La ciudad española donde las tapas son inolvidables y la arquitectura sorprende a cada paso
El 12 de agosto, ...
El 12 de agosto, Zaragoza fue uno de los centros de atracción mundial por el eclipse solar total, que se vio de manera magistral desde el Puente de Piedra, sobre el Ebro, y que colmó la ocupación hotelera de la ciudad. Si bien fue un punto de encuentro para quienes habían llegado desde distintos lugares del mundo, la capital de Aragón no tarda demasiado en demostrar que el viaje puede ir mucho más allá de una tarde mirando hacia arriba.
Hay ciudades que necesitan un mapa para ser recorridas. Zaragoza, en cambio, se deja caminar. El centro histórico concentra buena parte de sus grandes edificios y el río Ebro funciona como una referencia permanente. El tranvía conecta distintos sectores y los parques aparecen como espacios de descanso en medio del movimiento.
El Parque Grande José Antonio Labordeta, uno de los principales espacios verdes de la ciudad, ocupa unas 44 hectáreas. Tiene lagos, fuentes, senderos y un jardín botánico. Allí conviven quienes salen a correr, quienes pasean en bicicleta y quienes simplemente buscan un lugar para sentarse bajo los árboles. Es una imagen que ayuda a entender otra característica de Zaragoza: la posibilidad de pasar de una calle del centro histórico a un espacio verde en pocos minutos.
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Esa combinación entre ciudad y espacios abiertos también ayuda a entender por qué Zaragoza suele aparecer vinculada al concepto de “ciudad de los 15 minutos”, una idea urbana que busca que los servicios esenciales y los espacios de uso cotidiano estén cerca de quienes viven en la ciudad. Más que comprobarlo en una estadística, alcanza con caminarla para advertir que muchas de las distancias que en Buenos Aires pueden requerir un auto o un viaje en transporte público acá se resuelven a pie.
El primer recorrido por el casco histórico lleva casi naturalmente hacia la Plaza del Pilar. Es difícil encontrar una concentración semejante de edificios y de vida urbana en pocos metros. La plaza reúne a la Basílica del Pilar, La Seo, La Lonja, el Ayuntamiento y San Juan de los Panetes. Es también uno de esos lugares que cambian de función según el momento: puede ser escenario de una celebración, de una protesta, de un concierto o simplemente el punto donde los zaragozanos se encuentran.
La Basílica del Pilar domina la escena. El templo actual es barroco y recibió el título de catedral en 1676 y el de basílica en 1948. En su interior aparecen obras de Goya, más de diez capillas, el órgano y el gran retablo de alabastro del siglo XVI. También están las dos bombas que cayeron sobre el templo durante la Guerra Civil y que no llegaron a explotar.
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Pero una de las mejores formas de entender la relación entre Zaragoza y el Ebro es subir. Desde lo alto de una de las torres del Pilar, el paisaje cambia. Los puentes aparecen como líneas que atraviesan el río y la ciudad se vuelve más abierta. Después de haber recorrido las calles durante varios días, esa vista permite entender algo que desde abajo no siempre se percibe: Zaragoza está construida alrededor del agua y del movimiento que históricamente generó el Ebro.
De regreso en la plaza aparece la otra gran catedral. Y acá hay una aclaración que parece menor, pero que la guía se encargó de hacer: no es correcto decir “la Catedral de La Seo”. Su nombre es Catedral del Salvador y popularmente se la conoce como La Seo.
Su historia es casi una síntesis de la propia Zaragoza. El edificio se levanta sobre los restos del antiguo foro romano de Caesaraugusta, sobre una iglesia visigoda y sobre la antigua mezquita mayor de Saraqusta. Por eso el interior y el exterior reúnen estilos que van desde el románico hasta el neoclásico. En el exterior, la Parroquieta de San Miguel es una de las grandes obras del mudéjar aragonés, incluido por la UNESCO dentro del Patrimonio Mundial.
A pocos metros está La Lonja, construida entre 1541 y 1551 como espacio para las actividades comerciales de los mercaderes de Zaragoza. Fue el primer edificio plenamente renacentista de la ciudad y una de las grandes obras de la arquitectura civil aragonesa. El exterior de ladrillo no anticipa del todo lo que sucede al cruzar la puerta: un gran salón dividido por columnas anilladas y cubierto por bóvedas de crucería estrellada. Hoy funciona como sala de exposiciones.
El recorrido también permite encontrarse con edificios que cuentan historias menos conocidas. La iglesia de San Juan de los Panetes, junto al Pilar, debe su nombre a la distribución de pan entre personas necesitadas que se realizaba en ese lugar. Su torre mudéjar, del siglo XVI, está inclinada y es una de esas imágenes que aparecen casi de manera inesperada mientras se camina por la ciudad.
Y si la arquitectura cuenta la historia de Zaragoza desde las paredes, la comida permite entenderla desde la mesa. Hay una forma de comer que se repite en distintos rincones del centro: pedir algo, compartirlo y volver a pedir otra cosa.
