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¿Qué atractivo tienen los casos policiales argentinos para las audiencias globales?

Estamos en la era del true crime y sabemos que, como toda moda, adquiere rasgos locales también. En las últimas semanas tenemos dos ejemplos claros: la película de Prime Video sobre el caso Barr...

Estamos en la era del true crime y sabemos que, como toda moda, adquiere rasgos locales también. En las últimas semanas tenemos dos ejemplos claros: la película de Prime Video sobre el caso Barreda y el estreno cinematográfico de Pepita, la pistolera (que irá, claro, luego a plataformas). Hay planes para el caso de Nora Dalmasso, hemos tenido Crimen en el Country y Carmel: ¿Quién mató a Maria Marta?

Sobre el crimen de María Marta García Belsunce, también una serie sobre Yiya de Murano y una película sobre Nahir Galarza. El género criminal (que no “policial”, lo aclararemos más abajo) es una de las tradiciones del audiovisual argentino, así que no extraña su representación abundante en las plataformas.

Pero sí llama la atención su recurrencia. No así que sea sobre casos bien mediáticos: lo que establece cierta diferencia con el dominante true crime estadounidense, a veces centrado en asuntos desconocidos. Y más allá de eso, generan una pregunta inquietante: ¿son exportables? ¿Alguien de un país vecino se sentirá tan atraído por Barreda como lo hizo por Jeffrey Dahmer?

Una hipótesis: el true crime actual no es tan hijo del cine o la telenovela como del reality show, y en eso radica su éxito global. El reality es la culminación del mito fundante televisivo: ver lo que sucede realmente (y no podemos experimentar “in situ”) en el mismo momento que sucede. La TV, en ese sentido, fue siempre un medio de comunicación, no un arte, incluso si existe un arte televisivo (para otro debate). Así que el reality show es su pico máximo. Con los eventos en vivo y las noticias, la razón de ser de la TV. Por eso es lo único que sobrevive (incluyamos en “telerrealidad” a los concursos y similares: también “pasan mientras los vemos”) y por eso, y no por una perversa confabulación de los poderes fácticos y el Imperialismo Malvado del signo que fuere, es que hay casi nula ficción televisiva. O sí, la hay pero se desplazó -y este es un elemento clave en lo que venimos hablando- a las plataformas, a otro formato.

Entonces: ¿de qué manera se puede hacer ficción o un programa “de suspenso” (que incluso podría tener la forma de una serie documental) en un panorama dominado por la realidad? Contando historias de la realidad. Y el crimen -lo sabía Hitchcock, que nos trataba a todos los espectadores de voyeurs perversos- es una de las máximas fuentes de curiosidad posible. Más cuando el caso es de enorme repercusión mediática, porque se genera demasiada información, demasiado ruido, y muchas veces cristalizan en el imaginario popular versiones de los hechos que distan de ser lo que realmente pasó. Así que el suspenso por esos casos proviene de tener todos los detalles, y allí es donde el relato audiovisual (ficcionalizado o documental) juega como aliciente para alimentar la ansiedad del espectador.

En la Argentina, además y como dijimos, esto forma parte del género criminal. Aquí viene nuestro dilema, que excede con mucho el entretenimiento audiovisual y se vuelve materia para la sociología o la ciencia política, dos áreas en las que el autor no ejerce (ni desea hacerlo). Pero desde lo estrictamente crítico, el policial y el true crime estadounidenses se basan sobre una premisa inalterable: que no se entere el Estado (o, para ser precisos, la Justicia), porque funciona. El género es policial porque se trata de establecer los hechos y conseguir una reparación.

En el caso local, donde la impunidad y la manipulación grotesca de la Justicia se ven como norma, la propia investigación, sus fallas, sus arreglos, sus giros abruptos y sus conclusiones equivocadas suelen convertirse en el foco de interés más incluso que los culpables. El suspenso gira alrededor de dos elementos: si quedarán impunes y, como complemento, si efectivamente “son” los culpables.

También es cierto que en los casos de Yiya de Murano, Barreda o Nahir Galarza, no cabe duda de quién cometió los crímenes, pero es curioso que en los dos últimos se haya establecido alguna duda o polarización: la campaña de prensa del film sobre el odontólogo habla de un crimen que dividió a un país, por ejemplo (insólita afirmación que la buena memoria desmiente). Y por último, este tema funciona porque el psicópata ejerce cierta fascinación un poco catártica. El cine de terror y el de suspenso tienen éxito desde siempre por las mismas razones e inventaron las herramientas; la cruza con la realidad le otorga una fuerza enorme al relato. Podría habernos pasado -o pasarnos- a nosotros mismos, los espectadores.

Entre 1994 y 1995, Canal 9 tuvo un enorme éxito con la serie de unitarios Sin Condena, donde se recreaban casos criminales de estos pagos. El primero, de hecho, fue Barreda (el “odontólogo”, interpretado por Norman Briski), y pasaron el ingeniero Santos, Cecilia Giubileo, Walter Bulacio, el conscripto Carrasco, Robledo Puch y Oriel Briant (el lector puede utilizar su memoria o googlear). Y, estirando las posibilidades, un aún activo Diego Maradona, Luca Prodan, Juan Duarte, el Che Guevara y el cuerpo de Eva Perón. El programa y su realización un poco chusca generaron toda clase de críticas y chistes; sin embargo, fue un éxito en tiempos de Alejandro Romay (genio del marketing) y se volvió objeto de un culto que se agigantó con los años (no, no lo hizo mejor).

Pero hoy no es posible contar “así nomás” estos casos. Y, por otro lado, las plataformas internacionales (Netflix o Prime, por ejemplo) producen con la mira puesta no sólo en el mercado local, sino sobre todo en el global. Hacer aquí algo de aquí que pueda verse en todas partes. Dada nuestra tradición criminal, es posible pensar que hay un mercado y una posibilidad. También una respuesta a quienes dicen que no hay más ficción televisiva: la hay, hay formas de hacerla y capitales para desarrollarla, salvo que van al televisor, no a la televisión. Y si efectivamente el true crime y su éxito internacional son hijos del reality (que, ironía, había acabado con la telenovela en cierto modo) habrá que plantearse cómo narrar los casos para audiencias no solo argentinas. No parece una tarea ingrata, por sangrientos que sean los temas.

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/espectaculos/que-atractivo-tienen-los-casos-policiales-argentinos-para-las-audiencias-globales-nid06092026/

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