English Baroque Soloists y Coro Monteverdi: un tándem extraordinario que se lució en la versión escenificada de Theodora
Theodora, oratorio de George Frideric Händel. Intérpretes: Marie Lys (Teodora), Iestyn Davies (Dídimo), Alice Coote (Irene), Guy Cutting (Septimio) y John Chest (Valens). Coro Monteverdi e Engli...
Theodora, oratorio de George Frideric Händel. Intérpretes: Marie Lys (Teodora), Iestyn Davies (Dídimo), Alice Coote (Irene), Guy Cutting (Septimio) y John Chest (Valens). Coro Monteverdi e English Baroque Soloist. Dirección: Christophe Rousset. Dirección escénica: Thomas Guthrie. Diseño de iluminación: Rick Fisher. Mozarteum Argentino. Teatro Colón.
4 stars
Más allá de cualquier tipo de observación crítica, la presentación de Theodora en el Colón, para cerrar la temporada 2026 del Mozarteum, tuvo una doble significación digna del mejor elogio. Por definición, un oratorio es una obra dramática sin representación escénica. Por eso, la propuesta de una presentación escenificada en concierto del último oratorio de Händel, con idea y dirección de Thomas Guthrie, le sumó un interés agregado a las reconocidas bellezas dramáticas y musicales de esta obra. Pero además, esta versión teatralizada de Theodora fue un estreno mundial.
Precisamente en el Colón, el extraordinario tándem que conforman el English Baroque Soloists y el Coro Monteverdi arrancó una extensa gira en la que llevarán de paseo a Theodora por varias ciudades americanas y europeas hasta concluir en Londres.
Dentro del corpus de los oratorios de Händel, tal vez el más trascendente de la historia, Theodora tiene una incuestionable singularidad. La mayoría de ellos refiere a personajes bíblicos o históricos, abunda en escenas épicas y de algún modo u otro, nos encontramos con confrontaciones o con grandes epopeyas colectivas. Aquí se recuerda la historia de una joven mártir cristiana que fue ejecutada en Antioquía, a comienzos del siglo IV, los tiempos de Diocleciano. En la obra intervienen sólo cinco personajes: Theodora, Dídimo, un soldado romano convertido al cristianismo y enamorado de ella; Septimio, amigo de Dídimo; Irene, amiga de Theodora y el perverso prefecto Valens. Con excepción de los parlamentos autoritarios e implacables de Valens, este oratorio indaga y escudriña una y otra vez en las intimidades y los devaneos espirituales y psicológicos de cada uno de los otros cuatro personajes a través de sus monólogos, de sus conversaciones y de los bellísimos números corales.
La puesta de Guthrie, con sutiles y mágicos juegos de luces, plantea una actividad escénica a los integrantes del Coro Monteverdi que respondieron con una ductilidad notable sin descuidar en lo más mínimo sus reconocidas maravillas vocales y musicales. Paradójicamente, los cuidados y cambiantes desplazamientos escénicos por entre los músicos de la orquesta y a lo largo y ancho del escenario reducido del Colón comenzaron con una declaración de principios visualmente brusca si no desagradable.
El espectáculo comenzó a pura magia con Christophe Rousset y la orquesta ofreciendo una interpretación perfecta de la obertura en tanto que el Coro Monteverdi estaba sentado por detrás del ensamble. En un momento, mientras la fuga de la obertura envolvía con su textura y la música de Händel tenía una realización insuperable, los integrantes del coro se iban poniendo de pie y con las sillas sobre las que estaban sentados por sobre sus cabezas se retiraban del escenario. A partir de ese momento, sin partituras y desparramados por diferentes lugares, según las ocasiones, en soledad o en comunión, el Coro Monteverdi tuvo una actuación sublime. El mismo calificativo va para los músicos del English Baroque Soloists, precisos, afinados, excelsos. El hacedor de estas maravillas fue Christophe Rousset, un director invitado para esta gira, con largas proezas en el campo de la interpretación históricamente informada de la música barroca al frente de su propia orquesta, Les Talens Lyriques.
Donde la homogeneidad no primó fue en el elenco. Dentro de un muy buen nivel general, hubo diferencias tanto en los aspectos estrictamente vocales como en los interpretativos. Marie Lys, Theodora, asumió un perfil virginal, devoto y piadoso a lo largo de todo el oratorio. Su canto, afinado, preciso y más atractivo en los agudos, no denotó los cambios que el personaje va sufriendo a medida que avanza la acción. Algo similar aconteció con el contratenor Iestyn Davies (el papel de Dídimo fue originalmente escrito por Händel para un cantante castrado). Si bien su voz es pura, clara y su afinación certera, al menos en esta actuación lució un tanto reservado en sus emocionalidades y de escasa densidad en los graves.
El bajo John Chest, el proveedor de todas las malignidades, tuvo un comienzo sólido, preciso y contundente. En su reaparición al final del oratorio, cuando debía aflorar toda su perversión, pareció un poco menos enérgico. Las actuaciones más notables fueron las de los dos personajes que acompañan a los protagonistas. El tenor Guy Cutting ofreció un canto seguro, con una densidad homogénea a lo largo de todo su registro y un color abaritonado sumamente atrayente. En cada una de sus intervenciones, cautivó con sus pesares, sus dudas y sus conflictos. Por último, Alice Coote, una mezzosoprano extraordinaria, así con Händel o con Mahler. Su voz es cautivante y desde lo estrictamente vocal supo darle a Irene variantes y perfiles diversos. Su tono puede ser robusto o tenue, y sus múltiples destrezas y capacidades expresivas fluyen con la misma solvencia a lo largo de todo su registro.
El final fue excelso. Irene comunica que el desenlace trágico de Theodora y Dídimo fue cumplido y, sin embargo, resalta que el amor es más fuerte que la muerte. Con Alice Coote en el centro del coro, ahora sí dispuesto sobre aquellas gradas posteriores en las que habían estado cuando sonó la obertura, Christophe Rousset dirigió de maravillas el último número, el coro doliente de los cristianos, una página de profunda emoción como sólo Händel podía hacerlo. Luego de tres horas, con algunos pocos claros en la platea, el público ofreció el largo aplauso que justificadamente ameritaba esta presentación escénica en concierto de Theodora.