En El Tubo, el tradicional entramado de calles del casco histórico, la noche se convierte en una sucesión de tapas. Aparecen el ternasco de Aragón, los champiñones, los boquerones, las sardinas, el jamón. Se prueba un poco de todo. El tinto de verano, el vermut, el vino y la cerveza acompañan una costumbre que, para alguien que llega desde Buenos Aires, tiene algo familiar y a la vez diferente: no se trata tanto de sentarse a comer un plato como de recorrer la mesa.
En una de esas cenas hubo un detalle que terminó llamando especialmente la atención: unos tomates. No por la preparación ni por una técnica particular, sino por el sabor. De esos productos simples que obligan a detener la conversación para preguntar de dónde vienen.
La otra sorpresa llegó con algo mucho más pequeño. El guirlache, una preparación tradicional de almendras y azúcar, apareció después de la comida. Aragón tiene una fuerte tradición vinculada a la almendra y ese pequeño dulce terminó siendo uno de los recuerdos gastronómicos del viaje.
La ciudad también se entiende mirando sus mercados. El Mercado Central ocupa el mismo lugar donde funcionaba el mercado de Zaragoza desde la Edad Media. El edificio actual fue proyectado por Félix Navarro y se inauguró en 1903, con una estructura que combina hierro, piedra, ladrillo y cristal. En sus capiteles hay un detalle que obliga a mirar dos veces: las ocho letras que forman ZARAGOZA están repartidas en la fachada y, sobre el arco principal, aparece la inscripción “AÑO 1903”.
Adentro, la vida es mucho menos monumental y mucho más cotidiana. Frutas y verduras, pescaderías, carnicerías, fiambres y productos que para un visitante argentino pueden resultar llamativos. Aparecen cortes de ternasco, manos, orejas y otros productos que recuerdan que acá también existe una relación con la comida que va mucho más allá de los cortes que suelen verse en las grandes cadenas. El mercado, además, no quedó convertido en una pieza de museo: sigue funcionando como lugar de compra y de encuentro.
Hay algo más que aparece mientras se camina por el casco histórico: el vino. Botellas en las tiendas, referencias a las bodegas y una variedad que termina llevando el viaje fuera de la ciudad. Zaragoza es la puerta de entrada a un territorio donde la garnacha y la cariñena tienen un peso enorme.
A unos 40 minutos de Zaragoza aparece el territorio de la Denominación de Origen Cariñena. Allí, la visita a bodegas permite conocer de cerca una parte de la identidad productiva de Aragón. La garnacha y la cariñena son dos de las variedades más representativas de la zona, aunque también se elaboran vinos con otras uvas, entre ellas la macabeo.
La visita cambia el ritmo del viaje. Ya no se trata de mirar un edificio o recorrer una plaza, sino de entender qué hay detrás de una botella. Las máquinas, las barricas, los tiempos de reposo y las diferentes formas de elaboración terminan explicando por qué una misma uva puede ofrecer sensaciones tan distintas.
Entre las experiencias apareció además un vino naranja, una elaboración que puede resultar extraña para quien no está acostumbrado a este tipo de vinos. La degustación se convirtió entonces en otra forma de recorrer Aragón. Primero la copa quieta, después el movimiento para liberar los aromas y finalmente el vino en la boca. Cada paso parecía cambiar lo que aparecía en el vaso. Y, como en la comida, todo terminaba alrededor de una mesa, esta vez con maridajes.
Pero antes de abandonar Aragón todavía quedaban dos experiencias que cambiarían por completo el ritmo del viaje: el silencio de un monasterio en medio de las montañas y una ciudad donde la arquitectura mudéjar se convirtió en su principal carta de identidad.
El silencio de El OlivarA cuatro kilómetros de Estercuel, en la provincia de Teruel, aparece el Monasterio de Santa María de El Olivar. El conjunto está rodeado de pinares y funciona actualmente como hospedería monástica. Conserva la iglesia, el claustro, la sacristía, la sala capitular y otras dependencias del antiguo monasterio.
El camino hasta llegar cambia completamente el paisaje. La ciudad queda atrás y el silencio empieza a ocupar el lugar del ruido. El monasterio aparece rodeado de naturaleza, en un escenario que invita más al retiro que al turismo apurado.
La noche terminó siendo una de las escenas más difíciles de olvidar del viaje. Dos mesas largas reunieron a personas de distintas nacionalidades que estaban hospedadas allí. Antes de la cena, quienes quisieron pudieron participar de un momento de oración. Después llegó la comida, el intercambio de conversaciones y esa sensación poco frecuente de estar todos reunidos en un lugar alejado de todo.
Cuando terminó la cena, entre todos levantamos las mesas y las sillas. El objetivo era uno solo: mirar el cielo.
Las luces artificiales desaparecieron y empezaron a aparecer las estrellas. Una, después otra. En algunos momentos, alguna estrella fugaz cruzaba el cielo. Y entonces apareció otra argentina, Vanesa Aguado Benítez, que puso su voz de soprano a una noche que ya parecía escrita para terminar así. La música se mezcló con el silencio de la montaña y el viaje volvió a encontrar, de otra manera, aquello que había ido a buscar desde el principio: el cielo.
