En defensa de las palabrotas: todo lo que cabe en un insulto
Las palabrotas ya no son lo que solían ser, según un grupo de lingüistas ingleses. Allí donde antes florecían ingeniosos y pintorescos insultos, blasfemias, improperios o vulgaridades, empieza...
Las palabrotas ya no son lo que solían ser, según un grupo de lingüistas ingleses. Allí donde antes florecían ingeniosos y pintorescos insultos, blasfemias, improperios o vulgaridades, empieza a imponerse un repertorio cada vez más uniforme.
A tal punto que el dialectólogo Chris Montgomery está encabezando una singular empresa: el primer censo británico de malas palabras, concebido para salvaguardar esas expresiones regionales subiditas de tono antes de que desaparezcan. Junto a su equipo de la Universidad de Sheffield, busca crear “un registro vívido y honesto” con célebres groserías, pero también imprecaciones de recónditos rincones de Reino Unido, consciente de que la labor académica se ha centrado en las formas gentiles del idioma en desmedro de estos parientes descarriados: “plenos de identidad, humor, conexión e historia”, según el rescatista Montgomery. Porque, como se hace eco el diario The Guardian, “hoy alguien puede ser un divvy en Liverpool, un pillock en Leeds o un dinlo en Portsmouth, pero pronto podría ser un anodino idiot en cualquier parte de UK”.
Dios salve a los lengualargas entonces, aunque, al parecer, necesiten menos protección celestial que el resto de los mortales. Un exabrupto oportuno, después de todo, ayuda a sostener un esfuerzo físico por más tiempo y hasta a sentirse más concentrado y seguro mientras se hace ejercicio. A esa conclusión llegó otro inglés, el psicólogo Richard Stephens, que lleva décadas investigando el asunto. De hace unos meses, su último trabajo, No te contengas, es casi una invitación de quien ha constatado este fenómeno en diferentes idiomas y culturas. Suyo, además, es otro experimento del rubro: cronometrar a un grupo de voluntarios que metieron la mano en un cubo de agua helada, en un día glaciar, mientras unos repetían vocablos malsonantes y otros, neutros. Ganaron los bocasucia, por supuesto, prueba aparente de que proferir obscenidades ayuda a tolerar el dolor más rato.
La lengua sueltaHay que decir que el propio Stephens ha advertido que las malas palabras —“método terapéutico gratuito y muy al alcance”— también se desgastan. Cuanto más se las utiliza, menos poder de fuego conservan. Pero no parece preocupado: “Siempre habrá nuevas frases tabú con las que apañarse”, dice tan contento este experto en psicología de las emociones, que se interesó primeramente por el tema cuando su mujer, de parto, lanzó una retahíla inesperada. Emociones, sí, y hete aquí una de las teorías con más asidero de la neurociencia: que estos términos prohibidos no se almacenarían en el mismo sitio que el resto del lenguaje, sino que irían por otros carriles del cerebro ligados al procesamiento de lo afectivo y de lo instintivo.
La estadounidense Melissa Mohr, experta en literatura medieval y renacentista, aporta una anécdota en su ponderada obra Holy Sh*t: a Brief History of Swearing. Cuando un derrame cerebral dejó al poeta Charles Baudelaire afásico en 1866, sobrevivió una expresión de su otrora riquísimo léxico: Cré nom!, equivalente en intención a un “¡maldita sea!”. Parece que las ruborizadas monjitas que cuidaban del autor de Las flores del mal, atónitas por aquel reiterado exabrupto, lo atribuyeron… a una posesión demoníaca.
Excretable, según los vaivenesQue Mohr haya bautizado su libro en alusión a las heces es un recordatorio de que, históricamente, las palabrotas han abrevado de dos grandes canteras, lo santo y lo escatológico. También le viene de perlas para contar que las groserías nacen, pierden prestigio o ganan escándalo, según la época, aunque sus principales funciones se mantengan estables: descargar emociones (positivas, negativas), insultar o crear complicidad entre pares. Decir shit en la Inglaterra medieval no incomodaba más que decir “vino” o “lodo”, aclara: era meramente descriptivo en tiempos en los que muchos defecaban en letrinas comunitarias, charlando con el de al lado. Melissa presume que recién hacia el Renacimiento, cuando aquellas escenas se replegaron a la intimidad, la palabra empezó a tener el carácter shocking que todavía hoy conserva.
