La fascinante mujer que protagonizó el mayor escándalo de la historia de la monarquía británica
Dueña de una vida singular, esta socialité devenida en miembro de la familia real británica siempre será recordada por haber torcido el destino de la historia, cuando el rey Eduardo VIII abdic...
Dueña de una vida singular, esta socialité devenida en miembro de la familia real británica siempre será recordada por haber torcido el destino de la historia, cuando el rey Eduardo VIII abdicó al trono por amor a ella, en diciembre de 1936. Castigada por la prensa inglesa de la época, que la demonizó convirtiéndola en la norteamericana desprejuiciada que intentaba derrocar la monarquía, Wallis Simpson –a quien nunca le importaron los rumores– conquistó el corazón del entonces príncipe de Gales (se habían conocido en 1934), se casó con él (pasó a ser la duquesa de Windsor) y vivió feliz a su lado treinta y cinco años, hasta la muerte de él.
EL ALMA DE LA FIESTA
Nació como Wallis Warfield en Blue Ridge Summit, Pensilvania, el 19 de junio de 1896, en una familia acomodada. Su padre murió cuando ella tenía 5 años y su madre necesitó el apoyo económico de su cuñado para pagar sus estudios. Así, Wallis se graduó en Oldfield School, el internado femenino más caro de Maryland, en 1914, y dos años después se casó con el piloto naval Earl Winfield Spencer Jr. El matrimonio terminó en desastre, porque rápidamente ella descubrió que su marido “bebía demasiado y se ponía grosero, agresivo y violento”, según Diana Mifford, amiga y biógrafa. Ya en esa época, Wallis era reconocida por su talento para la conversación y su impecable estilo para vestir. Finalmente se divorció en 1926 y, al poco tiempo, contrajo matrimonio con el empresario naviero británico-estadounidense Ernest Simpson, con quien se instaló en Londres. Tenía 32 años y ya había forjado la personalidad que enamoraría al futuro rey: era independiente, pero no dura, inteligente, sarcástica, vivaz, graciosa y con una especial capacidad para hacer amigos.
La compañía naviera de su marido prosperó durante la Gran Depresión de los años treinta, y Wallis se convirtió en una destacada anfitriona de la alta sociedad londinense, lo que llamó la atención de Thelma Lady Furness, la amante del príncipe de Gales, que fue quien los presentó durante un fin de semana de cacería. Según sus respectivas autobiografías, Wallis y el príncipe de Gales se vieron por primera vez el 10 de enero de 1931 y el flechazo fue inmediato.
ENAMORANDO AL PRÍNCIPE
La amistad que nació entre ellos derivó rápidamente en amor: a principios de 1934 Wallis era la amante del futuro rey, se iban de vacaciones juntos y Eduardo la presentó en la corte, actitud que indignó a la familia real. El príncipe estaba prendado de Simpson y, para 1935, el romance no era un secreto para nadie. Eso, sumado a la mala salud del rey Jorge V, causó gran preocupación en la monarquía británica, que veía cómo Eduardo descuidaba sus deberes reales para pasar tiempo con su amante. El 20 de enero de 1936 murió Jorge V, Eduardo ascendió al trono como Eduardo VIII y el drama cayó sobre la familia real, porque el flamante soberano estaba decidido a casarse con Simpson, pese a la oposición de su familia, la Iglesia, el gobierno y el imperio todo. La relación se volvió un tema de Estado: era el trono o Wallis. Y Eduardo no titubeó: “Pienso casarme con la señora Simpson en cuanto ella sea libre de hacerlo”, dijo, y se enfrentó al gobierno diciendo que “si se oponían, estaba dispuesto a irse”. Wallis se marchó a Francia para evitar la presión de la prensa, y el 11 de diciembre de 1936 el rey se dirigió a la Nación en un discurso en el que dejó claro que renunciaba al trono para estar con la mujer que amaba. En su lugar, su hermano menor se convirtió en el rey Jorge VI y su hija, Isabel, llegaría a ser la reina Isabel II. La historia de amor de Wallis y Eduardo cambió para siempre la línea de sucesión.
En mayo de 1937, ella se divorció por segunda vez y, el 3 de junio, se casaron en el castillo de Candé, en Francia. La novia llevaba un vestido celeste (al que llamaron azul Wallis) de crêpe satinado encargado a Main Rousseau Bocher, y Caroline Reboux le hizo un sombrero a juego. Las fotos de la feliz pareja son obra de Cecil Beaton. A partir de ese momento fueron conocidos como los duques de Windsor.
LA VIDA Y LA MUERTE EN FRANCIA
Poco después, el matrimonio se mudó a Antibes, donde Wallis llevaba una libreta para consignar los errores del personal de servicio porque quería que “el duque viviera como un rey”. Su vida era practicar deportes, leer, recibir a su peluquero todos los días, disfrutar de las joyas que le regalaba su marido, visitar a sus diseñadores favoritos, Main Rousseau Bocher, Balenciaga, Dior y Déssès, y dar fiestas: fueron anfitriones, entre otros, de Elizabeth Taylor y Richard Burton, y de Maria Callas. Cuando estalló la Segunda Guerra Mundial, los duques de Windsor ofrecieron su casa como hospital y volvieron a Gran Bretaña, pero no se pudieron quedar mucho tiempo: él aceptó ser gobernador de las Bahamas, puesto que desempeñaría hasta 1945. A su vuelta a Francia, se instalaron en una casa con enormes jardines en Bois de Boulogne, el pulmón verde del oeste parisino, donde permanecieron el resto de sus vidas. Según Mitford, en general vivían allí desde abril hasta Navidad, y el resto del año viajaban a Estados Unidos, donde pasaban su tiempo en Nueva York o Palm Beach. Regresaron a Inglaterra pocas veces, y casi siempre para asistir a funerales. En los años cincuenta, ambos publicaron sus memorias, lo que les redituó una buena cantidad de dinero: Eduardo las vendió por medio millón de libras de entonces.
Vino la vejez, y se cuidaron uno al otro. A él le diagnosticaron cáncer de garganta y, sin dejar nunca de fumar, murió el 28 de mayo de 1972 (Hubert de Givenchy hizo el abrigo de luto para Wallis en una sola noche). Fue trasladado a Londres y sesenta mil británicos lo velaron en la capilla de San Jorge, en Windsor. Sola, cansada y sin familia en la que apoyarse, Wallis empezó a decaer de tristeza. Diana Mitford cuenta que, “para huir se ese estado, empezó a salir demasiado, y todo empeoró… Se rompió una pierna, sufrió una hemorragia y decidió recluirse”. Murió en su casa de París el 24 de abril de 1986, sola, senil y aislada. Fue trasladada a Gran Bretaña, donde la sepultaron en el cementerio real de Frogmore, en Windsor, junto al hombre que por su amor renunció a ser rey. Dijo Winston Churchill: “El amor del duque por ella está entre los grandes amores de la historia”.