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Es gomero, algo le faltaba, y volvió a sus raíces para transformarse en un productor exitoso: “La mejor manera de hacerlo”

La infancia de Alberto Budetta transcurrió entre el colegio y la calle. Pasaba sus días jugando al fútbol, a la bolita y a las figuritas en la plaza y en los terrenos baldíos. También constru...

La infancia de Alberto Budetta transcurrió entre el colegio y la calle. Pasaba sus días jugando al fútbol, a la bolita y a las figuritas en la plaza y en los terrenos baldíos. También construía carritos a rulemanes y derretía junto con sus amigos pomos de pasta dental para crear figuras y jugar con ellas: “Fue una infancia muy linda, sencilla e inolvidable”.

Como casi todos los hijos de inmigrantes, de sus padres recibía las tradiciones y valores que lo acompañan hasta el presente: domingos sagrados en familia, como símbolo indisoluble, donde disfrutaban de la pasta amasada por su madre, acompañada por salsa casera, carne estofada y vino.

De sus padres, Alberto también aprendió el valor del trabajo, el esfuerzo y la perseverancia para alcanzar aquello que uno se propone: “Son valores que intento transmitirles a mis hijos, no solo con palabras, sino también con el ejemplo”, asegura hoy Alberto mientras rememora su crianza.

“Hay una coincidencia que siempre me llamó la atención: mis padres nacieron en Bellosguardo, Salerno, y mis hermanos y yo nacimos en Bella Vista, el lugar donde ellos se instalaron al llegar a la Argentina. Si traducimos Bellosguardo al castellano, significa justamente Bella Vista. Una hermosa coincidencia que, de alguna manera, une nuestro origen con el lugar donde la historia familiar continuó”.

La decisión de volver a las raíces: “Nos subimos al auto y salimos”

Durante su adolescencia, Alberto hizo de todo: fue ayudante de reparto en camiones de whisky, ayudante de albañil, trabajó como playero en estaciones de servicio en Mar del Plata para poder pagar sus vacaciones, trabajó en el almacén de sus padres y, gracias a sus aprendizajes en un colegio industrial, fue tornero.

Su sueño, sin embargo, era ser independiente. Buscó caminos, insistió y siguió intentando hasta que, con la ayuda de sus padres, abrió una gomería: “Así fui creciendo, paso a paso, con trabajo y esfuerzo”.

Pero había una historia ancestral que rondaba sus pensamientos y que implicaba continuar aquello que sus padres habían dejado en Italia por la guerra y de lo que tanto les hablaban. Su linaje había cultivado uvas en Italia, un oficio que había nacido en su familia siglos atrás, en 1558. La Segunda Guerra Mundial había truncado su trabajo, pero había hecho mucho más que eso, había aniquilado una parte esencial de su identidad.

En la Semana Santa de 2003, Alberto supo que era tiempo de recuperar aquella identidad perdida: “Le propuse a mi esposa, Graciela, que en ese momento estaba embarazada de siete meses de Chiara, nuestra hija más chica, irnos a Mendoza. Sin dudarlo, tiempo después nos subimos al auto y salimos a recorrer distintos lugares donde pudiéramos desarrollar este proyecto”.

Ir a Italia para reconstruir una historia: “Abría libros de bautismos y defunciones que casi se desarmaban al pasar las hojas”

Pero antes de lanzarse a la aventura mendocina, hubo una historia que reconstruir. Alberto sabía que el vínculo de su familia con la uva y el olivo había comenzado más de 450 años atrás. Poder reconstruir su árbol genealógico en Bellosguardo fue muy emocionante. Primero buscó información en el municipio del pueblo, pero los registros llegaban aproximadamente hasta el año 1700.

Y así, con la perseverancia característica, Alberto llegó a la iglesia del pueblo, donde con profunda amabilidad el cura los ayudó a seguir buscando: “Recuerdo que abría libros de bautismos y defunciones que casi se desarmaban al pasar las hojas. Así llegamos hasta el año 1558. Fue un momento inolvidable”, dice emocionado.

“Siempre que puedo regreso al pueblo de mis padres. Cada vez que llego, me emociono y siento un cariño enorme por ese lugar y por su gente. Hoy Bellosguardo tiene no más de 800 habitantes, entre ellos mi primo Alessandro, que cultiva olivos y elabora aceite de oliva extra virgen y orgánico. Siento que los genes, la historia y el cariño que nuestros padres nos transmitieron tienen, sin duda, una influencia muy profunda en nuestra vida diaria. Todo eso forma parte de quienes somos y de la historia que continuamos construyendo”.

“Estoy seguro de que, cuando decidimos cultivar nuestras uvas y elaborar los vinos, todo ese legado empezó a expresarse en cada acción, en cada decisión y en cada detalle de este proyecto”.

Trabajo, esfuerzo y perseverancia para un nuevo comienzo en Mendoza: “Era una forma de honrar aquella historia que había quedado en Italia”

De Mendoza se enamoraron profundamente y regresaron dispuestos a aplicar los principios de trabajo, esfuerzo, pero sobre todo perseverancia. Alberto tomó el teléfono y realizó todos los llamados necesarios para orientarse: la Casa de Mendoza, la facultad de Ciencias Agrarias de Luján de Cuyo, entre otros contactos que lo fueron acercando a nuevas personas.