¿O será que está perdiendo filo…? Las mismas mierdas anuncia sin el menor pudor la cartelera de un teatro madrileño; mientras La Merde, instalación con la que la artista plástica belga Aline Bouvy poner a hablar excrementos, recibe visitantes en el pabellón de Luxemburgo de la Bienal de Venecia para —presuntamente— reflexionar sobre la exclusión y la vergüenza. Al final, ya lo apuntó Antonin Artaud en uno de sus poemas: Donde hay olor a mierda, hay olor a existencia. Por su lado, en cuanto a los buenos cuadros, anotó Toulouse-Lautrec: La peinture, c’est comme la merde ; ça se sent, ça ne s’explique pas. En el teatro porteño todavía se desea “¡Mucha merde!" el día de estreno y, una vez levantado el telón, basta una puteada para que el público se mate de risa, no importa con qué intención se diga.
Ya que se mentó al Medioevo, huelga aclarar que la Antigüedad tampoco fue un remanso de buenos modales: griegos y romanos cultivaron la invectiva con entusiasmo. Mucho antes de las redes sociales, las paredes de algunas ciudades hacían las veces de un gigantesco muro de comentarios. Había declaraciones de amor, fanfarronadas, anuncios, dibujos, cargadas y, claro, insultos truculentos.
Tantos que un vecino de Pompeya, harto, dejó escrito: “Me asombra, muro, que no te hayas derrumbado bajo el peso de tantas necedades”. A veces las palabrotas también volaban: tal el caso de varios proyectiles recuperados; uno, encontrado en Jaén y fechado hacia el 45 a.C., todavía conservaba una inscripción tallada a mano que, sutilezas aparte, así se ha traducido del latín antiguo: “¡Cométela, César!”.
Use con moderaciónMark Twain, que rara vez desperdiciaba una buena frase, creía que las palabrotas proporcionan un alivio que ninguna otra expresión ofrece, siempre y cuando se utilicen “en ciertas circunstancias, circunstancias urgentes, desesperadas”. Una recomendación que parece haber caído en saco roto en medios escritos y hablados locales, donde hasta el magazine más formal puede salpicar la conversación con procacidades en la franja apta para todo público.
Se ve que, desde que se jubiló aquella voz en off que a las 22 anunciaba “Aquí finaliza el horario de protección al menor, la permanencia de los niños frente al televisor queda bajo la exclusiva responsabilidad de los señores padres”, cuesta distinguir el día de la noche… También en ciertos informativos radiales, donde antes del primer café ya aflora alguna expresión soez de inspiración zoológica (genitales o traseros de un primate, por ejemplo), provenga de conductores o de políticos entrevistados. Es decir, de los llamados hombres públicos: dícese del varón “que tiene presencia e influjo en la vida social”, acorde a la RAE; al revés de lo que sucede con la expresión mujer pública, voz peyorativa según el mismo diccionario para designar “prostituta”. Prostituta o, más bien, uno de sus sinónimos más altisonantes: una de las formas más persistentes de agraviar a las mujeres.
La colección de variaciones —cortesana, pelandusca, hija perdida, buscona, ramera, zorra, perra, pindonga, casquivana, etcétera— es tan extensa que la reconocida lingüista francesa Dominique Lagorgette, tras estudiar siglos de textos (desde manuscritos medievales hasta rap contemporáneo), concluye que sería más fácil listar los vocablos que nunca aludieron a su significando.
La etimología sigue en disputa —¿putta (“niña”; y vale aquí recordar que los putti eran los angelitos de la pintura del Renacimiento) o putidus (“podrido”)?—, pero ella apuesta por la segunda: antes que un oficio, el término nombró una descalificación. Por algo se sigue denostando a quienes ejercen la prostitución y, en general, a cualquier mujer que desafíe las normas y mandatos de su época.
Devuelta al remitenteVolviendo al uso y abuso, a veces las malas palabras traen efectos colaterales. Preguntarle, si no, a la primera dama Brigitte Macron, captada hace unos meses tras bambalinas consolando al humorista Ary Abittan —sobre quien pesa la sombra de una denuncia por violación archivada—, después de que un grupo de feministas interrumpiera una de sus funciones. Para referirse a las manifestantes, ella lanzó una expresión muy poco diplomática: sales connes, ofensiva fórmula que, por implícitas razones, evitamos traducir. Las destinatarias se apropiaron de la fina cortesía y, en cuestión de horas, #SalesConnes se convirtió en tendencia, con actrices, escritoras y otras referentes francesas proclamándose orgullosamente parte de ese club, si se trataba de defender a víctimas de abuso.
Brigitte Macron qualifie de "sales connes" les militantes mobilisées devant le théâtre où se produit un homme qui a été accusé de violences sexuelles.
