Generación cero
Hogueras en París. Saqueos de comercios en Milán. Algo parecido acontece en Barcelona y Bilbao. Destrozos en el espacio público en Tirana. Acampadas en Madrid y Lisboa. Movilizaciones en Buenos ...
Hogueras en París. Saqueos de comercios en Milán. Algo parecido acontece en Barcelona y Bilbao. Destrozos en el espacio público en Tirana. Acampadas en Madrid y Lisboa. Movilizaciones en Buenos Aires. La juventud pone el grito en el cielo. Frente a gobiernos de izquierda o de derecha, da lo mismo. La rabia se siente, y mucho.
¿Quiénes son estos muchachos? ¿Qué quieren? O, mejor dicho, ¿qué les pasa? ¿De dónde viene toda esa cólera?
Durante los últimos años, el mercado digital se ha empecinado en etiquetar y compartimentar a los jóvenes: millennials (1981-1996), centennials (1997-2012), alfas (2013-2024) y betas (2025-...). De acuerdo con estas nomenclaturas, varían sus gastos, sus lenguajes, su forma de socializar y, sobre todo, su relación con la tecnología. La segmentación tiene un objetivo preciso: reducirlos a meros sujetos consumidores.
Lo cierto es que, si observamos con los lentes de la política (y no del mercado), podríamos unificar a todos ellos bajo el nombre de generación cero: cero estabilidad, cero representación, cero futuro.
Toda esa marea juvenil que irrumpe en el espacio público es bronca acumulada, pero también es ansiedad. ¿Por qué? Porque la realidad cambia las reglas cada semana. Pandemia, guerras convencionales, guerras comerciales, guerras híbridas, inteligencia artificial, catástrofes naturales, accidentes masivos: da miedo actualizar la web del diario o scrollear por los pasillos infinitos de TikTok. El plot twist se ha vuelto rutina. Para estos jóvenes, el plan es que no hay plan.
A esta incertidumbre estructural hay que sumarle la precariedad económica. Los jóvenes que trabajan no llegan a fin de mes y los que no trabajan se entregan al juego en línea, a las criptomonedas o a la depresión. Según la prestigiosa revista científica The Lancet Regional Heath, la tasa de suicidio aumentó un 38% en las dos últimas décadas en América: es la tercera causa de muerte entre los adolescentes de 10 a 24 años.
Para ellos, la secuencia clásica del sueño de la modernidad -estudio, trabajo, progreso económico- se ha quebrado por completo. No hay causalidad entre los diferentes escalones. Podés ser millonario de un día para otro, sin haber pasado por un aula ni una oficina: basta con acertar un movimiento en la Matrix de las criptomonedas. Pero también podés caer al Hades de los perdedores de la globalización, teniendo un doctorado o pedaleando quince horas por día para entregar una docena de empanadas. Todo se ha vuelto aleatorio. La linealidad es un lujo del pasado.
Esta falta de vínculo causal pone en crisis el sentido del esfuerzo, piedra angular del sistema. ¿De qué vale pagar impuestos si no vuelven en mejores servicios públicos? ¿De qué vale invertir en una carrera académica si la IA nos va a sustituir? ¿De qué vale cumplir la ley si “los de arriba” viven gambeteándola? La narrativa meritocrática no circula entre ellos: es una pieza arqueológica que escucharon de sus padres en alguna mesa dominical.
¿A quiénes señalan los jóvenes por esta volatilidad? A los políticos, más que a la política (entendida como el difícil oficio de distribuir recursos tangibles y no tangibles con un fin determinado). Ellos entienden el poder como un botín, no como un servicio. Ellos solo escuchan cuando hablan. Si el mercado de las nuevas tecnologías los reduce a datos, los políticos los reducen a votos. Ambos los minimizan.
En paralelo, hay otro desprecio que va tomando forma, el que apunta a los dueños de las plataformas digitales. Los Musk, los Page, los Zuckerberg de la vida. También hay ira para ellos. Los jóvenes confiaron en ellos, les entregaron su información, sus relaciones, su intimidad, sus gustos, sus miedos, su tiempo y, a cambio, recibieron ansiedad, ira, apatía, adicción y estrés. Lo que aparentaba ser libertad era manipulación. Fueron parte de un negocio. El problema fue que nadie les avisó a los adolescentes de que ellos eran la mercancía.
Y si los políticos ni siquiera pueden domesticar el presente, ¿qué esperar del futuro? Ese gran interrogante que está mutando en una afirmación tajante entre los adolescentes: mañana estaremos peor que hoy. Una mancha negra gigante cubre el horizonte. La promesa de progreso infinito está siendo reemplazada por la convicción de un deterioro imparable.
La religión -sea el dios que sea- está conteniendo una parte de esta furia descontrolada. Los jóvenes están volviendo a las iglesias. Ante la falta de certezas terrenales, la fe aparece como una posibilidad fiable. Más allá de su abstracción, saben que estará ahí mañana, pasado mañana y cuando más la necesiten. En un entorno hostil y salvaje, es un refugio seguro para el espíritu. Este fenómeno se hará palpable en la Argentina con la visita de León XIV.
Probablemente, en unas semanas, se calmarán las manifestaciones juveniles en Occidente. Pero no confundamos silencio con solución. Si los liderazgos siguen mirando para otro lado, los problemas persistirán y serán de mayor envergadura. La generación cero tiene poco y nada que perder. Y este es otro inconveniente. Porque, además de adolecer de estabilidad, representación y futuro, está siendo entrenada en el peor juego para la democracia: el de suma cero. Solo arriesgan su vacío.
Fuente: https://www.lanacion.com.ar/opinion/generacion-cero-nid04112026/