “póliza” de seguro “por si alguien te acusa de acosadora y por si él quiere confirmar esa acusación”.
Linda Tripp no dudó en pasar la información que tenía a los abogados que investigaban distintos actos de comportamiento inadecuado de Clinton hacia las mujeres. Uno de estos letrados fue el que asistía a Paula Jones, una mujer que había acusado a Clinton de acoso sexual cuando este era gobernador de Arkansas, en 1991. Tripp le contó al defensor de Jones que el presidente mantenía una relación con una becaria joven que había trabajado en la Casa Blanca.
Cuando fue citada para declarar en este caso, Lewinsky negó cualquier tipo de relación con Clinton. Le preguntó, sin embargo, a su amiga, quién pudo haber contado su historia íntima con el presidente, si “nadie puede saberlo”. “Monica... alguien les dijo algo”, le respondió, cínicamente, la trabajadora del Pentágono.
Las grabaciones contra ClintonPero en términos judiciales, la movida más jugada que realizó Linda Tripp fue la de entregar las 20 horas de grabaciones de las charlas con su amiga al fiscal Kenneth Starr, que estaba investigando a Clinton por irregularidades en un proyecto inmobiliario.
Esto fue en enero de 1998. Pronto la noticia llegó a la prensa y la relación extramarital del presidente provocó un terremoto en la sociedad estadounidense, causando escozor especialmente en los sectores más conservadores del país.
“Estaba furiosa con él (con Clinton). Quería que esa relación saliera a la luz pública porque era muy cruel. Lo que le estaba haciendo (a Lewinsky) era más que cruel”, diría Tripp años después para justificar su delación.
Los primeros días, y en el contexto de su juicio con Paula Jones (causa de la que fue absuelto), Clinton negó públicamente haber tenido relaciones sexuales con Monica Lewinksky. La misma actitud que mostraba ella cuando era interrogada por agentes del FBI.
Sin embargo, con el tiempo y las pruebas, la verdad sobre el affaire de ambos fue imposible de ocultar. Las andanzas de la becaria en el Salón Oval, la lascivia del presidente y el vestido manchado (que terminó en manos de la justicia) ocuparon las primeras planas de diarios y revistas de los medios norteamericanos y fueron la comidilla del pueblo por muchas semanas.
“Odio a Linda Tripp”“Mantuve una relación con la señorita Lewinsky que no fue apropiada y que, de hecho, estuvo mal”, terminó confesando Clinton el 17 de agosto de 1998, ante el gran jurado federal, en el contexto de la investigación que llevaba adelante el fiscal Starr. Ese mismo día, a la noche, el presidente repitió su confesión en un discurso televisivo desde la Casa Blanca.
Unos días antes, también en el mismo proceso, Lewinsky había admitido finalmente haber tenido encuentros íntimos con el presidente.
Al final de su declaración, cuando le preguntaron si quería añadir algo más, la joven, de 24 años entonces, aseveró que nadie le regaló un trabajo a cambio de su silencio (algo que se comentaba en esa época) y, luego de romper en llanto, escupió: “Y odio a Linda Tripp”.
Aunque salió liberado de la justicia, en diciembre de 1988, la Cámara de Representantes sometió a juicio político al presidente Clinton por perjurio (había mentido en una declaración jurada), abuso de poder y obstrucción de la justicia. En febrero de 1999, el Senado lo absolvió y le permitió, de esta manera, permanecer en su cargo.
A pesar del gran escándalo y de la pésima imagen que se granjeó en buena parte de la opinión pública, que la tildó de soplona, Tripp nunca se mostró arrepentida de lo que hizo. “Monica tomó sus decisiones. Ha tenido que vivir con las consecuencias. Al igual que yo he tenido que vivir con las mías. Pero no (me arrepiento). Sin dudas, lo volvería a hacer”, dijo a ABC en el año 2001.
El 8 de abril de 2020 Linda Tripp, de 70 años, falleció por causa de un cáncer de páncreas. Poco antes de la muerte de su examiga, al enterarse de sus padecimientos, Monica Lewinsky hizo un posteo en las redes: “No importa el pasado. Al escuchar que Linda Tripp está muy gravemente enferma, espero por su recuperación. No puedo imaginar lo difícil que es para su familia”.
Olvidando todos los rencores, la exbecaria de Bill Clinton supo tener compasión por esa amiga que fue la que mejor la escuchó y la que peor la traicionó.