Heidegger, un pensador siempre actual ante el dilema de la técnica
Cuando el 26 de septiembre de 1969 Martin Heidegger cumplió ochenta años, Hannah Arendt, su discípula y amante, exiliada en los Estados Unidos poco después de que el Tercer Reich iniciara su co...
Cuando el 26 de septiembre de 1969 Martin Heidegger cumplió ochenta años, Hannah Arendt, su discípula y amante, exiliada en los Estados Unidos poco después de que el Tercer Reich iniciara su conquista de Europa, celebró con un mensaje difundido por radio el “oficio de maestro” y la “influencia extraordinariamente duradera” del autor de Ser y tiempo.
Sin embargo, además de subrayar “un pensamiento apasionado en que el pensar y el estar vivo son una y la misma cosa”, en aquella ocasión Arendt enfrentó sin hipocresía, y exponiéndose a críticas muy duras, como recuerda Thomas Meyer, su biógrafo, la larga tempestad pública y privada desatada alrededor de la figura de Heidegger desde que en 1933 había cedido a “la tentación de intervenir en el mundo de los asuntos humanos”. Durante diez meses, el gran pensador alemán había asumido el cargo de rector de la Universidad de Friburgo y “se acercó a los nacionalsocialistas para atraerlos en su dirección”, como escribe Peter Trawny, un especialista alemán en su obra, a propósito de la pronta decepción del filósofo.
Desde entonces, aquel que se acerca a Heidegger sigue obligado a atravesar “el muro de llamas del recelo”, como lo llamó Peter Sloterdijk, “sin tener de antemano la certeza de que lo que pueda descubrir al otro lado del fuego merezca el esfuerzo”. Y es por eso que quizá la única línea de partida para evaluar la vigencia de Heidegger a cincuenta años de su muerte, el 26 de mayo de 1976, sea imaginar otro mensaje al estilo de Arendt, es decir, una mirada capaz de reconocer tanto su grandeza intelectual como su responsabilidad histórica.
Respecto de lo primero, por mucho que irritara a quienes prefirieron ver en la apuesta por provocar un reinicio del pensamiento apenas una “jerga de la autenticidad”, es indudable que Heidegger continúa proyectando reflexiones, influencias y debates desde hace un siglo con muchísima más vitalidad que sus detractores, cuyas pálidas obras sobreviven apenas bajo la exclusiva respiración artificial de las bibliografías y los programas académicos. Ya sea que se trate del efecto en el psicoanálisis de Jacques Lacan a través de las meditaciones heideggerianas sobre el lenguaje, de las reflexiones políticas de Hannah Arendt a partir de la noción ontológica del “acontecimiento” o incluso de los ecos en la arquitectura gracias a sus ideas sobre el construir y el habitar, de a poco el pensamiento heideggeriano irradió su poder hacia disciplinas de lo más diversas. Aunque es en el agitado territorio de la filosofía de la técnica donde Heidegger, a veces a escondidas entre las discusiones inmediatas sobre internet, cibervigilancia, clonación, peligro atómico, geopolítica, bioética o inteligencia artificial, impone su lucidez con mayor intensidad.
En su Carta sobre el humanismo publicada en 1947, cuando el mundo quedó dividido entre dos superpotencias, el capitalismo de los Estados Unidos y el comunismo de la Unión Soviética (una oposición hoy prorrogada por los Estados Unidos y China), Heidegger apuntó antes que nadie al fundamento técnico y metafísico de lo que, más allá de las diferencias ideológicas, constituye nuestro presente: la cibernética. Al reducir todo lo existente a información, advertía décadas antes de que la vida se rigiera por la producción y circulación sistematizada de datos controlados por algoritmos, el ascenso de la cibernética marcaría “el final de la filosofía y su disolución en las ciencias”, sellando “el olvido del ser”. Y como epílogo definitivo de esta intuición, en 1976 incluso dejó asentada la duda, cada vez más inquietante, acerca de si un sistema político como la democracia liberal sería capaz de tratar con tal escenario tecnológico.
