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Marcelo Bielsa y su traumática salida de Uruguay: una fractura que ahondó la caída

Suena el teléfono, es un periodista italiano de prensa gráfica que está cubriendo su octavo Mundial. Un par de horas antes había quedado una larga charla sobre el tema en cuestión. Vuelve con ...

Suena el teléfono, es un periodista italiano de prensa gráfica que está cubriendo su octavo Mundial. Un par de horas antes había quedado una larga charla sobre el tema en cuestión. Vuelve con una inquietud: “Un periodista argentino me ha dicho que Bielsa es un chanta. ¿Qué significa eso?”

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La eliminación de Uruguay, uno de los bombazos del Mundial, transformó al fútbol en otro deporte que despierta pasiones y tiene infinidad de adeptos: la polarización en torno a Bielsa. Para algunos es un ilustrado que para interpretarlo exige un esfuerzo cognitivo que muchos no están dispuestos a hacer por pereza o preconcepto. Para otros es un lunático que vive su propia realidad, distópica, ajena a todo lo circundante. Y por eso así le va. Por el motivo que sea, nadie lo percibe como un director técnico más, alguien que empieza y termina con el resultado.

En el ciclo que va de un Mundial a otro, Bielsa hizo una gestión regresiva en Uruguay, se fue deteriorando en todo, en lo relacional y lo futbolístico, hasta la derrota con España que bordeó el descontrol. Punto final y despedida, con la rotundidad que desprendían los hechos. No hacía falta su palabra ni la de ningún dirigente de la Asociación Uruguaya para saber que se separan los caminos.

Bielsa tuvo un arranque de gestión auspicioso, con victorias por las eliminatorias ante la Argentina en la Bombonera y sobre Brasil en el Centenario. Aquella noche, en noviembre de 2023, Bielsa lo felicitó a Scaloni porque “había construido un equipo de autor en su primera experiencia”. Después, en los 90 minutos, el 2-0 de la Celeste fue leído como una “lección táctica” del rosarino.

¿Cuándo empezó a torcerse todo? El punto de inflexión puede situarse después de la Copa América 2024, en la que Uruguay fue tercero. Bielsa estaba llevando adelante la transición de reemplazar a los dos máximos goleadores históricos de la selección, Luis Suárez y Edinson Cavani. El delantero de Inter Miami estuvo en esa Copa América, en un papel secundario, disputando los minutos residuales de la mayoría de los partidos.

Suárez ya era consciente de que le quedaba poco en la selección, pero para Bielsa le quedaba aun menos. Ahí se produjo una tensión que el delantero hizo detonar con declaraciones que horadaron mucho el perfil humano de Bielsa: descortesía con los empleados de la concentración, trato distante con el plantel, escasa empatía y un ensimismamiento que lo llevaba a negar algo tan elemental como el saludo. A Suárez lo secundó por entonces Agustín Canobbio con declaraciones que igual no lo dejaron afuera del Mundial, del que salió expulsado contra España: “Hubo una falta de respeto constante”.

Ardió Troya. Bielsa intuyó un movimiento desestabilizador, pero se aferró al cargo, confió en que iba a enderezar el barco, mientras la dirigencia miraba desde afuera entre azorada y prescindente. Públicamente, el entrenador soltó la primera de las frases auto-incriminatorias, que tuvieron continuidad hasta estos días: “No ignoro todo lo que pasó y sé que mi autoridad queda de algún modo afectada”.

La renovación futbolística que había encarado Bielsa tuvo puntos estancos. Dirigió al Preolímpico que tuvo la base del Sub 20 campeón mundial en la Argentina. Quedó lejos de conseguir la clasificación para los Juegos de París y ninguno de esos jugadores se hizo un lugar en la lista mundialista. El proyecto se quedaba sin el suministro de los que venían de abajo.

Un amistoso que debería haber pasado poco menos que inadvertido produjo otra eclosión. La derrota por 5-1 contra los suplentes de Estados Unidos lo indujo a otro harakiri: “Yo soy tóxico, la persona que se relaciona conmigo empeora. Sí, tóxico. Tipos que solo ven el error, que están corrigiendo, que demandan, que nunca están satisfechos con nada, que les gusta hablar solo del trabajo, que van a comer y llevan un diario porque no quieren integrarse con el resto para no tener que hablar de cosas que los alejen de todo eso. Yo lo vivo como un karma".

