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Guatemala: un viaje único al mundo maya entre la selva del parque Tikal

Cuando uno piensa en ruinas mayas, enseguida viene a la mente ...

Cuando uno piensa en ruinas mayas, enseguida viene a la mente Chichén Itzá, en México, pero la antigua civilización maya, que llegó a tener quince millones de habitantes, vivió en ciudades estado a lo largo de toda América Central. Además de México, las huellas mayas están en El Salvador, Honduras, Belice y Guatemala.

Una de estas ciudades es Tikal, en la Reserva de la Biósfera Maya, en medio de la selva tropical del estado de Petén, al norte de Guatemala. En el año 900, vivieron allí más de cien mil habitantes en un área de casi 60.000 hectáreas. Su templo más alto alcanza los 70 metros, mientras que en Chichén Itzá el área que rodea el templo mexicano no llega a las 300 hectáreas.

La manera más práctica para acceder es hospedarse en alguno de los hoteles que están a orillas del lago Petén Itzá, a 40 kilómetros de las ruinas, y contratar un guía local. Antes de llegar al Parque Nacional de Tikal, conviene hacer una parada en Tienda Sayda donde, además de artesanías guatemaltecas, hay una gran maqueta de las ruinas y paneles donde cuentan la historia de su descubrimiento.

Apenas entre el 5 y el 15 por ciento de las ruinas están desenterradas, por eso la maqueta tiene el valor de mostrar lo que en realidad no se ve. Esta reproducción fue hecha en base al mapeo digital LiDAR (Light Detection and Ranging), un escaneo láser que los arqueólogos hacen tomando imágenes que atraviesan la maleza.

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Así, en 2018, aviones equipados con estos sensores LiDAR “borraron” digitalmente la densa selva tropical y se reveló que Tikal era cuatro veces mayor de lo estimado mediante la exploración tradicional a pie. Surgieron más de 12.000 estructuras ocultas bajo la vegetación: viviendas, palacios fortificados, sistemas de canales y una pirámide de 30 metros de altura en pleno centro de Tikal que se creía era un cerro cubierto de árboles. Este mapeo digital permitió descubrir que un barrio entero de Tikal replicaba con total exactitud la ciudad de Teotihuacán, ubicada a más de 900 kilómetros, en México, lo que evidenció que Tikal no era una ciudad aislada, sino una metrópolis cosmopolita con fuertes alianzas e influencias.

La historia del descubrimiento está ilustrada con fotos antiguas que, si bien mencionan al gobernador de Petén como su descubridor oficial en 1848, está muy ligada a los “chicleros” de las compañías norteamericanas Wrigley y Adams, que descubrieron muchas otras ruinas menores entre 1890 y 1930, como Uxactún, Yaxhá, Topoxte, Nakum, Dos Pilas, Aguateca y Ceibal, que también pueden visitarse.

Antes de que existieran los polímeros sintéticos, el chicle se elaboraba con la savia del árbol de chicozapote (Manilkara zapota), una especie nativa muy abundante en la selva que rodea Tikal. William Wrigley y su competidor Thomas Adams compraban los bloques cocidos de resina recolectados por los chicleros, quienes, machete en mano, se internaban en la selva, se trepaban a los árboles y veían las crestas de los templos y otras construcciones cubiertas de malezas.

El negocio de la “fiebre del chicle” fue tan grande que, entre 1920 y 1940, campamentos de chicleros cercanos a Tikal utilizaban mulas, ríos y hasta aviones de carga para trasladar los bloques de chicle desde las pistas improvisadas en la selva de Petén hacia los puertos de exportación. Los chicleros vivían en pésimas condiciones en carpas de campaña a merced de serpientes e insectos peligrosos. La época de recolección era en la temporada de lluvias, cuando la savia corría mejor. Trabajaban bajo lluvias torrenciales, expuestos a caídas y picaduras. La ambición chiclera también fue talando bosques de ébano en su expansión, una especie que demora más de un siglo en crecer.

La Plaza Mayor, el corazón

Esta información previa es muy útil antes de llegar al parque nacional, 575 kilómetros cuadrados de selva, declarado patrimonio de la humanidad en 1979. A diferencia de Chichén Itzá, que está en una superficie abierta a metros del estacionamiento, en Tikal hay que recorrer senderos en la selva donde es posible cruzarse con monos aulladores, tucanes, coatíes y cada tanto algún jaguar, y una floresta con árboles portentosos que el guía va señalando, con la ceiba, el árbol nacional que puede llegar a medir 60 metros de altura. También nos señala chicozapotes, caobas y el árbol ramón, una variedad de nogal considerada un superárbol cuya semilla fue alimento de los mayas.

De lo poco que se ha desenterrado de las ruinas, el corazón está en la Plaza Mayor, una gran explanada rodeada por el Templo I o Gran Jaguar y el Templo II o de las Máscaras. El del Gran Jaguar es la pirámide emblema del parque, de 47 metros de alto, y fue construida como el monumento funerario del gobernante Jasaw Chan K’awiil I. No está permitido escalarlo. Justo enfrente está el Templo II, de 38 metros de altura, que sí se puede subir por unas escalinatas de madera habilitadas para eso, y llegar hasta la plataforma más alta y tener una vista panorámica de la plaza y el templo del Gran Jaguar.

En diez minutos más de caminata, llegamos al Templo IV o Templo de la Serpiente Bicéfala, de 70 metros de altura. Es la estructura más alta de Tikal y de todo el mundo maya prehispánico. Se puede subir mediante escaleras de madera externas. El calor y la humedad duplican el desafío, pero vale la pena porque su cima sobresale por encima de la selva y ofrece una vista increíble de las crestas de los templos flotando sobre los árboles. Fanáticos de La guerra de las galaxias, episodio IV podrán reconocer escenas filmadas aquí. Y muchos se preguntan si la batalla que se llamó Star Wars que tuvo lugar en el año 562 d. C. entre Tikal y Caracol (hoy Belice), no fue la fuente de inspiración de George Lucas.

