La Odisea, artificios o emociones
Mucho se ha escrito y hablado de los atributos y defectos de La Odisea, la última película de Christopher Nolan, que está en los cines desde el mes pasado. Si es fiel o no a la historia original...
Mucho se ha escrito y hablado de los atributos y defectos de La Odisea, la última película de Christopher Nolan, que está en los cines desde el mes pasado. Si es fiel o no a la historia original (la tragedia que Homero compuso en la Grecia antigua unos 700 años antes de Cristo), si respeta las características de los personajes, si no es más que una megaproducción de buenos efectos y basa en ello su éxito.
No es que esté en contra; en todo caso, como en toda obra de arte, me pregunto por su contenido, si me emociona o no “el cuento, la historia”. En estos tiempos (y ya desde hace mucho), la factura y el despliegue aportan bastante (siempre hay bodrios con pretensiones). Pero sobre lo que quería reflexionar con ustedes es que suelo inclinarme por aquellos artistas que, con pocos recursos materiales, pero con una gran capacidad de expresión, me llegan al corazón y me conmueven.
Aprovechando el impulso de la novedad, propongo volver a leer los textos originales de Homero y de otras tragedias. Lo sé por experiencia propia: el griego antiguo y, peor aún, muchas de las traducciones de estas obras son muy pesados de seguir. Pero anímense. Cuando cursaba la carrera en el Instituto Grafotécnico (no importa cuándo, no me delaten), tuve la suerte de encontrarme con una cátedra de Literatura en la que leímos y analizamos La Orestíada, de Esquilo, escrita unos 200 años después de Homero. Verán que allí se retoman personajes ya presentes en otras obras, como el rey Agamenón y su esposa, Clitemnestra. Pero lo que aparece, sobre todo, es el asombro: cómo con tan pocos recursos los tipos describieron hace tantos años los principales dramas y conflictos que nos siguen persiguiendo. Y sin una sola imagen.
Tuve el placer de ver en los 80 el estreno de la obra de Mario Vargas Llosa La señorita de Tacna. Norma Aleandro, la protagonista (de paso, en su regreso del exilio tras la última dictadura militar), solo con el uso de una mantilla podía pasar de ser una muchacha de veintipocos años a una anciana de 80 en segundos. Y uno percibía así, simplemente, el paso del tiempo.
Más cercano, Marilú Marini, en El corazón del daño, te podía convencer de que no estaba sola en el escenario, sino dialogando con su hija (a la que nunca vimos), con unos pocos objetos. La misma línea de trabajo (el teatro de objetos) se puede ver en Santa mesa, un unipersonal en el que Agustina Ruiz Barrea recrea la mesa familiar de los domingos, solita su alma, y que termina en un almuerzo real en Los Pompas Club de Artes.
En ese mismo lugar, en las noches de sábado de Parque Patricios, un grupo de 50 actores/vecinos hacen Lo que la peste nos dejó. Un director y su equipo están “filmando” una película que busca recrear la tragedia de la fiebre amarilla en el sur de Buenos Aires, y cómo ese hecho fue alterando la fisonomía de la ciudad y, sobre todo, a su gente a lo largo de la historia. Con poquísimos recursos de vestuario y escenografía, la escena muta de la tranquilidad del barrio a la muerte circulando por las calles, a la llegada de los inmigrantes a los conventillos e, incluso, el surgimiento de una villa miseria. Todo sucede en segundos, con la hábil y profesional manipulación de telas, paños de nailon o medias sombras. Para los que se interesen, Lo que la peste... se presenta el sábado 15 y el 22 de este mes.
Puedo seguir al infinito, y la pregunta siempre es la misma: ¿qué hace que el disco más exitoso de Keith Jarret sea The Köln Concert, con más de 4 millones de copias vendidas? En el escenario de la Ópera de Colonia solo estaban él y un piano, que, después se sabría, tenía serios problemas, y magnetizó no solo a los espectadores, sino también a todos los que alguna vez lo escuchamos. ¿Luces, vestuarios, escenografías sofisticadas? Nada de eso. ¿Qué hacemos con las superproducciones? Por supuesto, no es un “esto o lo otro”, sino “y”. Siempre que un artista nos conmueva, más allá de los artificios.
Fuente: https://www.lanacion.com.ar/cultura/la-odisea-artificios-o-emociones-nid11082026/