Camino a TeruelAl día siguiente, el recorrido siguió hacia Teruel, otra de las tres provincias que forman Aragón junto con Zaragoza y Huesca.
Teruel es una ciudad más pequeña y tiene otra escala. Las calles de piedra, las plazas y las torres mudéjares hacen que el recorrido pueda hacerse caminando, casi siempre con algún detalle arquitectónico esperando en la esquina. En el centro aparece la Plaza del Torico, uno de los símbolos de la ciudad, con la pequeña figura del toro en lo alto de la columna. Debajo de la plaza, además, se conservan los aljibes medievales construidos a partir del siglo XIV para almacenar agua.
El Mudéjar es, probablemente, la característica que más define a Teruel. La Catedral de Santa María de Mediavilla, las torres de San Martín y El Salvador y la iglesia de San Pedro forman parte de un patrimonio reconocido por la UNESCO.
La Catedral de Santa María conserva una de las grandes obras del mudéjar turolense en su techumbre. La Torre de El Salvador, por su parte, permite comprender la relación entre la arquitectura islámica y cristiana que caracteriza a buena parte del patrimonio de Aragón. Y en la Iglesia de San Pedro aparece otra de las historias que más identifica a la ciudad: la de los Amantes de Teruel.
Isabel de Segura y Diego de Marcilla forman parte de una de las leyendas de amor más conocidas de España. El conjunto que lleva su nombre reúne la iglesia, la torre mudéjar, el claustro y el Mausoleo de los Amantes. La historia se convirtió en uno de los grandes símbolos de Teruel y todavía hoy forma parte de la vida cultural de la ciudad.
También está la Escalinata, que conecta la parte baja de la ciudad con el centro histórico y suma otro de esos lugares donde arquitectura y paisaje se encuentran. Y, en otra escala, el Acueducto de los Arcos y los restos de las murallas recuerdan que Teruel no se reduce a sus torres.
Después de varios días, el eclipse había quedado atrás. Lo que había comenzado como un viaje para ver durante poco más de un minuto cómo la Luna tapaba al Sol había terminado convirtiéndose en otra cosa: caminar por una ciudad romana, entrar en una catedral levantada sobre una antigua mezquita, comer tapas de pie, probar un vino hecho a pocos kilómetros, dormir en un monasterio perdido entre montañas y terminar mirando un cielo lleno de estrellas.
Quizás esa sea la mejor manera de conocer Zaragoza y Aragón: llegar buscando una cosa y terminar encontrando muchas otras. El eclipse fue el motivo del viaje. Pero cuando llegó el momento de volver, ya no era lo más importante. Quedaban las calles caminadas, el Ebro, las torres, las mesas compartidas, el vino, el silencio de El Olivar y una ciudad que, durante unos días, había conseguido que mirar hacia arriba fuera apenas una parte del viaje.
Datos útilesCómo llegar
Desde Madrid, una de las opciones más cómodas es el AVE hasta la estación Zaragoza-Delicias. El trayecto ronda 1 hora y 15 minutos y hay varias frecuencias diarias. El precio varía según el día, horario y anticipación de compra, por lo que conviene consultar la tarifa al momento de reservar. La estación es intermodal y tiene conexión con el transporte urbano, taxis y el aeropuerto.
Cómo moverse
Zaragoza es una ciudad cómoda para recorrer a pie, especialmente su casco histórico. Para distancias más largas cuenta con tranvía y una amplia red de autobuses. No es imprescindible alquilar un auto para conocer los principales atractivos del centro.
Qué comer
El Ternasco de Aragón, con Indicación Geográfica Protegida, es uno de los platos que hay que probar. También aparecen en las mesas la borraja, el bacalao al ajoarriero y diferentes preparaciones de cordero. Para una experiencia más informal, El Tubo y las zonas de Santa Marta y San Pedro Nolasco son buenas opciones para recorrer bares y compartir tapas.
Qué visitar
La Plaza del Pilar concentra algunos de los grandes símbolos de la ciudad: la Basílica del Pilar, La Seo, La Lonja y San Juan de los Panetes. También vale la pena cruzar el Puente de Piedra para observar el perfil de la ciudad desde el Ebro y visitar el Palacio de la Aljafería, uno de los grandes testimonios de la arquitectura hispanomusulmana.
Museos: Para conocer el vínculo de Zaragoza con Francisco de Goya, el Museo Goya - Colección Ibercaja reúne obras del artista y exposiciones temporales. También están el Museo Pablo Gargallo y la Ruta de Caesaraugusta, que permite acercarse al pasado romano de la ciudad.
Una recomendación personal: dejar un momento del viaje para caminar sin rumbo fijo por el casco histórico. Entrar a una iglesia, detenerse en una plaza, cruzar el Ebro o sentarse en una terraza permite descubrir una Zaragoza que no aparece necesariamente en los recorridos turísticos.