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Más inversión y productividad: el camino para alcanzar a Australia y Corea

A comienzos del siglo XX, la Argentina era considerada una economía con un futuro promisorio. Compartía con Canadá, Nueva Zelanda, incluso con Estados Unidos, y, particularmente con Australia, l...

A comienzos del siglo XX, la Argentina era considerada una economía con un futuro promisorio. Compartía con Canadá, Nueva Zelanda, incluso con Estados Unidos, y, particularmente con Australia, las características de los países de “asentamiento reciente”: abundancia de recursos naturales, inmigración y formación de capital humano de calidad.

Sin embargo, desde comienzos del siglo XX al presente, el ingreso por habitante de los argentinos creció apenas 0,8% anual. A ese ritmo, un argentino necesita unos 87,5 años para duplicar su nivel de vida. Un australiano, creciendo al 1,7% anual, lo hace en aproximadamente 41 años. Una diferencia aparentemente pequeña termina convirtiéndose, generación tras generación, en una enorme brecha de bienestar.

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La pregunta, entonces, no es cuánto puede crecer la Argentina durante uno o dos años. La pregunta relevante es: ¿cuánto debería crecer y cuanta inversión necesita la Argentina para alcanzar el nivel de vida de los australianos?

Los números muestran una restricción que suele quedar escondida detrás de las cifras de inversión bruta. En 2011, el año en que la Argentina alcanzó su máximo nivel de producción -un récord que todavía no logró superar en más de quince años- la inversión bruta representó el 21,5% del PIB.

Sin embargo, según la base Arklems+Land del Centro de Estudios de la Productividad, cerca del 70% de ese esfuerzo estuvo destinado simplemente a reponer y mantener el capital existente. Es decir, una parte significativa de los recursos invertidos no se tradujo en una ampliación de la capacidad productiva de la economía local.

La inversión neta de depreciación, que es la que efectivamente permite aumentar el stock de capital y ampliar la capacidad de producción, fue de apenas el 10,6% del PIB en 2011, el último año en que la Argentina inició un período de crecimiento sostenido. Hoy, ese indicador se ubica en el 4,2% del PIB, lo que refleja hasta qué punto se redujo la capacidad del país para generar nueva capacidad productiva a través de la inversión.

Aumentar la inversión es una condición necesaria pero no suficiente para crecer y desarrollarse.

Si la Argentina repitiera el desempeño de su último ciclo expansivo, impulsado por el mayor superciclo de commodities de su historia entre 2002 y 2011, incluso más favorable que el de la generación de 1880, y mantuviera un crecimiento del PIB per cápita de apenas 1% anual sin mejoras de productividad, necesitaría una tasa de inversión cercana al 21,1% del PIB.

El problema aparece cuando se pretende cambiar la historia y afirmar “This time is different”.

Si el objetivo fuera cerrar en una sola generación, unas tres décadas, la brecha de nivel de vida con Australia, la Argentina debería sostener un crecimiento del PIB per cápita cercano al 4% anual, una trayectoria comparable a la que siguió Corea del Sur en su proceso de convergencia. Sin mejoras de productividad, ese desafío exigiría una tasa de inversión superior al 34,3% del PIB, un nivel más propio de las economías asiáticas de rápido desarrollo.

Sin embargo, la experiencia surcoreana muestra que el crecimiento no depende únicamente de invertir más. Durante décadas, el país combinó altos niveles de inversión con ganancias de productividad total de los factores cercanas al 2% anual. Gracias a ese aporte de la eficiencia y la innovación, pudo sostener un fuerte crecimiento con una tasa de inversión significativamente menor, del orden del 25,6% del PIB.

Para que la Argentina crezca como Corea del Sur y alcance niveles de desarrollo comparables a los de Australia en una generación, debería sostener un esfuerzo de inversión equivalente a seis puntos adicionales del PBI y duplicar las mejoras de productividad logradas durante el auge del Consenso de Washington en los años 90.

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Asimismo, ello implica un fuerte dinamismo de la inversión y la productividad transversal a todos los sectores, pero especialmente en infraestructura de transporte y digital que mejora la competitividad de las empresas y el bienestar de los hogares.

Ello exige estabilidad macroeconómica permanente y ahorro doméstico para que haya crédito para invertir sin necesidad de recurrir a deuda externa. Necesita reglas de juego y patrón monetario y cambiario previsibles, para lograr una asignación más eficiente de los recursos.

La Argentina lleva demasiadas décadas confundiendo recuperación con crecimiento. Recuperarse de una crisis no es desarrollar una economía. Volver a utilizar capacidad instalada tampoco es aumentar de manera permanente el ingreso por habitante.

Que el ingreso de los argentinos crezca un 1% anual permite sobrevivir. Crecer 2% transforma una generación. Y crecer 3% o 4% durante varias décadas cambia definitivamente el lugar de un país en el mundo.

La conclusión es incómoda pero simple: la Argentina necesita invertir mucho más y mejor durante décadas, cuestión que no logra desde mediados del siglo XX hasta el presente.

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/economia/negocios/mas-inversion-y-productividad-el-camino-para-alcanzar-a-australia-y-corea-nid05092026/

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