Otra diferencia con Chichén Itzá es que aquí el turismo nunca llega a saturar el parque. Y entre los escasos visitantes, se distinguen guatemaltecos ataviados con sus tradicionales trajes de colores. Son etnias que se consideran descendientes de los mayas y solo ellos tienen un permiso especial para llevar a cabo ritos y ceremonias en el parque. El gobierno construyó para ellos altares similares a los originales donde encienden azúcar, chocolate, velas de distintos colores, cigarros, canela y copal (resina aromática).

Si bien las ruinas mayas son la razón principal para visitar Guatemala, no es la única. Los hoteles más próximos, ubicados a la orilla del lago Petén Itzá, invitan a conocer la isla Flores. El lago, de 35 kilómetros de ancho por 16 en su parte más ancha, es de aguas verdes y transparentes, perfectas para el chapuzón. Las lanchas salen de muelles privados y en una hora llegan a la isla, que se puede recorrer en una tarde. Lo mejor es caminar sin planes por las calles adoquinadas de Flores sabiendo que estamos pisando Nojpetén, antigua capital del reino maya Itzá.

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El aire acondicionado de las tiendas de artesanías es un anzuelo perfecto para entrar y seguir comprando suvenires, sobre todo los llamativos textiles tejidos y bordados –caminos de mesa, bolsitos, billeteras, fundas de almohadones–, además de animales y deidades mayas tallados en madera y cestería en fibras naturales. Algunas pocas venden los trajes tradicionales: el huipil, una blusa hecha en telar, con el cuello redondo bordado. A veces se calza como un chaleco sobre otra blusa.

Las faldas se llaman “corte”, también hechas en telar con fibras naturales de colores, que envuelven el cuerpo y se sujetan con una faja. Completan el traje con tocoyal, cintas largas que se trenzan en el pelo; el perraje, que es un manto que sirve para cubrirse del frío o para cargar un bebé, y alhajas, collares de cuentas de colores hechos de plata o vidrio.

En Flores, como en los hoteles junto a la orilla del lago y en Tikal, hay varios tipos de monos. Sin embargo, ninguno se acerca a los turistas, mucho menos intenta quedarse con una bolsa, signo de que el turismo masivo aún no ha modificado sus hábitos. Por esto, Guatemala es un ejemplo de turismo sustentable que guarda tesoros arqueológicos y naturales, donde su gente amable conserva sus costumbres.

La huella de Coppola

En Apocalypse Now, el director Francis Ford Coppola mostró los excesos cometidos por el ejército de su país en la guerra de Vietnam. Tal vez razones similares lo impulsaron a instalarse donde alguna vez compañías norteamericanas habían causado estragos en la naturaleza y reducido a los pobladores a un trabajo esclavo e insalubre. Así compró en 1980 Blancaneux, una sencilla cabaña en el distrito de Cayo, en Belice, a unos 140 kilómetros de Tikal. Cuando sus hijos crecieron, construyó una cabaña para Sofia, luego otra para su hijo Tomas, más tarde agregó otras para amigos, hasta que en 1993 la convirtió en hotel, aunque él siguió yendo a la suya, que aún hoy tiene fotos del mítico rodaje.

Al tiempo, compró La Lancha, en Guatemala, a orillas del lago Petén Itzá, a 40 kilómetros de Tikal. Coppola aprendió castellano y, cuando va, visita escuelas y lee cuentos a los chicos. Ya viudo y con 86 años, Blancaneaux y La Lancha no son lo mejor por su terreno escarpado donde las cabañas se conectan con escaleras; por eso prefiere instalarse en Turtle Inn, un lodge de pesca sobre el mar, donde pasa Año Nuevo desde hace más de dos décadas. A los pocos meses de comprarlo en 2001, el huracán Iris lo arrasó y no quedó nada en pie, pero en vez de abandonar, el director de El Padrino contrató un arquitecto balinés –se había quedado fascinado con la estética cuando filmó en Bali– y lo reconstruyó de cero. Allí su hija Sofia escribió el guion de Perdidos en Tokio y es usual cruzarse con la familia Coppola, que hacen subastas anuales para recaudar dinero y volcarlo en la comunidad.

Datos útiles

Cómo llegar

El Parque Nacional Tikal está abierto todos los días de 6 a 17. Entrada: 20 dólares, menores de 12, sin cargo. Se puede llegar al parque nacional en auto, dejarlo en el estacionamiento y contratar un guía en el Centro de Visitantes. Otra opción recomendable es contratar el tour, con traslado y guía desde el hotel.

Paseos

Museo de Santa Bárbara. Ubicado en la isla privada de Santa Bárbara, a cinco minutos de Flores, tiene una colección de 3000 piezas arqueológicas mayas como cráneos y vasijas antiguas. También hay un pequeño restaurante con terraza, famoso por ser el preferido de las iguanas. Abre todos los días de 10 a 20. Paquete lancha y ticket: 4 dólares.

Mejor época

De mayo a octubre es la temporada de lluvias. Los senderos están embarrados, pero la selva está más verde que nunca y la fauna muy activa. De noviembre a febrero, las temperaturas no superan los 28 grados y el nivel de humedad es soportable. Entre marzo y abril, la temperatura puede alcanzar los 37 grados.

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/salud/guatemala-un-viaje-unico-al-mundo-maya-entre-la-selva-del-parque-tikal-nid13082026/

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