Les violences, la fameuse « grande cause du quinquennat ». pic.twitter.com/ZktAOJFa4C
“Transformar la humillación en subversión nos permite dar vuelta la tortilla”, escribe el periodista galo Anthony Vincent en su flamante ensayo El insulto: de la ofensa a la solidaridad, que justamente parte de este episodio viral para rastrear una larga tradición: la de aquellos colectivos que convierten en emblema las palabrotas que alguna vez se usaron para herirlos y descalificarlos. Y ahí está Maricón perdido, la serie con tintes autobiográficos del escritor español Bob Pop, haciendo corte de manga a definiciones vetustas (“afeminado”, y también “pusilánime, medroso”); o bien, una de las primeras canciones de la zarpada Samantha Hudson que, años atrás, revolvió las aguas benditas del Obispado de Palma. Con acento rioplatense, habemus (sic) Puto y orquesta, concierto performático sobre masculinidad queer y deseo, del cantante y actor argentino Carlos Casella.
La madre de todas las ofensasSe estima que una persona impulsiva pronuncia unas 80 palabrotas al día; en público, mayormente varones y gente extrovertida. En las antípodas de la afición marginal, este fenómeno despertó el interés de otro equipo científico —internacional esta vez— que reunió a casi 50 investigadores de 17 países y 13 lenguas, tan distantes entre sí como el alemán, el chino o el setsuana, con el objetivo de cartografiar tabúes verbales planetarios.
Algunos hallazgos de este trabajo de hace solo dos años: los italianos conservan un importante catálogo de blasfemias religiosas; los neerlandeses hacen de ciertas patologías, insultos; y los alemanes —favorecidos por un idioma capaz de ensamblar términos compuestos como si fueran piezas de Lego— aportaron tres veces más imprecaciones que británicos o españoles, incluyendo creaciones como intelligenzallergiker (“alérgico a la inteligencia”). Campeones inesperados, a su manera. Pero lo más llamativo fue quizá aquello que compartían, acorde al bilbaíno Jon Andoni Duñabeitia, científico cognitivo e integrante del trabajo.
En cuanto a los blancos, lejos de repartirse al azar, las malas palabras más hirientes suelen apuntar a grupos discriminados, especialmente mujeres, homosexuales y minorías étnicas. En cuanto a los temas, desde Australia hasta Tailandia, pasando por Chile y Serbia, las guarangadas suelen gravitar alrededor de un puñado de asuntos recurrentes: los órganos reproductivos, las minorías, la familia… Dentro de esta última categoría sobresale la figura de la madre ajena, infaltable en el agravio, cualquiera sea la geografía.
¿Y por qué, de todas las ramas del árbol genealógico, justamente la pobre madre? La citada Lagorgette, que acaba de publicar en España, traducido al castellano, su libro Puta. Historia de una palabra y un estigma, habla de “insulto por rebote”: la ofensa toma de rehén a la progenitora para herir con mayor eficacia a su prole. Desde hace siglos, la maternidad ocupa un lugar sagrado en el imaginario occidental; mancillarla es una de las maneras más expeditivas de cruzar la línea roja, deduce esta especialista, que encontró la fórmula fils de putain ya documentada en el Roman de Thèbes, un romance anglonormando del siglo XII. La propia violencia de este insulto ha hecho necesaria la creación de paliativos eufemísticos que quitaran grosor a la palabrota, observa el filólogo español Pancracio Celdrán en su monumental El gran libro de los insultos: bastardo, hijo adulterino, hijo natural, hijo sacrílego…
Con todas las letras“¿Qué haríamos sin esta mesnada de palabras que se nos vienen a la boca ante la injusticia o la ruindad ajena?”, se pregunta Celdrán en su apasionante obra, una celebración del ingenio del castellano. Ni el propio Dios Padre, menciona, se resistió a la tentación: apenas estrenado el Paraíso, puso de vuelta y media a la serpiente con el primer enojo divino: “Maldita seas entre todos los animales y bestias de la tierra”. Rememora además cómo, al expulsar a los mercaderes del templo, Jesús los llama “raza de víboras”, “generación malvada y adúltera”, “hipócritas”... “Si hay situaciones capaces de sacar de quicio al más santo y paciente de los hombres, ¿cómo no provocarán en el resto dictámenes y dicterios?”, concluye.
Puestos a insultar, hagámoslo con propiedad, parece sugerir el erudito. ¿Para qué despachar un desabrido “tonto” cuando el castellano ofrece mentecato, pazguato, perejil, badulaque…? ¿Un simple “vago”, pudiendo recurrir a haragán o zángano? ¿“Torpe”, cuando podemos llamar zoquete o alcornoque? Para el bellaco de turno tampoco faltan alternativas: tránsfuga, malandrín, truhán, sabandija. Sería una pena que semejante despliegue de vocabulario terminara reducido a un rutinario “idiota”.