Manuel Adorni, ornamento y delito del Gran Gatsby de Indio Cua
En los últimos meses, la sociedad vio emerger una cascada de extras y consumos ocultos del otrora ascendente Manuel Adorni. Las decisiones estéticas del Jefe de Gabinete se volvieron un consumo i...
En los últimos meses, la sociedad vio emerger una cascada de extras y consumos ocultos del otrora ascendente Manuel Adorni. Las decisiones estéticas del Jefe de Gabinete se volvieron un consumo irresistible: permiten reconstruir la forma concreta en la que Adorni se soñó a sí mismo, la búsqueda secreta de hedonismo y placer de Manuel, el Gran Gatsby de country Indio Cua. En un gobierno donde el placer es siempre una promesa postergada(en el pueblo forzado a una economía durísima, en el Presidente alérgico al amor de pareja), Adorni se había permitido gozar.
Es curioso, incluso divertido, que el Presidente Milei se obstine en culpar al periodismo por la caída moral estrepitosa de su Adorni. Adorni había sido la cara de la Kulturkampf del Gobierno contra el periodismo, había encarnado con absoluta convicción su rol de fascista de salón. Había hecho de la soberbia y el desdén un estilo comunicacional: los temas se terminaban cuando él lo decía (su famoso latiguillo en X consistía en poner “fin”), y su capacidad para hablar de forma más o menos coherente había dado rápidos frutos. Sus modales de maltratador lacónico pasado por Clonazepam cuajaban tan bien con lo que se esperaba de él que elevaron a Adorni a ser la niña bonita de la última campaña en la Ciudad de LLA, perfilándose como un candidato posible a Jefe de Gobierno.
Carente por completo de éxitos previos de la actividad privada, Adorni había llegado a lo más alto del Estado haciendo gala de su garbo displicente; en campaña jamás habló de hechos, ni de proyectos o bicisendas, lo suyo siempre fue únicamente el universo de las palabras. Adorni fue la cara de la violencia contra los medios; por eso Milei no se atreve a dejarlo ir. Perder su fusible principal en esa guerra cultural, donde ellos vienen a ser los humanos contra los mandriles, es un golpe demasiado doloroso para el ego del León.
Durante la campaña presidencial de Milei, Adorni se rebeló definitivamente contra la alopecía; extrajo pelos de otras partes de su cuerpo, se los puso sobre el cráneo; el implante capilar de su cabeza había crecido, y con él su autoestima basada en el desprecio por la opinión ajena. ¿Pero en qué basaba su superioridad Adorni? ¿Qué lo iluminaba, además del dedo divino del Estado, para decir qué está bien y qué está mal?
El interior design del Gran Gatsby de Indio Cua deja al descubierto el diseño interior del alma de Adorni: pone en escena su gusto, su idea íntima, familiar, de en qué consiste el placer. Es la autobiografía de un burgués tardío, de un hombre que llega al Estado para darse la vida de clase media alta con la que siempre soñó: viajes familiares al Caribe, paseos en Nueva York con la mujer, escapadas en jet privado a Punta del Este, cascadas y mármoles travertinos en el country. Nuestras casas nos representan: y Adorni, con sus cascadas y fuentes en su Xanadú bonaerense, experimentaba al fin el manantial del Estado siempre generoso con los que están del lado correcto de la Historia (la historia que Adorni quería que escribiéramos). Nos dibuja su habitus, el lugar de donde manaba esa superioridad moral que encarnó como sommelier estatal de la verdad.
Para muchos fans de LLA, lo mersa de su habitus de algún modo exculpaba a Adorni. Después de todo, no era nada comparado a los PBIs de Cristina, o a los paseos en barco de Martín Insaurralde por el Mediterráneo con una morocha pulposa y bandejas con parvas de moluscos secándose al sol. La guita morocha existe, es la nafta tabú de la política y LLA ama cacarear sus propias virtudes exquisitas, pero no es tan distinta de la política anterior; y sin embargo ¿podía estar estafando al pueblo alguien tan fiel al medio pelo, a la vulgaridad, como Adorni? ¿Podía ser el mal gusto una forma de lealtad al pueblo? ¿Basta lo groncho para salvarlo?
El episodio recuerda al infausto departamento de Lula da Silva, que había usado una guita morena para pagar la refacción de un tríplex en Guarujá; el departamento era tan espantoso que muchos lo veían como una forma de inocencia (Lula fue a la cárcel, entre otras cosas, por ese departamento feo).
