Mi cuñado, la entrañable comedia en la que Luis Brandoni y Ricardo Darín se sacaban chispas
A 32 años de su estreno, Mi cuñado sigue en la memoria colectiva de los argentinos. Durante un largo tiempo fue el programa más visto de la televisión, con picos que superaban los 30 puntos de ...
A 32 años de su estreno, Mi cuñado sigue en la memoria colectiva de los argentinos. Durante un largo tiempo fue el programa más visto de la televisión, con picos que superaban los 30 puntos de rating. Y la fórmula fue la química entre sus dos protagonistas, Luis Brandoni y Ricardo Darín que, como Roberto Cantalapiedra y Chiqui Fornari, respectivamente, se sacaban chispas. El mayor era un hombre serio y estructurado, en tanto que el más joven era un cuñado entrador y pícaro, que no paraba de meterse en problemas.
Brandoni ya era un actor consagrado que había hecho prestigiosas películas como La tregua, La Patagonia rebelde, Esperando la carroza y también ciclos exitosos en televisión, como Buscavidas. Darín era uno de los “galancitos” y había hecho muchos éxitos ya en televisión, teatro y cine, pero Mi cuñado tuvo una importancia especial en su carrera porque fue la ficción que terminó de consolidarlo como un gran comediante y una de las grandes figuras de la televisión argentina antes de su salto definitivo al cine.
El primer capítulo se emitió el 30 de abril de 1993 en Telefe y estuvo al aire durante cuatro temporadas, más repeticiones y, finalmente, capítulos estreno que cerraron la historia, en 1997. En total fueron 248 capítulos en horario central, a las 21, y convirtió a Telefe en el canal líder junto a otras comedias como Grande Pa y Brigada cola.
Mi cuñado era una comedia creada por Oscar Viale en 1976, que protagonizaron Osvaldo Miranda y Ernesto Bianco. Esta vez, Gustavo Yankelevich quería modernizarla y darle una vuelta de tuerca a ese clásico. Viale, que trabajó con la guionista Laura Ferrari, falleció en 1994 y en su lugar entró Ricardo Talesnik. El éxito superó las expectativas y en el 93 Viale ganó el Martín Fierro al mejor autor y al año siguiente, el programa se quedó con la estatuilla a la mejor comedia.
Con dirección de Carlos Berterrix y producción de Cacho Mele, contaba la historia de Roberto Cantalapiedra, quien mucho tiempo después de quedar viudo y con una hija, Lili (Cecilia Dopazo), conoce a Andrea Fornari (Patricia Viggiano), con quien comienza una relación y se casa. Pero Andrea tiene a su hermano Federico ‘Chiqui’ Fornari, que le da muchos dolores de cabeza a Cantalapiedra.
El elenco se completaba con Henny Trayles, Osvaldo Santoro, Pablo Novak, Ximena Fassi, Miguel Habud, Martín Seefeld, Roberto Antier, Ricardo Bauleo, Villanueva Cosse, Marcelo Alfaro, Rubén Ballester, Carolina Peleritti, José María López, Marta Betoldi, Martha Bianchi, Marikena Riera, Natalia Lobo, Raúl lavié, Diego Olivera, Ingrid Pelicori, Verónica Varano, entre otros. También pasaron por el programa Romina Yan, Facundo Arana, Millie Stegman, Coraje Ávalos, Oscar Ferreiro, Paula Siero, pepe Novoa, Georgina Narbarrosa, Pedro Cedrón, entre otros.
La picardía de Chiqui“Lo primero que recuerdo es que cuando nos ofrecieron hacer Mi cuñado, con Beto coincidimos en que era de las mejores comedias que habíamos visto en televisión con dos actores que admirábamos muchísimo, como Osvaldo Miranda y Ernesto Bianco”, le cuenta Ricardo Darín a LA NACION. “En el caso de Beto no solo lo admiraba, sino que era muy amigo de Osvaldo, y yo había trabajado con él cuando era chico, a los 10 años, y para mí era y sigue siendo un ídolo total. Entonces nos miramos y nos dijimos, ‘guau, qué desafío’. Porque nos había gustado mucho lo que ellos habían hecho. En los primeros ensayos nos reíamos muchísimo de todo lo que se planteaba y nos dimos cuenta de que teníamos algo entre manos que iba a dar que hablar. Además, el elenco era formidable. Era un seleccionado”.