Finalmente, un buen día dio con Amílcar, quien trabajaba en el Instituto Nacional del Agua de Mendoza: “Fue un profesional excepcional y, sobre todo, una gran persona. A los pocos minutos de hablar, empezamos a construir una relación que duraría muchos años, hasta la pandemia, que lamentablemente se lo llevó. Con el tiempo, se convirtió en nuestro guía y amigo, y fue quien nos ayudó a encontrar un lugar verdaderamente mágico”, revela. “Nos dibujó un triángulo en una hoja: el vértice apuntaba hacia el Arroyo Grande, al pie de la montaña, en el Manzano Histórico de Tunuyán, y sus lados se abrían hasta llegar a la Ruta Provincial 92. Así, con su ayuda, comenzó nuestra búsqueda”.

Con muchos esfuerzo y tras asesorarse con un ingeniero agrónomo, el matrimonio vendió un terreno que poseían en Castelar y compró las primeras hectáreas. Aquel ingeniero, terminó siendo parte de su equipo de trabajo en la finca.

Poco a poco, el proyecto cobró vida, y con la ayuda de referentes, eligieron las variedades de uva que mejor se adaptaran a ese clima, aunque con una condición fundamental: reservar un lugar para plantar mil plantas de aglianico, una cepa casi desconocida en Argentina, pero profundamente ligada al legado de su familia.

“Era una forma de honrar aquella historia que había quedado en Italia y de continuarla en una nueva tierra. Así comenzó nuestra historia en Mendoza”.

De una gomería a la cordillera y el mayor valor mendocino: “Mi más grande reconocimiento”

El contraste entre los paisajes de Bella Vista respecto al Valle de Uco se hizo sentir tanto como los impactos que provocó cambiar el lenguaje de una gomería al de las plantas y frutos de una provincia con otros tiempos y aromas.

Vivir en un viñedo, tal como lo habían hecho sus ancestros, le trajo a Alberto una nueva perspectiva en relación a lo que significa tener calidad de vida. Con la cordillera imponente, el matrimonio y sus hijos descubrieron la magia de estar en contacto permanente con la naturaleza y ver cómo las plantas resisten inviernos duros y, de pronto, observar con asombro cómo brotan y entregan frutos maravillosos: “Es convivir con seres vivos que merecen todo el cuidado y respeto”.

Para Alberto, sin embargo, uno de los mayores choques culturales llegó de la mano de su gente, personas tenaces y cálidas, con la capacidad de abrir sus puertas desde el primer momento: “Con una naturalidad tan genuina que pareciera que te conocieran desde hace años”, asegura.

“Nuestra gente, la misma que plantó la finca hace más de veinte años, representa muy bien esos valores. Son personas trabajadoras, comprometidas y profundamente respetuosas. Siempre me llamó la atención su amor por la naturaleza, por el lugar donde viven y por cada planta que cuidan. Hay un vínculo muy profundo con el paisaje que habitan”, agrega Alberto, creador de la etiqueta Magia De Uco.

“Por supuesto, no siempre todo es color de rosa. Hay variables que no se pueden manejar, como el clima o las situaciones propias del país. Nada es fácil, pero la constancia es clave para superar los obstáculos”, continúa pensativo. “Respecto a la calidad humana de los mendocinos, aprovecho esta oportunidad para transmitir mi más grande reconocimiento a personas que muchas veces no reciben el lugar que merecen dentro de la cadena de valor de la industria del vino: la gente que trabaja en el viñedo. Los que podan, los que curan, los que cosechan. Los que están ahí con temperaturas de diez grados bajo cero o de más de treinta y cinco grados. Sin ellos no hay uva. Y sin uva, no hay vino”.

Abrazar el pasado para transformar una vida: ”Los mismos valores”

Hoy Alberto mira hacia atrás y puede unir los puntos en el aire. Siente que la suya es una historia de transformación a través del encuentro con el pasado, para conquistar un presente con sentido. Había escuchado los relatos de los viñedos en Italia desde su infancia, historias que compartió a sus hijos y a su esposa, Graciela. Incluso su madre tenía en su casa del conurbano una plantita de uvas que cuidaba con nostalgia, como un pedazo de su tierra natal.

Y junto a las uvas, continúa con sus dos empresas que creo desde cero: “Soy gomero”, suele decir al referirse a la de neumáticos. Le costó muchísimo transformar su vida para reconstruir su tradición familiar, pero lo logró, y hoy tiene uno de los viñedos más importantes de la zona. Graciela no llegó a verlo terminado, falleció muy joven hace poco más de un año, pero está en sus corazones en cada comida, sonrisa y cosecha.

Desde sus días de juego con la pelota, carritos de rulemanes, bolitas y figuritas, Alberto siente que su travesía fue de puro aprendizaje. Hoy vive entre su trabajo en Bella Vista y su paraíso en Mendoza.

“Mi lugar en Mendoza representa una historia de transformación, y también un futuro de transformación. Siempre buscamos la mejor manera de hacer las cosas, de mejorar, de ir un paso más allá. Regamos cada planta, gota a gota, con nuestra propia fuente de agua mineral de manantial libre de sodio. Y cuidamos cada etapa del proceso con cariño. Todo esto nos permite sentirnos orgullosos”.

“Siento que aprendí mucho en este camino, y también que todavía queda mucho por aprender. Pero si hay algo que tengo claro es que la mejor manera de hacerlo es rodearse de personas que compartan los mismos valores. Para mí, formar equipos con esas características es clave”, continúa Alberto. “En lo personal, sé que sin el apoyo invaluable e inolvidable de mi esposa, Graciela, y de nuestros hijos, Gianfranco, Luciana y Chiara -quienes hoy también forman parte- sin ellos, no hubiéramos podido construir este sueño”, concluye.

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Si querés contar tu historia podés escribir a argentinainesperada@gmail.com

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/lifestyle/es-gomero-algo-le-faltaba-y-volvio-a-sus-raices-para-transformarse-en-un-productor-exitoso-la-mejor-nid25052026/

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