La posesión de la momia: terror con una puesta en escena revulsiva y calculado efectismo
La posesión de la momia (Lee Cronin’s The Mummy, Estados Unidos/Irlanda/2026). Guion y dirección: Lee Cronin. Fotografía: David Garbett. Edición: Bryan Shaw. Elenco: Jack Reynor, Laia Costa, ...
La posesión de la momia (Lee Cronin’s The Mummy, Estados Unidos/Irlanda/2026). Guion y dirección: Lee Cronin. Fotografía: David Garbett. Edición: Bryan Shaw. Elenco: Jack Reynor, Laia Costa, May Calamawy, Natalie Grace, Shylo Molina, Billy Roy, Verónica Falcón, Hayat Camille. Calificación: No disponible. Distribuidora: Warner Bros. Duración: 134 minutos. Nuestra opinión: buena.
3 stars
Frank Capra siempre fue un acérrimo defensor del nombre del director por delante del título de toda película. Y finalmente lo consiguió con el éxito de Sucedió aquella noche en 1934 y su definitiva coronación como el amo y señor de un estudio todavía pequeño como la Columbia Pictures. Hay que decir que esos reclamos eran atípicos en la era de los estudios, y si bien se convirtieron en marca autoral en los 60 -recordando a aquellos directores que defendieron su firma aún cuando el sistema pugnaba por ningunearlos-, se entronizaron como parte de la discusión sobre el cine en los años posteriores, con el Nuevo Hollywood, el fin de siglo y esas veleidades de cineastas que dejaron a veces las historias de lado para imponer su nombre como única referencia.
El hecho de que el irlandés Lee Cronin haya puesto su nombre delante de La momia como parte del título de la película -aunque en la versión local se haya extraviado para dejar lugar a la “posesión”- da cuenta de su convicción de que tiene algo personal que aportar a una historia trajinada, que se remonta a los primeros años de los estudios Universal, al furor por los descubrimientos en Egipto de la momia de Tutankamón, y a la figura de Boris Karloff envuelto en vendajes y polvareda. En ese 1932 cuando se estrenó la primera La momia, dirigida por el exiliado Karl Freund, la película se asimilaba al terror -un género que las versiones posteriores de La momia iban a rechazar en virtud del cine de aventura-, pero todavía con las coordenadas de un ‘monstruo’ similar al creado por el doctor Frankenstein, con el que compartía productora y protagonista.
Aún con la venia de un pope del terror contemporáneo como James Wan -y con los artilugios de la productora Blumhouse-, Cronin decide escribir una historia propia y asentarla tanto en una maldición del Egipto antiguo sobre un demonio dormido y conservado por siglos en un sarcófago sellado, como en la vida cotidiana de una familia emigrada a El Cairo a la espera de su regreso a los Estados Unidos. Cuando su hija Katie es secuestrada dentro de su propio jardín, los planes de triunfo laboral de Charlie (Jack Reynor) y su esposa Larissa (Laia Costa) se transforman en un regreso amargo a Albuquerque, en el limbo de la espera y la culpa, junto a las sombras de un misterio que no se esclarece.
Más allá de las volteretas de la trama a dos aguas -Nuevo México y Egipto- y de la combinación de la pesquisa policial de una investigadora en El Cairo y el tormento de la familia respecto a lo sucedido con su hija, Cronin explota al máximo su revulsiva puesta en escena -algo que ya había insinuado en su atractiva reversión de la franquicia de Sam Raimi, Evil Dead: El despertar (2023)-, consiguiendo mayor perturbación cuando se acerca a lo real antes que a lo exótico.
El castañeteo de los dientes, los escorpiones que penetran en los cuerpos, los vómitos sanguíneos, los dientes que se caen, son todos momentos de calculado efectismo que no se comparan con la exposición descarnada del calvario de una niña indefensa ante la mirada de sus atónitos padres. Ese connato de horror absoluto ofrece quizás la frontera más difusa de la moral de la película, que es capaz de divertirse con abuelas momificadas escupiendo las dentaduras postizas, pero al mismo tiempo advertir de la peor manera sobre el peligro ancestral para una familia que creía garantizada su seguridad. Esa efectiva admonición de Cronin -un poco en sintonía con lo que planteaba William Friedkin en El exorcista- puede ser tan objetable como su ego desmedido, pero la destreza de sus juegos formales, la desmesura de sus sorpresas y la confianza en un malestar perdurable logra internarse en nosotros más de lo que hubiéramos imaginado.