El fenómeno del line dance: el baile que conquista a quienes buscan hacer amigos y salir de la rutina
Las botas golpean el piso al mismo tiempo. Una fila avanza hacia la derecha, otra gira sobre sí misma y, en cuestión de segundos, un docena de personas repiten la misma secuencia con una precisi...
Las botas golpean el piso al mismo tiempo. Una fila avanza hacia la derecha, otra gira sobre sí misma y, en cuestión de segundos, un docena de personas repiten la misma secuencia con una precisión que sorprende. Entre una canción y otra, los sombreros, las camisas a cuadros y los jeans ajustados llaman la atención. Nadie baila con pareja, pero tampoco está solo.
Aunque durante años estuvo asociado a la cultura country estadounidense, el line dance encontró hace un tiempo un lugar propio en la Argentina. Lo que comenzó como un nicho de aficionados fue consolidando una comunidad que hoy reúne a personas de distintas edades que no solo buscan aprender una coreografía, sino que encuentran amistades, una actividad para compartir en pareja o simplemente un espacio donde volver a sentirse parte de un grupo.
Para Juan Echeverría, de 55 años, todo empezó casi por casualidad. Su esposa asistió a una clase abierta organizada por el gimnasio donde hacía pilates y volvió convencida de que él también tenía que probar. Antes de la pandemia había querido aprender rock and roll, pero entre el trabajo y la crianza de sus hijos nunca encontraron el momento.
Dos años después, las clases forman parte de la rutina semanal. Cuando tienen tiempo, corren los muebles del living o practican en el garaje para repasar las coreografías. Pero el cambio más importante, dice, no fue aprender a bailar. “Hicimos muchísimos amigos. Es un ambiente sano, donde nadie te juzga por cómo bailás o cómo te vestís”, cuenta.
No es una experiencia aislada. Para Beatrice Pazo, quién toma clases hace 13 años y hoy en día es profesora, el line dance funciona como una puerta de entrada a algo mucho más grande. “Las personas quieren bailar, pero también compartir eso que las hace pasarla bien y encontrar gente con su misma energía”, explica. Alrededor de las clases se organizan viajes, festivales y encuentros que fortalecen esos vínculos.
Además, admite que la vestimenta típica del baile country, que consiste en jeans, camisas a cuadros y botas vaqueras, se volvió una parte muy importante de su placar: utiliza las prendas para el día a día y le encanta.
A diferencia de otros ritmos, el line dance no requiere un compañero de baile. Cada persona ejecuta la misma coreografía de manera individual, pero sincronizada con el resto del grupo. “Bailás solo, pero en grupo”, sintetiza Ángeles Fernández Madero, fundadora de Line Dance Club. Esa característica, apunta, hace que muchas personas se animen a empezar sin depender de alguien más.
Aunque cada vez se suman más jóvenes, el perfil predominante en la Argentina sigue siendo el de adultos de entre 40 y 60 años, afirma Fernández Madero. Hay matrimonios que buscan una actividad para compartir cuando los hijos ya crecieron, personas que atraviesan una separación, quienes necesitan ampliar su círculo social o simplemente encontrar un hobby.
“Mucha gente llega porque busca una actividad física donde también pueda sociabilizar y tener un grupo de pertenencia”, expresa.
El fenómeno no es nuevo, pero sí ganó volumen con el transcurso de los años. Lo que comenzó con unas pocas escuelas hoy reúne a cientos de bailarines en festivales y encuentros que se realizan durante todo el año. Fernández Madero abrió su escuela hace 18 años y actualmente cuenta con 14 sedes y unos 400 alumnos.
Erik Álvarez Salcedo, de 45 años, descubrió el line dance durante un viaje a San Pedro. Había ido con su pareja a pasar el fin de semana entre música country y pesca cuando, en medio del festival, vio a decenas de personas bailar una misma coreografía. “Nos miramos con Gisela, mi esposa, y dijimos: ‘Tenemos que aprender a bailar eso’”, recuerda. Poco después empezaron las clases y volvieron a salir los fines de semana. “Durante esos tres minutos que dura una coreografía uno se olvida de todo y simplemente es feliz”, resume.
Espacio de conexiónNo todos llegan al baile por el mismo camino. Mientras algunos lo descubren en un festival o por recomendación de un amigo, para otros aparece en momentos de cambio personal.
Candela Belén Cupo, de 28 años, llegó al line dance en un contexto de adversidad. Mientras atravesaba la salida de una internación por un problema de salud, acompañó a su madre a una clase. La primera vez se quedó sentada mirando. En la siguiente, aceptó la invitación para sumarse a la pista. “Ese día empecé a bailar y no paré”, comenta.
Aunque llevaba años vinculada a otras disciplinas, encontró en ese espacio algo diferente. “El line dance nos unió desde un lugar nuevo, transformando un momento difícil en un espacio de conexión, alegría y movimiento compartido entre madre e hija”, cuenta. Hoy, ocupa un lugar central en su rutina y asegura que allí encontró una familia elegida.
Ella no es la única que encontró en esta actividad un espacio para atravesar situaciones complejas. Para Myriam Perroud, de 49 años, psicoanalista, también se convirtió en un refugio. Llegó en 2018 buscando una disciplina distinta, después de haber probado salsa, bachata y zumba. Las primeras clases le resultaron difíciles, pero encontró un ambiente donde equivocarse no era un problema. “Lo que importaba era disfrutar y no rendirse frente al ‘no me sale’”, dice.
Además, destaca que durante un período en el que también su madre permaneció internada y ella pasaba gran parte del día acompañándola, las clases se transformaron en el único momento en que podía salir de la clínica: “Era el combustible que me permitía volver a conectarme con una situación tan difícil”.
Hoy, además de seguir tomando clases, es profesora de line dance y comparte esta actividad con una de sus hijas, que comenzó a bailar cuando tenía 7 años. “Nos une la misma pasión, pero la amistad ya va mucho más allá de la música y del baile”, dice.
Cuando termina una canción, nadie abandona la pista. Algunos aprovechan para tomar agua, otros conversan o se abrazan antes de que empiece la siguiente coreografía. Después vuelven a acomodarse en filas y la música marca otra vez el primer paso. Muchos llegaron buscando aprender un baile; casi todos encontraron algo más difícil de explicar: un lugar al que volver.