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La selección de los camaleones: para ganar después de haber ganado, Scaloni se abraza a su viejo mantra

La selección muestra los anillos. Y no se le caen. Suele decirse que un equipo tiene que aprender a sufrir. Está dispuesta al aprendizaje, entonces. Un equipo juega bien cuando sabe y también, e...

La selección muestra los anillos. Y no se le caen. Suele decirse que un equipo tiene que aprender a sufrir. Está dispuesta al aprendizaje, entonces. Un equipo juega bien cuando sabe y también, en la medida de que recordemos que esto es de a dos, cuando lo dejan. Pero la irregularidad de Argentina en los primeros partidos mundialistas no tiene que ver con que el rival la neutralice. Al contrario, lo que deja entrever es que apagar al rival hoy le interesa tanto o más que desplegar su admirado juego.

Hay argumentos para creer que así no se ve lo mejor de la selección. Dividir la iniciativa contra rivales inferiores y depender del gol de Messi en ataque abre la incertidumbre de qué sucederá más adelante, cuando la deseada continuidad en el torneo la enfrente a equipos más poderosos. Tal vez haya que reorientar el análisis. Tal vez debamos entender que hay una intención deliberada de jugar así. Un equipo que maneja distintos registros del juego puede ser igual de ganador que uno que resigne el protagonismo.

Quedó justamente idealizado el baile a Brasil en el Monumental por las Eliminatorias. Quedará para toda la vida la paliza a Francia durante 70 minutos en la final de Qatar. Hubo más rendimientos excelentes del equipo, desde un 3-0 a Uruguay también en River como la victoria a Italia en la Finalissima en Wembley. Sin embargo, lo que no habría que hacer es tomar estos partidos, sobre todo los primeros dos, como la constante de la selección. En el fútbol parejo que domina, la superioridad aplastante debe ser una aspiración, aunque no la línea para determinar rendimientos positivos o no. Y, por otro lado, si esa resulta la única vara, siempre habrá insatisfacción. Todo lo que no sea aquella perfección parecerá insuficiente.

Argentina le ganó a Brasil la final en 2021 en el Maracaná, la que quitó el peso en la mochila, con contundencia y pierna fuerte. En los primeros dos partidos en el Mundial anterior, frente a Arabia y México, perdió y ganó con sufrimiento; es decir, de entrada no se le vio el estilo posteriormente admirado. Incluso en la semifinal contra Croacia, resignó la pelota, juntó las líneas y apeló a ataques más esporádicos. En las últimas Eliminatorias no pudo jugar con su estilo en varios partidos como visitante: Barranquilla, Asunción, Quito. Se curtió. El último título, el de la Copa América en Estados Unidos, se armó con rendimientos menos vistosos y mayor solidez. Así fue como se armó y llegó al Mundial, dispuesta a armar trámites más lentos. Sale a la cancha no sólo sabiendo que tal vez tenga que defender más, sino seguro de que lo hará. Que suceda poco. Y si sucede, que sea desde los pies de su capitán.

No es un equipo con especialistas para la recuperación. La selección se estructura con jugadores de pase, eso es lo que la distingue por encima incluso de la enorme mayoría de las selecciones mundialistas (sólo España y Portugal lo hacen de esa forma). Cuando tiene la pelota, la maneja como pocos. Conquista y gusta. Cuando la pierde, en estos partidos no eligió la presión sino comprimirse. Reduce espacios en su campo y trata de que no le lleguen. Marca más como un equipo europeo ordenado que un argentino apasionado. Seguramente el cuerpo técnico haya visto razones para apelar a este plan. Razones que pueden variar desde no querer que los defensores tengan media cancha a sus espaldas frente a atacantes muy veloces (no tanto los recientes rivales sino los posibles próximos), así como una versión reducida del equipo desde lo físico.

Scaloni suele explicar en las conferencias de prensa algo que evidentemente es idéntico al mensaje que baja en las charlas técnicas: el Mundial se gana con una buena defensa. Para ejemplificarlo, no tiene a mano justamente el que ganó su equipo: no se puede asegurar que haya sido el de mejor defensa sino el de mejor ataque. Pero está convencido de lo que dice. Y un técnico puede postular cualquier cosa menos lo que no siente. En esa búsqueda, defendió mejor en el segundo encuentro que en el debut. Argelia le generó más preocupaciones que Austria. En parte se debió a que los africanos tienen atacantes más desequilibrantes. También porque Argentina supo cerrarse. Ya no dejó espacios donde pudieran filtrarse.

Con ese estilo de mediocampistas, siempre el ideal será disponer de la pelota más tiempo que en estos dos encuentros. Siempre será más entretenido que Enzo Fernández despliegue su calidad en campo contrario. Que haya más intervenciones de Thiago Almada en ataque, como la complicidad con Messi para el primer gol a Austria, que en colaboración con el lateral propio para que no le hagan el 2-1. Y, sobre todo, que Lautaro Martínez pueda ver más veces de frente al arquero rival y corra menos por la espalda al volante central adversario. Ganar después de haber ganado, además de un desafío extraordinario, es tan complicado que los antecedentes mundialistas se remontan a tres cuartos de siglo atrás. Quedó dicho que existe un escalón de mayor dificultad: jugar bien después de haber jugado bien. Antes de que le tomaran la mano, la selección debía apelar a otras virtudes. En ese camino se encuentra, tratando de no perder la esencia pero recordando que siempre estuvo preparado para distintas alternativas.

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/deportes/futbol/la-seleccion-de-los-camaleones-para-ganar-despues-de-haber-ganado-scaloni-se-abraza-a-su-viejo-nid26062026/

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