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Flaca y desorientada, apareció detrás de un alambrado y una noche de tormenta reveló una vulnerabilidad desconocida

Ocurrió luego de las fiestas de fin de año en una quinta de la provincia de Buenos Aires, cuando del otro lado del alambrado apareció una perra extremadamente flaca, desorientada y hambrienta. ...

Ocurrió luego de las fiestas de fin de año en una quinta de la provincia de Buenos Aires, cuando del otro lado del alambrado apareció una perra extremadamente flaca, desorientada y hambrienta.

La mirada del animal delataba que llevaba tiempo perdido y buscando refugio. Al llevarlo a la primera revisión médica, el profesional estimó que su edad rondaba entre los 3 y los 5 años.

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Para Damián Echave, que es músico y autor de libros infantiles, convivir con un perro había sido un anhelo postergado desde la infancia. Por eso, en el instante en que alguien en la familia sugirió buscarle un hogar de adopción, la respuesta fue tajante: “Yo me la quedo”.

La perra, bautizada como Lala, llegó al hogar que compartía con su pareja, Patu, para transformarse en la primera responsabilidad en conjunto, su primera “hija-perra”.

“Lala nos cambió la vida. Tirarnos al piso a jugar y disfrutar de su compañía empezó a ser un gran plan. Al principio le costó confiar. Salvo excepciones, era independiente y poco demostrativa, aunque también sabía agradecer”.

Al comienzo, la adaptación exigió paciencia. Lala era territorial en el hogar, pero valiente en la calle y propensa a involucrarse en conflictos con otros perros.

Sin embargo, detrás de esa coraza de firmeza, el primer día de lluvia reveló una vulnerabilidad inesperada: aterrorizada por las tormentas, la labradora buscaba esconderse debajo de la cama y terminaba trepándose literalmente sobre la cabeza de sus tutores para buscar protección.

“La primera vez que llovió no entendimos qué pasaba. Lala, la valerosa, se metía debajo de la cama. Pero luego se nos subía encima. Literalmente se trepaba a nuestras cabezas. Durante mucho tiempo no supimos qué hacer. Cuando era de noche yo me enojaba. Me frustraba. Ella no podía controlarse, y yo tampoco. En casa, si había tormenta no se pegaba un ojo en toda la noche. Fue caso de consulta en mi psicólogo. Hasta que un día acepté, que simplemente, sería así. Entonces me levantaba y me ponía a estudiar piano. A veces incluso la música lograba que se calmara”.

Aceptar que el temor del animal no podía erradicarse por la fuerza fue el punto de inflexión. Por eso, en lugar de frustrarse o intentar corregir la reacción, la rutina familiar se transformó: en las noches de tormenta, la respuesta fue levantarse y sentarse al piano a estudiar. Con el tiempo, el sonido de las teclas y la melodía constante lograron ofrecerle a Lala un refugio sonoro que calmaba su ansiedad.

Comprendiendo que Lala necesitaba compañía, la familia decidió agrandar el hogar. La llegada de Tango —quien se convirtió en su hermano y compinche inseparable— fue el primer paso de una manada que crecería con el tiempo.

Más tarde se sumó Cuba, una perra solitaria y cuidadosa de sus espacios, y finalmente Rocky, un perro ciego y con problemas de salud que conquistó el corazón de todos por su temperamento afectuoso.

Cuando nació Oliverio, el primer hijo humano de la pareja, la dinámica familiar ya estaba integrada por siete miembros que se desplazaban juntos en un pequeño Fiat 147. El niño creció en una suerte de convivencia estrecha con los cuatro perros, entre juegos en el piso, ladridos y pelos, aprendiendo desde la cuna el respeto hacia los otros animales.

La convivencia con Lala y sus compañeros promovió en la familia un proceso de reflexión profunda sobre la empatía y la condición de otras especies, comprendiendo que la compasión no se limita al ámbito de lo humano.

Esa historia de rescate y aprendizaje mutuo inspiró más tarde una canción cuya letra evoca el momento exacto en que una mano tendida del otro lado del alambrado transformó el miedo en un hogar definitivo.

