A los 89 años murió Mario Turin, el médico que encarnó el espíritu de Cemic
De no haber sido un pater familias excepcional, profundamente enamorado de su mujer, Ana María Jacquelin, y un guía dotado de autoridad moral y de inspirada entrega a la educación de sus hijos, ...
De no haber sido un pater familias excepcional, profundamente enamorado de su mujer, Ana María Jacquelin, y un guía dotado de autoridad moral y de inspirada entrega a la educación de sus hijos, se hubiera dicho que el doctor Mario Turin había tenido un solo gran amor en la vida: la medicina.
En 1958, en la esquina de Las Heras y Sánchez de Bustamante, la de la célebre sala XX del Hospital Rivadavia que estaba a cargo de Norberto Quirno, profesor titular de Clínica Médica y Medicina Interna de la UBA, se había producido un hecho que sería por generaciones de influencia notable en el desarrollo de la medicina argentina: el lanzamiento del Centro de Educación Médica e Investigaciones Clínicas, conocido como Cemic.
Quirno había percibido la impostergable necesidad de crear un ámbito público-privado destinado a mejorar la calidad de la asistencia médica a través de la doble vía de la docencia y la investigación puestas al servicio de la comunidad. Rodeado de otras figuras señeras de la medicina de su tiempo, como Samuel J. Bosch y Martín de Achával, Quirno supo identificar los recursos humanos con cuya formación y compromiso con las exigencias elevadas que se había trazado podría dotar a Cemic de la jerarquía y valor social con los que soñaba.
El ministro de Salud Pública de la época, Héctor Noblía, y el presidente de la Nación, Arturo Frondizi, respaldaron la iniciativa. El doctor Eduardo Braun Menéndez hizo la primera donación al Cemic. La muerte de este notable fisiólogo, próximo a Bernardo Houssay, en un accidente de aviación en Mar del Plata, a comienzos de 1959, privó a la Argentina, dicen historiadores de la medicina argentina, de un potencial Premio Nobel.
Braun Menéndez había compartido los desvelos de Quirno por fundar un hospital público no universitario, que fuera asiento de una cátedra de Medicina Interna y espacio con facilidades para la investigación clínica. Todo ello administrado y dirigido por un consejo privado.
Así lo explicó Jorge Firmat, otra autoridad médica de relieve que participó de las gestiones fundacionales, en una narración que se reproduce en el libro sobre Braun Menéndez escrito por Guillermo Jaim Etcheverry, por quien hago votos de que pueda leer estas líneas referidas a colegas que mucho lo apreciaron, en su larga reclusión debida a motivos de salud.
En 1963 Quirno sumó a sus huestes en formación, como resultado del concurso establecido, a un médico graduado con honores de la UBA y que cursaba el tercer año de la residencia médica. Era Mario Turin, que con los años transcurridos desde entonces pasaría a convertirse en una de las figuras, en el sentido amplio que confiere la visión retrospectiva de lo sucedido, del grupo fundador de tan prestigiosa institución.
En las viejas épocas los muchachos del interior que venían a estudiar en Buenos Aires solían desplazarse de pensión en pensión. Era la forma circular de calibrar los gastos que infligía la gran metrópoli, y sujetos a resignarse a comodidades módicas y tediosas rutinas alimentarias en la mesa común que tendían quienes regenteaban los recursos de aquellos alojamientos alborotados de la estudiantina. Estas peripecias de mocedad nutrirían la vida adulta de aquellos pensionados con inagotables anécdotas de color mundano. Turín compartió pensiones con otros jóvenes pergaminenses, como Juan Carlos Casera, que desde la clínica cardiovascular acompañaría en el Hospital Italiano a Domingo Liotta, uno de los pioneros en implante de corazón artificial.
Mario Turin tenía el respeto innato por la exactitud precisa, heredada tal vez del padre, relojero, cuyo padre había llegado de Senas, en la Provence, en el sur de Francia; su madre era, en cambio, originaria de Potenza, en la Basilicata, Italia. El destacado científico fallecido hoy, a las siete de la mañana, optó por la nefrología como especialidad sin desentenderse de la visión general de la salud individual sometida a su escrutinio, propia del genuino médico clínico que era por vocación.
Refractario a la segmentación del conocimiento, fue un lector voraz de obras cumbre de la literatura universal y tuvo el tino, en otros órdenes de la vida, de saber recrear el interés por deportes para cuyo ejercicio no estaba especialmente dotado, transmutándolo en aliento tan indeclinable como contagioso por la divisa riverplatense.
