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La verdad también construye puentes

He leído con respeto el mensaje de condolencias emitido por las autoridades de la Conferencia Episcopal Argentina con motivo del fallecimiento de la señora Taty Almeida.Su partida invita, ...

He leído con respeto el mensaje de condolencias emitido por las autoridades de la Conferencia Episcopal Argentina con motivo del fallecimiento de la señora Taty Almeida.

Su partida invita, ante todo, a una reflexión humana y cristiana. Durante gran parte de su vida cargó con el dolor de haber perdido a un hijo, una de las pruebas más difíciles que puede afrontar una madre. No hay diferencias de opinión que puedan impedir reconocer ese sufrimiento y acompañar con respeto el recuerdo de quien vivió marcada por esa ausencia.

La realidad histórica es más compleja

Precisamente porque el dolor merece respeto, también merece ser acompañado por la verdad.

La declaración difundida por las autoridades de la Conferencia Episcopal parece inscribir la tragedia sufrida por Taty Almeida exclusivamente dentro del marco de represión del Estado. Sin embargo, la realidad histórica es más compleja. Su hijo Alejandro fue víctima de la violencia política y terrorista que ya desgarraba a la Argentina antes del golpe militar de 1976. Su muerte ocurrió en el marco del accionar de organizaciones extremistas de izquierda y de derecha, en una etapa en la que el país se encontraba inmerso en una espiral de violencia que diariamente cobraba nuevas víctimas.

Este hecho no disminuye en nada el dolor de una madre

Recordar este hecho no disminuye en nada el dolor de una madre. Tampoco atenúa la gravedad de los delitos y abusos que posteriormente se cometieron desde el Estado. Comprender el contexto histórico no significa justificar lo ocurrido. Explicar no es absolver. Pero una memoria que omite una parte de la verdad dificulta la comprensión de la tragedia completa que vivió la Nación.

La Argentina no comenzó su drama el 24 de marzo de 1976. Cuando los militares tomaron el poder, el país ya padecía secuestros, atentados, asesinatos, desapariciones y una violencia política que había dejado profundas heridas. El año 1975 fue uno de los más violentos de nuestra historia. Nada de ello justifica lo que vino después, pero ignorarlo tampoco ayuda a construir una memoria honesta ni una reconciliación auténtica.

Una visión que parece recordar solo una parte de los sufrimientos argentinos

Por eso preocupa que, cincuenta años después, las máximas autoridades de la Conferencia Episcopal continúen transmitiendo una visión que parece recordar solo una parte de los sufrimientos argentinos. Ya ocurrió con motivo de los cincuenta años del golpe de Estado, cuando el énfasis estuvo puesto exclusivamente en la represión estatal, sin referencia alguna al terrorismo previo que había ensangrentado al país.

Llama la atención que estas posiciones provengan precisamente de quienes están llamados a ser constructores de puentes. La misión de la Iglesia no consiste en confirmar divisiones ni en consagrar relatos parciales, sino en ayudar a que los hombres se encuentren en la verdad.

Cuando determinadas posiciones se reiteran durante años como expresión institucional, terminan siendo percibidas por la sociedad como la voz de toda la Iglesia

Corresponde distinguir, por supuesto, entre las autoridades que hoy conducen la Conferencia Episcopal y el conjunto de los obispos argentinos. Sin embargo, cuando determinadas posiciones se reiteran durante años como expresión institucional, terminan siendo percibidas por la sociedad como la voz de toda la Iglesia. Y cuando otras voces no se escuchan públicamente, muchos fieles se preguntan si la prudencia aconseja esperar tiempos mejores o si simplemente se ha resignado el debate.

Mientras tanto, numerosos argentinos realizan esfuerzos sinceros para superar las divisiones del pasado. Hace pocos días, en el Congreso Nacional, más de una veintena de diputados nacionales, acompañados por centenares de personas, participaron de la presentación de un documental sobre Argentino del Valle Larrabure. No fue un acto de confrontación ni de revancha. Fue una convocatoria al encuentro, al perdón y a la construcción de un futuro compartido. Sin embargo, ese gesto pasó prácticamente inadvertido para los medios de difusión que responden a las autoridades de la Conferencia Episcopal.

Hoy pueden verse hijos de personas asesinadas en atentados terroristas, hijos de desaparecidos e hijos de víctimas de la violencia política de distintos signos capaces de escucharse

Más significativo aún es que este espíritu de reencuentro también se manifiesta entre quienes heredaron las heridas de aquellos años. Hoy pueden verse hijos de personas asesinadas en atentados terroristas, hijos de desaparecidos e hijos de víctimas de la violencia política de distintos signos capaces de escucharse, reconocerse y tender puentes hacia el futuro.

No han olvidado el dolor ni han renunciado a la verdad. Pero han comprendido que ninguna nación puede construirse permaneciendo indefinidamente prisionera de sus tragedias. Lo esperanzador de nuestro tiempo no es que los argentinos hayan olvidado el pasado, sino que muchos de quienes heredaron sus heridas han comenzado a encontrarse sin renunciar a la verdad y sin quedar atrapados en el resentimiento.

Las verdades incompletas siguen teniendo consecuencias en el presente

Pero la cuestión no es solamente histórica. El pasado ya ocurrió. Lo preocupante es que las verdades incompletas siguen teniendo consecuencias en el presente. Durante demasiado tiempo se ha hecho de la división una herramienta de construcción de poder, de la confrontación un método de acumulación política y del adversario un enemigo antes que un compatriota. La reconciliación exige algo distinto: verdad completa, respeto mutuo y voluntad de construir acuerdos para el futuro.

Por eso resulta difícil comprender que, mientras tantos argentinos realizan esfuerzos concretos para construir puentes y mirar hacia adelante, algunas autoridades eclesiales parezcan continuar aferradas a interpretaciones parciales que no favorecen ese mismo camino de reencuentro nacional.

La Iglesia está llamada a ser signo de unidad. Los argentinos necesitamos pastores que nos ayuden a encontrarnos en la verdad, no a permanecer encerrados en las heridas de nuestra historia. Necesitamos una memoria que reconozca todos los sufrimientos, una verdad que no excluya a nadie y una reconciliación fundada en la justicia y en el respeto mutuo.

La verdad no divide. Lo que divide son las verdades incompletas. Y la Argentina solo podrá reencontrarse consigo misma cuando tenga el coraje de mirar toda su historia, honrar todos sus dolores y construir, entre todos, los puentes que nos permitan caminar hacia el futuro.

Grl. Br. (R)

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/opinion/la-verdad-tambien-construye-puentes-nid26062026/

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