El actor recuerda, también, que cuando falleció Viale, la posta la tomó Ricardo Talesnik. “Lo hablamos con Beto, con Yankelevich y enseguida pensamos en él, que era muy amigo de Oscar y además contaba con todos los pergaminos como para poder reemplazarlo. No nos equivocamos, porque lo que hizo fue formidable; es un autor increíble. Y si bien extrañábamos a Oscar, en cuestión narrativa Ricardo cubrió muy bien ese espacio y le aporto cosas nuevas al programa. La pasábamos muy bien, éramos felices haciendo eso. Es una pena lo que ha pasado con la ficción en la Argentina; el desplazamiento que se produjo. Era un programa, como hubo tantos otros, que reunía a la familia. Eran esas citas ineludibles frente al televisor a la hora de la cena. La gente todavía hoy lo recuerda”.
Darín, que por entonces ya sabía de éxitos y de fama, cuenta que “había un espacio claro y abierto para la creatividad y la improvisación, sobre todo con Beto en el mano a mano. Todos estábamos felices de hacer ese programa y en ese momento el termómetro era la calle y todos nos hablaban del último capítulo que habían visto. Debutaron muchos actores y actrices y era muy agradable ver el recambio de sangre fresca. Recuerdo a Cacho Espíndola, que entró para hacer una especie de pareja de Nelly Prono, y debería ponerme de pie cada vez que la nombro porque era un ser iluminado. Lo mismo que Henny Trayles. Y era muy importante la participación de Leonardo Vilches, a quien vimos crecer a lo largo de esos años”. Y reveló que un año que no tuvieron lugar en la grilla del canal, les pagaron igualmente todo el contrato “para que no nos fuéramos a Canal 13 que nos estaba tentando con llevar el programa ahí”.
Cantalapiedra fue uno de los personajes más populares de Luis Brandoni, quien dijo en varias entrevistas de la época que era muy fácil trabajar con Darín porque existía una enorme confianza entre ambos y una complicidad construida durante años. “El público se identificó con personajes reconocibles de la clase media argentina y con un humor basado en las relaciones familiares –dijo–, más que en el chiste fácil. Me interesaba hacer una comedia popular”. Recordemos también que Cantalapiedra solía mirar directamente a cámara y hablar con el público, lo que se convirtió en una marca registrada de la comedia porque esa ruptura de la cuarta pared era poco habitual en la televisión de entonces.
Un chanta que cambió de canalOsvaldo Santoro interpretaba al inescrupuloso Sinistri. “Fue muy importante para mí y hay una anécdota muy linda, porque el primer día de grabación, Yankelevich dijo: ‘A Santoro lo quiero en todos los programas’. Así que estuve en todos los programas durante tres años, y el personaje fue creciendo. Después me fui porque Adrián Suar me llamó para hacer Poliladron y la propuesta era interesante”, le contó a LA NACION. Y también dijo que lo convocó el autor, Oscar Viale: “Me contó que había un personaje que era más teatral que televisivo y que sería interesante que lo hiciera yo. Era Sinistri, una especie de chanta que vendía cosas insólitas y tenía casi todas las escenas con Brandoni. Trabajar con él, con Darín, y con ese maravilloso elenco fue para mí el comienzo de mi carrera televisiva. Fue mi primer trabajo con continuidad y ahí aprendí cómo funcionaba la televisión. Recuerdo que salíamos de grabar e íbamos a un restaurante árabe que quedaba a la vuelta del canal y con Brandoni nos hicimos muy amigos. Después confrontamos ideológicamente, pero siempre admiré a ese enorme actor. Lo mismo que a Ricardo”.