El interés permanente por aprender, que inculcó en hijos y sobrinos, se manifestó una vez más cuando por razones de carácter familiar debió acompañar a su mujer, Ana María, en la marcha de una producción agropecuaria en Santa Fe y Buenos Aires. Se convirtieron de tal modo en alumnos aplicados de los cursos de capacitación que de noche se dictaron por años, bajo la égida del ingeniero agrónomo Darío Bignoli, en la escuela de capacitación de la Sociedad Rural Argentina.
Fue jefe de residentes en Cemic y a renglón seguido continuó su aprendizaje y experiencia en el Johns Hopkins Hospital de Baltimore. Prolongó la estadía en ese famoso centro de formación médica hasta 1969. Allí, como becario en investigación nefrológica, formó parte del elenco que inauguró el primer programa de trasplante renal del Johns Hopkins.
Ya de regreso en la Argentina, se aplicó con Félix Etchegoyen y Luis Jost, otros relevantes nefrólogos, a un programa de investigación en nefrología, diálisis y trasplante renal alentado por la conducción de Cemic. Cuando la noticia del deceso de Turin llegue a Montevideo conmoverá a un feriero oriental que frisa los 60 años. No podría ser otro que Italo López, quien se aproxima a cumplir los 50 años del trasplante renal recibido en Cemic, y que lo hizo “nacer de nuevo”, según sus palabras.
En 1970 Turin había participado con Félix Etchegoyen, Patricio Welsh y “Coco” Mocellini Iturralde del primer trasplante de riñón hecho en Cemic, al que seguirían más de 1500 hasta el presente en esta institución.
López era un chico de diez años que se debatía entre la vida y la muerte cuando el 9 de diciembre de 1977 fue operado con éxito por un equipo conducido por Turín con la participación de un cirujano general, un urólogo, dos pediatras y un cirujano vascular. Habían pasado 23 años desde que en Brigham and Women´s Hospital, de Boston, el profesor Joseph Murray había hecho, entre gemelos univitelinos, el primer trasplante de ese tipo en el mundo, y 21 desde la primera operación de igual naturaleza que se realizó en 1956 en la Argentina, por obra de un equipo de profesionales en el que sobresalía, entre otros, el nombre de Alfredo Lanari.
La trayectoria de Turin se halla asociada a la elaboración de la ley que permitió desde 1976 el uso de dadores cadavéricos para trasplantes a través de la intervención del Cucai, inicialmente, y más tarde, del Incucai. No fueron pocos sus desvelos hasta sancionarse la cláusula por la que había pregonado desde la función pública Fernando de la Rúa y que consagra el consentimiento, cuando no ha habido disposición en contrario al momento de obtenerse el DNI, para la utilización de un órgano cadavérico.
Turin fue docente de la Unidad Hospitalaria Cemic de la UBA y su currículo en el campo de la enseñanza médica avanza en sucesivos renglones hasta el de decano de Medicina y primer rector del Instituto Universitario Cemic, cargo para el que sería electo cuatro veces entre 1999 y 2017. Esa unidad hospitalaria constituye el ámbito de rigurosa calidad docente al que aspiraba Quirno. Hoy, se desempeñan en ese lugar académico 900 profesores de grado y posgrado y atienden clases 663 alumnos de grado y 280 de posgrado.
En aquel carácter Turin integró desde 1999 el consejo de rectores de universidades privadas (CRUP), del que fue vicepresidente. Era Fellow of the American College of Physicians y presidió la Asociación Argentina de Trasplantes.
Pudo ser un maestro exigente con los alumnos porque comenzó por serlo consigo mismo en todas sus actividades formales y porque encarnó como los que más los principios rigurosos por los que había bregado Quirno. Contó con naturalidad, por lo demás, con la empatía no siempre común hacia el paciente, parte de un capítulo poco estudiado y menos desarrollado aún como el piso ético que debe estar en el basamento de toda relación médica. Al margen de la medicina de élite, es verdad, la proletarización profesional, con las remuneraciones de miseria que a menudo perciben los médicos en el país y las sobreexigencias en la atención pública a que están expuestos, seguramente en algo explique aquella deficiencia.
Turin integró la comisión directiva de Cemic entre 1973 y 1992 y fue miembro fundador de la Fundación Norberto Quirno, que entre otras actividades vela por los bienes de Cemic y procura allegarle donaciones.
Mario Turin murió rodeado por Ana María, su mujer, y por los tres hijos: Valeria, Ignacio -nuestro compañero de tareas en LA NACION- y Federico. Tenía siete nietos. Había nacido en Pergamino el 5 de febrero de 1937.