Fobia a las tormentas y perros: causas y manejo

El temor desmedido a los truenos, lluvia y relámpagos es un motivo frecuente de consulta veterinaria y comportamental. La médica veterinaria Lucía Borlle (MN 2097), directora técnica en Lokal, marca de alimento integral para perros y gatos, explica las causas y el abordaje.

Manifestación clínica. “El miedo intenso a las tormentas no es un capricho ni una exageración, sino una respuesta de supervivencia. Los perros perciben el mundo a través de sentidos más agudos que los nuestros, y una tormenta eléctrica activa múltiples estímulos a la vez que los ponen en alerta. Por un lado, su capacidad para percibir sonidos es muy superior, de manera que no sólo escuchan los truenos con mayor intensidad, sino que también éstos pueden causarles una molestia física en los oídos. Además, los destellos súbitos de los relámpagos (especialmente si ocurren de noche o en interiores con poca luz) y el olor particular a ozono que deja la lluvia en el ambiente completan un combo multisensorial que para ellos es sinónimo de peligro inminente”, detalla Borlle. Este conjunto de factores desencadena una respuesta fisiológica de estrés agudo: se dispara el cortisol y la adrenalina, y su cerebro interpreta que están bajo una amenaza directa a su vida.

Medicación. “Puede resultar útil en algunos casos, con un requisito innegociable: debe ser recetada (prescripta) y supervisada exclusivamente por un médico veterinario. Jamás se debe medicar a un perro por cuenta propia ni darle fármacos de uso humano (como tranquilizantes musculares o ansiolíticos), ya que muchos pueden ser tóxicos o generar efectos adversos graves”, enfatiza la veterinaria.

El abordaje farmacológico actual se divide en dos grandes grupos según la necesidad:

Medicación de uso puntual: son fármacos de acción rápida para controlar la crisis durante la tormenta. Permiten que el animal cruce el evento sin sufrir un pico de estrés.

Tratamiento de fondo (conductual y neuroquímico): en casos severos, el veterinario (o un especialista en etología clínica) puede indicar una terapéutica que se enfoque en el manejo conductual del caso, acompañado o no de suplementos naturales a largo plazo o, en casos puntuales, de fármacos para disminuir la ansiedad generalizada del paciente.

La medicación nunca debe verse como un “atajo para dormir al perro”, sino como una herramienta para restaurar el bienestar al animal para poder trabajar luego en su conducta.

Manejo ambiental y conductual. El abordaje integral del miedo excesivo a las tormentas requiere combinar el manejo del entorno, un cambio la actitud de los tutores y de apoyo profesional, cuando se requiera. Estas son las claves principales:

Crear un refugio seguro: “permitir que el perro elija dónde esconderse (un baño sin ventanas, un placard abierto o armarle una cucha/transportadora acondicionada con mantas y su ropa con nuestro olor). A veces, aislar los estímulos visuales cerrando persianas y apagando luces fuertes ayuda muchísimo. Es importante crear un ambiente seguro, alejar artículos con los que el animal pueda chocar y lastimarse, esto incluye muebles pequeños, pero además conviene despejar los espacios y guardar las cosas que están sobre la mesa y sobre las sillas”.

Enmascarar los sonidos: poner música clásica relajante, encender la televisión o un ventilador a volumen moderado ayuda a amortiguar el impacto repentino de los truenos.

La actitud del tutor (calma y tranquilidad): históricamente se creía que no había que consolarlos. “Hoy sabemos que sí se los puede acompañar, pero desde un lugar de absoluta tranquilidad. Si nos ponemos ansiosos, los abrazamos con desesperación o los retamos, validamos su miedo. Lo ideal es mantenernos serenos, hablarles con tono pausado, ofrecerles caricias suaves si ellos lo buscan o distraerlos con un juguete para enfocar su mente en otra cosa”, concluye la experta.

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Fuente: https://www.lanacion.com.ar/lifestyle/flaca-y-desorientada-aparecio-detras-de-un-alambrado-y-una-noche-de-tormenta-revelo-una-nid05112026/

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