La discusión acerca de Adorni esteta, sin embargo, no resiste el tamiz ideológico. Señor Presidente: el funcionario Adorni es un traidor acérrimo a los principios fundamentales de la Escuela Austríaca de Viena en su vertiente design. En 1908, el arquitecto austríaco Adolf Loos publicó Ornamento y delito donde estipuló famosamente que “el adorno es un crimen”. El adorno es un desperdicio de trabajo humano y capital, porque es una negación del proceso civilizatorio. La Escuela Austríaca desarrolló la idea de que las instituciones sociales más eficientes (el dinero, el lenguaje) surgen de forma espontánea a través de la interacción humana, no del diseño deliberado de una élite intelectual. Adolf Loos y Ludwig von Mises compartían el mismo Zeitgeist vienés, y Loos sostenía exactamente lo mismo sobre la arquitectura y el diseño: los objetos cotidianos —el zapato, la silla, la taza— habían alcanzado su forma perfecta a través de siglos de uso y refinamiento cultural, no por la intervención del toque design.
En suma: el adorni es un crimen, las cascadas y las fuentes son aberraciones, traiciones a la naturaleza del capital. Aunque acaso, en el caso de Adorni, él no lo viera técnicamente como “capital”. Era esa cosa extra, morocha y deliciosa que anima la política argentina, que puede acumularse en fondos reservados de la SIDE, en las ganas de crear fundaciones para nuclear a empresarios amigos del régimen, y en tantos etcéteras que los ciudadanos no imaginamos ni conocemos.
Violador serial de los pilares estéticos de la Escuela Austríaca, Adorni tenía además un problema previo. Como cualquier persona del Gobierno sabe, a Adorni nunca lo quisieron entre las Fuerzas del Cielo, la tropa que controla el nepobaby presidencial Santiago Caputo. Ya en el Gobierno, Adorni tampoco intentó granjearse el amor de “los Caputitos”, la red de funcionarios dóciles controlada por Caputo. Quizás lo veía como una batalla perdida; quizás sabía que la diferencia de clase con Santiago era una distancia insalvable.
Las Fuerzas del Cielo lo veían como alguien poco enérgico, superficial, carente de iniciativa; nunca tuvieron mucha onda. Desde que empezaron las filtraciones a la prensa (que siempre perjudican prolijamente al “bando de Karina”, y jamás salpican al estratega Caputo), la hiperactiva guardia pretoriana de LLA hizo huelga de brazos cruzados; por este motivo Karina buscó reemplazarlos, nombrando una nueva nomenclatura de apparatchiks libertarios. Nadie defiende al indefendible Adorni; incluso Agustín Laje, filósofo estrella de la corte de Milei, que adora boquear feliz su apoyo a cualquier iniciativa del gobierno, privilegia un sugestivo silencio en esta cuestión. Acaso teme que la Fundación Faro que dirige y su séquito empresarial entren en la mira de las investigaciones; pero no podemos saberlo. Por su parte, su otrora compinche, el ideólogo estelar Nicolás Márquez, no para de pedir la renuncia de Adorni para proteger el proyecto político de su amado líder. Aparentemente, Nicolás habría quedado relegado del proyecto de Fundación Faro.
En La distinción, Pierre Bourdieu describe cómo el gusto no es un talento, ni una sensibilidad personal; es un mecanismo de reproducción de la jerarquía social. El gusto es una forma de la distinción, que le permite a la clase alta mantener su posición dominante sobre las clases inferiores (que pueden soñar con imitar sus entornos y atributos, pero jamás no lo lograrán). Para Bourdieu, el gusto es un teatro de la lucha de clases; algo especialmente sugestivo que se reproduce en los bastidores del Gobierno.
El habitus es algo con lo que se nace: así, el nepobaby asesor presidencial Santiago Caputo no se crio jugando en el country Indio Cua, Indio Cua ni siquiera existía cuando él nació. Su habitus se encuentra en otro country, el infinitamente más cheto Martindale. Allí, en el arenero del Martindale, el niño Santiago trabó amistad con otros pequeños top como, por ejemplo, los vástagos de la familia Neuss. Desde que Milei llegó al gobierno, el Grupo Neuss obtiene privatizaciones de empresas hidroeléctricas, controla concesiones de represas y distribuidoras y consolida su control sobre la infraestructura nacional. Como diría Lilita Carrió: vienen por el agua (que es la energía). Los niños han recorrido un largo camino desde el arenero; fieles a su habitus, los jóvenes herederos de Martindale sin duda saben hacer las cosas comme il faut. Se pueden quedar con represas y con el control del agua del territorio argentino, pero si ponen una cascada en una pileta, no te vas a enterar jamás.
La saga de Adorni encierra una triste moraleja inmoral: para estar en la política argentina, mejor tener casa de toda la vida en el country Martindale, o hacer la gran Lázaro Báez: ponerse el chaleco groncho de pólar cremita y enterrar la guita. Adorni violó la ley sagrada del político argentino: no se compran cosas blancas con plata morena. Para ellos, Adorni fue como la frase de Friedrich Nietzsche: fue Menschliches, Allzumenschliches (humano, demasiado humano), lo que en política argentina se traduce por gil.