El desencantado de Adorni también vota
Patricia Bullrich largó un insulto no bien leyó la noticia. “Esto no termina más: todos los días un quilombo nuevo”, agregó. Era lunes por la tarde, Adorni acababa de terminar la primera d...
Patricia Bullrich largó un insulto no bien leyó la noticia. “Esto no termina más: todos los días un quilombo nuevo”, agregó. Era lunes por la tarde, Adorni acababa de terminar la primera de sus conferencias de prensa de esta semana y los portales ya contaban que Matías Tabar, contratista, había declarado ante el fiscal Pollicita la cifra que volvería a darle bríos al escándalo: 245.000 dólares en refacciones para la casa del jefe de Gabinete. “Voy a llamar a Javier”, se decidió la senadora. Estaba en Santiago, Chile, en un seminario cuya difusión la llevó después a reunirse con el presidente José Antonio Kast, que la quiso conocer. Bullrich tomó entonces el teléfono y ubicó a Milei, que estaba saliendo para Los Ángeles.
La conversación duró unos 40 minutos. Ella le dio ahí al Presidente las razones por las que, creía, había que exigirle rápidamente a Adorni que explicara mejor los números que hasta ese momento, dijo, no estaban quedando claros. Le discutió incluso la idea de que todo hubiera sido un invento de los medios e insistió en que, al contrario, la información había partido de la declaración de un testigo obligado a decir la verdad en sede judicial. El propósito de la llamada de la exministra de Seguridad era bien concreto: terminar con un problema que, mal manejado, interpretó, comprometería seriamente al Gobierno. Habló desde su experiencia: le dijo que ella había integrado varias administraciones, como la de la Alianza, y que conocía perfectamente los tiempos y los riesgos de una mecánica de crisis. Que había que cortar el proceso cuanto antes.
Pero la suya fue una recomendación, no un aviso: en ningún momento Bullrich le anticipó a Milei que diría en público exactamente lo mismo 48 horas después, por lo que es altamente probable que el Presidente se haya sorprendido el miércoles por la mañana, cuando Jaime Rosenberg publicó en La Nación que la senadora tenía pensado llevar todas sus inquietudes a la reunión de Gabinete.
Bullrich propone un torniquete para una crisis que lleva dos meses y que, según cálculos propios del Gobierno, le costó hasta ahora a Milei una caída de 12 puntos en imagen. Hizo lo mismo en octubre con el caso Espert: en el final de la campaña electoral, en pleno escándalo por los vínculos con Fred Machado, pidió en voz alta que el candidato a diputado diera una explicación “urgente”. Una fórmula casi calcada de la de esta semana. Aquella vez Espert presentó la renuncia tres días después.
¿Intuye ahora Bullrich que el escándalo volverá a terminar igual e intenta capitalizarlo antes de tiempo? ¿Busca despegarse? Quienes la conocen interpretan que en realidad apunta a hablarle al electorado desencantado, ese que votó el año pasado a La Libertad Avanza y que podría huir a otras opciones si percibe que el Gobierno no toma nota de ese cambio de humor. Vuelve a hacerlo a su modo y frente a Javier y Karina Milei, por quienes la mayoría del gabinete siente temor.
La senadora suele decir en público bastante de lo que plantea en privado. Y es probable que suponga que, con el tiempo, los hermanos le agradecerán el gesto. Ayer, por lo pronto, hizo en la Capital Federal una recorrida proselitista con Pilar Ramírez, alter ego de Karina Milei en la legislatura porteña, y no recibió de ella un solo reproche ni alusión al tema Adorni. Es relevante porque Ramírez y la secretaria general de la Presidencia casi no tienen secretos: se conocieron hace tiempo, durante la campaña 2023, en los encuentros que Darío Wasserman, marido de Ramírez y actual presidente del Banco Nación, organizaba con empresarios para recaudar fondos.