"NO LE DEJO NADA AL FÚTBOL URUGUAYO"

Marcelo Bielsa se refirió al aporte que le deja a Uruguay tras la eliminación del #MundialEnDSPORTS. pic.twitter.com/5YjXdfTImi

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El desembarco al Mundial se hizo en medio de un clima enviciado con el plantel. Bielsa contradecía algunos de sus principios: por la exigencia física de sus entrenamientos, Ronald Araújo se resintió de una lesión. A su vez, un entrenador que prioriza tanto la plenitud física le hizo lugar en la lista a varios jugadores que no estaban al 100 por ciento: Giménez, De Arrascaeta, De la Cruz. Lo hizo por gratitud a lo que dieron en su ciclo y porque tampoco había opciones de garantías. Bielsa no había conseguido ampliar la base de sustentación.

Antes del Mundial 2002, cuando no quedaba claro si Cavallero o Bonano sería el titular, Bielsa admitía: “No sé de arqueros”. La frase cobra vigencia a la luz de lo errada que fue la elección de Muslera, con mayor o menor responsabilidad en los cuatro goles que recibió Uruguay en el Mundial. Rochet, ya titular delante de Muslera en la Mundial pasado, había sido el arquero consolidado en todo el ciclo. Muslera reapareció recién en un amistoso previo al Mundial.

Las posibilidades de triunfo disminuyen considerablemente si un entrenador y los referentes del plantel disienten, sin ponerse de acuerdo, sobre el planteo a aplicar en un partido. Fue lo que ocurrió en la previa contra España. Mientras Bielsa seguía con su ideario de siempre (presión alta, duelos individuales, quitarle la pelota a España el máximo tiempo posible), Valverde, Ugarte, Bentancur y Rochet preferían esperar en un bloque bajo y salir de contraataque.

Bielsa llegaba a la batalla definitiva sin poder cambiar la cultura futbolística histórica de la Celeste. Sus jugadores creían que el futuro en el Mundial pasaba por volver a las fuentes del Maestro Tabárez. Como países, la Argentina y Uruguay tienen varios puntos en común, pero en el fútbol hay desconfianza y orgullo por lo propio. La mixtura de identidades ya fracasó cuando a la Celeste la dirigió Daniel Passarella.

Por eso, la última inmolación ante los micrófonos de Bielsa fue la admisión de que su paso no le deja nada a Uruguay. Esa ausencia de legado es su principal fracaso, que va más allá de los resultados. No le pasó en la Argentina ni en Chile, donde la falta de títulos no impidió que sus jugadores lo reconocieran en todo lo que los había mejorado. No hay futbolista de Uruguay con un textual de agradecimiento. Ese tipo de contraste no solía darse.

EL ENOJO DE MARCELO BIELSA TRAS LA ELIMINACIÓN DE URUGUAY 🇺🇾😡#MundialEnDSPORTS #FIFAWorldCup pic.twitter.com/CLijYorNeX

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Con 70 años, quizá el modo de liderar de Bielsa no encaja con la época. Su intemperancia ya había dado un respingo en Leeds, donde lo sufrieron hasta sus colaboradores más cercanos. Bajar la mirada ante la cámara en la presentación que hace la FIFA de las formaciones, o el destrato con el personal televisivo en la entrevista posterior al partido con España, lo alejan de las reglas elementales de convivencia. Hay otras maneras de luchar contra el sistema o desnudar los abusos del negocio, sin caer en lo huraño o lo iracundo.

¿Volverá a dirigir? Bielsa es insondable. Aunque sea muy improbable, quizá llegue el tiempo de que su carrera cierre el círculo y en algún momento vuelva adonde empezó todo, en Newell’s. No necesariamente para ser el entrenador, sino para fijar un rumbo en un club que lleva largo tiempo a la deriva. Sería recibido como un profeta, con la feligresía más fiel que pueda encontrar. Nadie bautiza su estadio con el nombre de un chanta.

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/deportes/futbol/marcelo-bielsa-y-su-traumatica-salida-de-uruguay-una-fractura-que-ahondo-la-caida-nid27062026/

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