El pensamiento heideggeriano delinearía así el modo de existencia al que los hombres, su lenguaje y su inevitable aspiración a la trascendencia son orientados, y tal vez sometidos, por el “emplazamiento técnico” de la modernidad. Al mismo tiempo, Heidegger inauguraría a través de su propia negativa a someterse a la lógica del rendimiento un nuevo pensar, dispuesto a permanecer “serenamente” atento al misterio oculto en la técnica. ¿Y si el develamiento de la verdad del ser, y por lo tanto de “lo que salva”, estuviera escondido, precisamente, en “el peligro” técnico que pretende limitar nuestra vida a la mera calidad del ente?
A partir de este dilema, ya fuera en favor o en contra, tomarían forma las ideas de autores agudos como Peter Sloterdijk, célebres como Byung-Chul Han, originales como Gilbert Simondon o ambiciosos como Yuk Hui. ¿Y acaso no se percibe ahora mismo, entre las ideas del Papa León XIV en la flamante encíclica Magnifica Humanitas, donde invita a cuestionar la voluntad de dominio mundial de quienes desarrollan la inteligencia artificial e intentan imponer sistemas de armas regidos por “agentes morales artificiales”, el aura de Heidegger y su célebre prevención de 1953 ante quienes “rinden pleitesía” a la falsedad de una “técnica neutral”, solo para mantenernos ciegos a “la esencia de la técnica”? La conexión no es tan extraña si se recuerda que, además de haber nacido como católico, Heidegger tuvo un fugaz paso juvenil como seminarista jesuita antes de cambiar la teología por la filosofía.
Respecto del nazismo, por otro lado, a pesar de la tarea inapelable de biógrafos como el alemán Hugo Ott, a cincuenta años de su muerte y tras la publicación de sus Cuadernos negros, el deseo de desacreditar a Heidegger como pensador y, en lo posible, destituirlo como el filósofo más importante del siglo XX en tanto que “insoportable” justificador intelectual del Holocausto, también persiste. Al menos entre quienes, como el francés Emmanuel Faye o la italiana Donatella di Cesare, por mencionar casos más recientes que el del chileno Víctor Farías, encuentran ante el supuesto “antisemitismo metafísico” de Heidegger un “silenciamiento difícil de quebrar”, como escribe di Cesare en Heidegger y los judíos.
Por supuesto, hay decenas de biografías, ensayos, novelas, películas y hasta historietas sobre Heidegger que desmienten tal “silenciamiento”. De todas maneras, en este punto de la discusión la historia política y ciertos especialistas entremezclan sus agendas personales e intereses para menoscabar a Heidegger, incluso, al interpretar las traducciones heideggerianas del griego de Heráclito (donde un mismo término, “pólemos”, puede ser un simple “estar contra el enemigo” o un incriminador “aniquilamiento”). Pero, ¿no es en verdad la espinosa naturaleza del vínculo entre filosofía y poder lo que continúa alterando a quienes piensan en cambiar el mundo?
Quizá sea Slavoj Žižek quien sintetizó la cuestión al explicar que “Heidegger es grande no a pesar de su compromiso nazi, sino a causa de él”. ¿Por qué? Porque solo después de tropezar con “la piedra del compromiso político” en 1933 le fue posible pensar, hasta las últimas consecuencias, el fundamento metafísico del nihilismo tecnocrático de la política y la sociedad contemporáneas. De ahí su provocadora descripción de Heidegger como el pensador que, al asumir desde la filosofía un compromiso político, dio “el paso correcto”, aunque “hacia el lado equivocado”.
Pero, considerando su aniversario, mejor ceder la última palabra al propio Heidegger: “Cuando se despierte en nosotros la serenidad para con las cosas y la apertura al misterio, entonces podremos esperar llegar a un camino que conduzca a un nuevo suelo y fundamento. En este fundamento, la creación de las obras duraderas podría echar nuevas raíces”.