Está claro que los Milei han decidido sostener contra todo al jefe de Gabinete. Hay ahora varias diferencias con lo que pasó con Espert. La más gravitante es que Karina, a quien el Presidente reconoce públicamente como su estratega política, nunca había estado convencida de aquella candidatura. Y el Gobierno no tiene esta vez una exigencia electoral cercana. Algo de esto admitió el Presidente el miércoles ante Luis Majul y Esteban Trebucq en LN+: dijo que el pedido de renuncia a Espert había obedecido a que las acusaciones le estaban impidiendo hablar en la campaña. “Usted no puede tener un candidato mudo”, explicó.
Se infiere entonces que Milei se siente lejos de octubre de 2027. Pero en el camino le aparecen, en cambio, otras urgencias. El despegue de la economía, desde ya, pero también estas penurias judiciales que se filtran a los medios casi en tiempo real. “Vemos el proceso judicial casi en un streaming”, se quejan en La Libertad Avanza. Y ejemplos elocuentes. Funcionarios de organismos como la Aduana o la DGI, por ejemplo, se enteran últimamente de las revelaciones del caso Adorni o los peritajes de $LIBRA bastante antes de que les lleguen los respectivos pedidos de información del juzgado.
¿Cómo es posible si acaba de incorporarse al Gabinete alguien afín a Comodoro Py, Juan Bautista Mahiques? Justamente por todo lo que está en juego. El ministro tiene en sus manos nada menos que la designación de 209 jueces, el procurador general de la Nación y dos cargos de la Corte Suprema: hacía más de dos décadas que una administración no estaba ante la oportunidad de completar tantos casilleros en la Justicia. Que el encargado de diseñar esa estrategia para el Gobierno sea ahora un integrante de la familia judicial es lo que hace a esa corporación desconfiar: lo que tienen por delante los magistrados es un competidor. ¿Qué significan Karina y Javier Milei, que en el mejor de los casos se irán en seis años, frente a la confección del Poder Judicial de las próximas cuatro décadas? El peor adversario será siempre el que pretende lo mismo que uno.
La interna de Comodoro Py condiciona entonces a la Casa Rosada tanto o más que las fricciones entre Santiago Caputo y Karina Milei. Es la dificultad que encontraron hasta ahora quienes en el Gobierno imaginaban que la designación de Mahiques aletargaría el avance de las causas.
Milei quedó atrapado en esta encerrona en uno de los tantos asuntos que, como el armado electoral, ha decidido delegar. La salida más cercana parece estar por ahora en aquello que maneja y para lo que lo ungió la sociedad: la estabilización de la economía. Pero eso llevará tiempo. Aunque la industria y la construcción hayan tenido en marzo un mejor desempeño, todavía están muy por debajo de los niveles de 2024. Y la inflación se desacelera, pero sigue alta.
Hay sectores que deben reconvertirse. “Che, otra empresa en problemas, esto no termina”, escribió anteayer alguien en el grupo de WhatsApp del comité ejecutivo de la Unión Industrial Argentina y posteó un texto con la noticia del concurso preventivo de Amesud, empresa del coreano Yeal Kim. El logro del equilibrio fiscal, que le valoran a Milei, es necesario, pero no suficiente. Hay empresarios que preferirían y hasta trabajan activamente por un sucesor más amigable a la producción. O, si llegaran incluso a estar de acuerdo con el programa, al menos alguien no tan hostil para el trato personal. Por eso algunos vuelven a soñar con Macri. Milei lo sabe. Y aunque todavía vea lejos 2027, esa discusión no puede resultarle ajena. Dependerá de lo que pase con la economía. En la medida en que la reactivación no sea vigorosa y evidente, deberá apostar a su electorado más fiel, el que resiste incluso con Adorni, y a que la oposición no ofrezca un candidato competitivo. “Lo mejor que nos puede pasar es Kicillof”, dicen los estrategas de campaña libertarios, y acaso coincidan en el diagnóstico con Patricia Bullrich, que viene repitiendo en privado que todo proyecto político debe consolidarse siempre con la reelección del líder. Es lo que buscó su jugada audaz: hablarles a los desencantados de Adorni. Para que el espanto siga del lado contrario.
Fuente: https://www.lanacion.com.ar/opinion/el-desencantado-de-adorni-tambien-vota-nid09052026/