La estrella de Tango feroz“Cuando me llamaron para hacer Mi cuñado, acababa de estrenar Tango feroz. Alguien me contó que Brandoni dijo que no me convocaran porque venía de protagonizar en cine y seguramente no aceptaba. Y me acuerdo que pensé: ‘Cómo se le podía ocurrir eso’, porque yo estaba encantada de que me invitaran a hacer una comedia con ese elencazo, con la autoría de Oscar Viale. Me sentía honrada. Acepté encantadísima y nunca me arrepentí, al contrario, porque mi amor por el programa crecía día a día. Fue una escuela de cómo hacer comedia. Ya había hecho ciclos populares y otros prestigiosos que en general iban de la mano del drama, como Atreverse y Amores. En Mi cuñado se combinaron las dos cosas, porque era una comedia brillante y prestigiosa, por cómo estaba hecha”, rememora Cecilia Dopazo en diálogo con LA NACION.
“Era muy lindo también que mi personaje, hija de Brandoni y sobrina de Darín –suma la actriz–, tuviera sus propias historias en cada capítulo, donde me metía en líos y le pasaban cosas desopilantes. Era muy divertido de actuar. Y ni hablar de las escenas con Darín. Nos moríamos de la tentación, y nos retaban del control porque había que seguir. Ese era el clima en el que trabajábamos. Era ideal. Y con Brandoni también. De verdad, era un privilegio estar ahí, y tantos años. Teníamos un día de ensayos y grabábamos un día exteriores y otro, piso. Terminamos siendo una familia. Pasamos situaciones lindas y otras dolorosas, como fue la muerte del autor, que luego fue reemplazado por otro talentoso como Ricardo Talesnik. Pero fue triste perder a Oscar. Y también a Nelly Prono, que era un amor de persona”, repasa emocionada.
Dopazo recuerda que cuando empezó las grabaciones tenía 22 años y que las terminó a sus 28. “Recuerdo muchos almuerzos, muchas cenas. En ese entonces veía la serie Friends y me encantaba, y ahora, a raíz de la lamentable muerte de Beto, me han mandado escenas y videos de Mi cuñado y veo la moda de ese momento y me vestía igual que los actores de Friends. Lo digo porque fue una serie muy inspiradora por el timing de comedia. También recuerdo que Beto me hablaba de Osvaldo Miranda, que había hecho Mi cuñado en su primera versión y eso también me inspirada. Creo que nos nutríamos los dos, a pesar de la diferencia de edad”.
PopularidadPatricia Viggiano ya había hecho varios trabajos, pero Mi cuñado le dio popularidad. “Estaba muy bien escrito y con un elenco de muy buenos actores. Lo recuerdo con mucho cariño, sobre todo los momentos en que comíamos todos juntos y cocinaban entre escena y escena. El Gallego, que era el asistente, hacía unas pastas riquísimas y no podíamos dejar de comer. Si nos tocaba la próxima escena era tremendo porque comíamos tanto que era difícil volver a trabajar . En el estudio grabábamos los lunes de 8 a 2 de la mañana, en la calle Pavón; y en el estudio de enfrente estaba Videomatch. Y los miércoles hacíamos exteriores y en los ensayos leíamos los libros y despejábamos dudas. Fue muy lindo trabajar en un programa con un excelente libreto, muy buenos actores, y que el público lo haya recibido tan bien. Durante cinco años entrábamos una vez por semana a las casas y compartíamos la cena con tantas familias. Era una época en la que la TV tenía mucha ficción y era un placer”, repasa la actriz en diálogo con LA NACION.
El niño prodigioLeonardo Vilches tenía 8 años cuando entró a Mi cuñado para ser el hijo de Roberto y Andrea. Fue una casualidad: su mamá lo llevó a un casting sin proponérselo. “Ya estudiaba teatro con Esteban Mellino y un día mi mamá estaba en el colectivo, se pasó de parada y vio una fila para un casting en Telefe y me anotó. Después de una prueba y otra, me fueron llamando hasta que quedé”, cuenta hoy. “No podía creer estar con Brandoni y Darín. Los conocí en la prueba de cámaras. Estaba nervioso porque era todo increíble para mí, hasta entrar a un estudio; fue muy loco. Era extrovertido de chico, simpático, entrador. No me daba vergüenza nada. Imaginate que iba y le hablaba a Yankelevich. Trabajábamos muchas horas y se complicó con el colegio, así que rendí libre porque los compañeritos se volvían locos con la fama, me querían tocar; dejé en cuarto grado e hice de quinto a séptimo libre. Me gustaba tanto la actuación que no me molestaba”.
