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El cuerpo será falso, la humillación no

Pasó otra vez, y esta vez en otro colegio: alumnas denunciaron que sus propios compañeros las habían ‘desnudado’ con inteligencia artificial. Pensemos en una de esas chicas que llega ...

Pasó otra vez, y esta vez en otro colegio: alumnas denunciaron que sus propios compañeros las habían ‘desnudado’ con inteligencia artificial.

Pensemos en una de esas chicas que llega al colegio sabiendo que alguien tomó una foto suya. Puede ser una foto de lo más común: una que subió a Instagram, una de una fiesta, una que circuló en algún grupo. Con una aplicación, alguien le sacó la ropa que ella nunca se sacó. Otros la vieron, algunos la reenviaron y probablemente alguien se rio. Y ella, igual, tiene que entrar al aula y sentarse entre compañeros sin saber quién vio la imagen, quién la guardó, quién la mandó, quién está al tanto y quién no. A veces, además, tiene que cruzarse todos los días con el que la fabricó, trabajar en equipo o compartir un grupo de WhatsApp con él.

No sé si terminamos de entender lo que eso significa para un adolescente.

Cuando se habla de deepfakes sexuales, la conversación suele ir hacia la inteligencia artificial, las redes, la regulación y los delitos digitales. Son temas importantes, pero hay algo previo que se rompe y que tiene que ver con la confianza. Porque muchas veces no se trata de un desconocido. Es alguien con quien la persona comparte el aula desde primer grado, o desde sala de cinco. Alguien con quien hizo trabajos en grupo, que fue a sus cumpleaños, que conoce a su familia, al que le escribía para preguntarle la tarea. Alguien que era parte de su mundo. Y un día se entera de que ese compañero o compañera agarró una foto suya y la convirtió en una imagen sexual para mostrársela a otros.

Eso duele de otra manera. Cuando el daño viene de un extraño, uno se enoja, se asusta, aprende a cuidarse. Cuando viene de alguien en quien confiabas, lo que se pone en duda es todo lo anterior. ¿Se reía de mí desde antes? ¿Qué más piensa de mí? Y los que la vieron y no dijeron nada, ¿siguen siendo mis amigos? La pregunta ya no es solamente quién vio la foto, sino en quién se puede confiar a partir de ahora. Y eso no se arregla borrando una imagen.

A esa edad el grupo es casi todo. Es donde uno se prueba, se compara y se va descubriendo. Por eso, cuando la traición viene de adentro, la marca puede durar mucho tiempo. Hay chicas que después de algo así se cierran, dejan de contar cosas y empiezan a desconfiar de todos, incluso de los que nunca les hicieron nada. Y aunque por lo general las víctimas son chicas, hay varones a los que también les pasa y que lo cuentan todavía menos, porque les da más vergüenza todavía. La escuela no debería ser un lugar en donde un chico deba estar a la defensiva. Ahí pasa muchas horas por día con personas que no eligió, y necesita sentirse razonablemente seguro con ellas. ¿Cómo se sostiene eso cuando descubre que cualquiera de esos compañeros puede convertir su cara en material sexual en un par de minutos?

Decirle que la imagen “no es real” no ayuda demasiado. El cuerpo de la foto puede ser inventado, pero la humillación que siente la persona no lo es, y tampoco la vergüenza, el miedo ni esa sensación de estar expuesto. A eso se suma algo especialmente cruel: nunca sabe hasta dónde llegó la imagen. Se puede borrar de un teléfono, pero no hay forma de saber cuántas copias quedaron dando vueltas, y la pregunta de quién más la habrá visto puede acompañarla durante años.

También sería un error pensar que todo esto empezó con la inteligencia artificial. La tecnología hizo más fácil, rápido y masivo algo que ya existía: usar la sexualidad o el cuerpo del otro para humillarlo, ganar prestigio frente al grupo o ejercer poder. Por eso no alcanza con enseñar a usar mejor una aplicación. Y mucho menos con tratar estos casos como una travesura tecnológica, una pelea entre alumnos o un mal uso de la inteligencia artificial. El adolescente que fabrica una imagen sexual de una compañera sin su consentimiento tiene que entender que hizo algo grave. Y el que la recibe y la reenvía también es responsable, porque apretar “reenviar” no lo deja afuera como si fuera un simple espectador.