Rápidamente Leonardo pasó a ganar más dinero que su papá, que trabajaba en una fábrica de fósforos. “Mi mamá era ama de casa y me llevaba y me traía desde Floresta, donde vivíamos, al canal. El dinero lo manejaban ellos, pero no me puedo quejar de que me usaron ni nada porque lo que quería, lo tenía. En un momento tenía un sueldazo. Cambiamos el auto y pagué la fiesta de 15 de mi hermana”.
El semilleroMartin Seefeld recién daba sus primeros pasos en televisión cuando quedó elegido en el casting de Mi cuñado. “Fue muy importante tener la oportunidad de trabajar con un grupo de actores extraordinarios. Fue un aprendizaje enorme. Era uno de mis primeros laburos y convivimos muy bien todo el tiempo que estuve; con alegría, risa, humor y también con la seriedad de hacer una comedia de semejante envergadura. Tengo los mejores recuerdos y me he quedado con muchos amigos. Fue un placer. Uno de los mejores programas de la televisión argentina que va a quedar siempre en el recuerdo”.
Por entonces, Miguel Habud ya había hecho algo de televisión y cine, pero todavía no había tenido su gran oportunidad. “Recorría los canales buscando trabajo, con mi currículum y mi foto, y me llamaron para decirme que Beto había elegido la mía para hacer de amigo de Ricardo, el Chiqui de la historia. Ya lo gracioso de los nombres y apellidos te remontaba a una comedia. Nos divertíamos mucho en los ensayos porque ellos se sacaban chispas todo el tiempo; sus personajes estaban enfrentados en la historia y era un duelo de humor. Y todos aprendíamos. En la mitad de la historia me hicieron una oferta de Televisa para un contrato por tres años y lo planteé en la producción y no me permitieron hacer las dos cosas porque temían que no pudiera cumplir. Yo creo que podría haber hecho todo, pero el traslado era complicado porque Mi cuñado se grababa en San Cristóbal y el proyecto de Televisa, en Martínez. Con el tiempo me volví a cruzar a Beto y, sin rencores, al contrario, me llevó a hacer Siempre que llovió paró y al tiempo Don Arturo Illia, en teatro. Todos esos años fuimos forjando una amistad importante. A Ricardo lo conocía de una publicidad de jeans que habíamos hecho y en el programa me dedicó una foto muy graciosa, porque dice: ‘De un atorrante para otro atorrante’. La mostraba por todos lados porque lo admiraba y era un recuerdo que me quedó”.
Natalia Lobo había debutado en Son de Diez el año anterior, cuando un productor la convocó para este nuevo proyecto. “Era lo segundo que hacía y estaba con Darín y Brandoni. Era increíble, me daba vergüenza saludarlos . Eran actores tan grosos, tan prestigiosos. Fue fuerte la experiencia. Era todo muy vertiginoso. Recuerdo que Patricia (Viggiano) era un sol, y yo interpretaba a la novia de Roberto Antier, que era muy divertido. Estuve todo el año 94 y en la telefiesta, en diciembre, Yankelevich me propuso hacer Chiquititas, con Romina Yan. Entonces el paso por Mi cuñado fue clave. Un lujo haber estado ahí, una suerte, una bendición. Era un programa que veía todo el mundo. Fue un honor trabajar con Brandoni siendo tan chica, y haber estado en un programa tan importante de la televisión argentina. Una suerte. Agradecida a la vida”, se emociona Natalia.
En cuanto a Verónica Varano, ella ya venía haciendo una seguidilla de comedias cuando se sumó a Mi cuñado. “Tengo muy lindos recuerdos –comenta–. Beto y Ricardo tenían mucha comicidad y era un grupo precioso de gente. Beto era un poco vigoroso cuando hablaba y tenía una voz muy particular. A mí me daba un poco de miedo (risas). Recuerdo que siempre estaba muy atento a las marcaciones de todos. Fue una experiencia preciosa haber compartido esa comedia con ellos”.