La escuela tiene que intervenir y hacerlo rápido. Lo primero es proteger al que sufrió el daño, preservar la evidencia, hablar con las familias y activar los protocolos que correspondan. Y atención con simplemente reducirlo a algo que todavía pasa demasiado seguido, y es que la víctima termine cambiando sus rutinas, pidiendo pase a otro curso o a otro colegio, faltando o teniendo que contar una y otra vez lo que le pasó. El costo no lo puede pagar la víctima. Quienes participaron tienen que tener consecuencias educativas, institucionales y, cuando corresponda, legales, y esas consecuencias tienen que ser claras, proporcionales y efectivas.

Educar no siempre se resuelve con una charla; muchas veces educar es poner un límite. Eso no quiere decir dejar solo al chico que hizo daño. Él también necesita adultos que intervengan y que lo ayuden a ver la dimensión de lo que hizo. Acompañarlo no significa quitarle gravedad a lo ocurrido. Pero claramente necesita entender que sus actos tienen consecuencias.

Otro punto son las familias, que tampoco pueden quedar afuera de esta conversación. No se trata de castigar a los padres por lo que hizo un hijo, pero sí de recordar que acompañar a un adolescente también implica supervisar, poner límites y hacerse cargo cuando algo grave ocurre. Si un chico utilizó inteligencia artificial para fabricar una imagen sexual de una compañera, la respuesta familiar no puede ser “son cosas de chicos” ni “él no sabía lo que hacía”. Tiene que haber adultos dispuestos a mirar de frente lo sucedido, colaborar con la escuela y ayudar a ese hijo a comprender el daño que provocó.

Tampoco tendríamos que esperar al próximo caso para empezar a hablar de esto. La ciudadanía digital ya no puede limitarse a contraseñas seguras, configuración de privacidad o tiempo de pantalla. Hay que hablar con los chicos de consentimiento digital, de las imágenes y la intimidad, de qué hacer cuando nos llega algo que nunca deberíamos haber recibido y de lo que significa convertir el cuerpo de otra persona en entretenimiento. Que una aplicación permita hacerlo, no significa que deba hacerse.

El fondo de la cuestión es bastante básico: el otro tiene límites, y no tenemos derecho a pasarlos por encima.

La Justicia también está en deuda. La Argentina reconoce la violencia digital, pero todavía le faltan herramientas penales específicas para una tecnología que avanza mucho más rápido que las leyes. Que la herramienta sea nueva no puede convertir en zona gris algo que, desde lo humano, está clarísimo.

Las plataformas y las empresas tecnológicas también tienen su parte. Si una aplicación permite generar imágenes sexuales falsas de menores, no alcanza con aclarar en los términos y condiciones que no debe usarse así. La protección tiene que venir incorporada en el diseño.

Así que escuela, familias, Justicia, Estado y empresas tienen todos responsabilidades distintas, y ninguno puede quedarse señalando al otro mientras una adolescente espera que alguien haga algo.

Es desafío educativo más urgente que nos deja la inteligencia artificial no tiene tanto que ver con lo que puede hacer una herramienta como con lo que hacemos nosotros cuando alguien la usa para lastimar a otro.

Y hay algo que no quiero dejar pasar. Si estamos activando un protocolo, es porque llegamos tarde. Un protocolo debería ser el último recurso. Antes tiene que estar la educación: chicos que aprendieron que la imagen de otra persona no se usa sin su consentimiento y que su cuerpo no es un juego, ni siquiera en una pantalla. Y tiene que estar la ley: fabricar una imagen sexual de otra persona sin su consentimiento tiene que ser un delito, y eso tiene que estar escrito con todas las letras. Ese es el trabajo que tenemos pendiente. Prevenir siempre va a ser mejor que reparar.

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/opinion/el-cuerpo-sera-falso-la-humillacion-no-nid08102026/

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