Generales Escuchar artículo

“No es un solo tóxico: son miles, todos los días”: cómo impacta la exposición cotidiana a químicos según la médica Aly Cohen

Desde Princeton, en Nueva Jersey, Aly Cohen atiende la videollamada con LA NACION con tono sereno y una idea clara: entender cómo la exposición cotidiana a sustancias químicas puede impactar en ...

Desde Princeton, en Nueva Jersey, Aly Cohen atiende la videollamada con LA NACION con tono sereno y una idea clara: entender cómo la exposición cotidiana a sustancias químicas puede impactar en la salud. Reumatóloga, especialista en medicina integrativa y una de las voces más activas en salud ambiental en Estados Unidos, acaba de publicar Desintoxícate (Urano), un libro que propone revisar la relación diaria con compuestos presentes en el agua, el aire, los plásticos y los productos de uso cotidiano. No habla de soluciones mágicas ni de limpiezas exprés, sino de hábitos y de contexto.

Para Cohen, el problema no es el concepto en sí, sino el uso comercial que se hizo de la palabra “detox”, asociada a productos, suplementos y promesas que “no tienen base científica” y que desvían la atención de los procesos fisiológicos reales del cuerpo.

La autora parte de una constatación sencilla, pero inquietante. El cuerpo humano evolucionó durante millones de años en un entorno muy distinto al actual, mientras que buena parte de los compuestos sintéticos con los que convive hoy la población empezaron a desarrollarse masivamente en el siglo pasado, sobre todo a partir de las décadas del 40, 50 y 60. Plásticos, pesticidas, fragancias, sustancias usadas en procesos industriales y materiales de uso cotidiano irrumpieron en muy poco tiempo en la vida diaria, sin que el conocimiento sobre sus efectos avanzara al mismo ritmo.

Cohen aclara que no todo está probado con el mismo nivel de certeza, pero insiste en que ya existe evidencia robusta sobre varias familias de químicos que pueden alterar funciones hormonales e inmunológicas. El problema, explica, es doble. Por un lado, se sabe bastante sobre muchos compuestos individuales; por el otro, hay miles de sustancias sobre las que todavía falta información, y casi nada permite dimensionar del todo el efecto combinado de exposiciones pequeñas, repetidas y sostenidas en el tiempo. En esa zona gris, dice, es donde se juega buena parte de la discusión actual.

Entre todas las fuentes posibles de exposición, hay una que para ella quedó relegada del debate público: el agua. Mientras la conversación sobre salud suele concentrarse en la comida, el peso o las dietas, Cohen pone el foco en aquello que se bebe todos los días, durante toda la vida. En su mirada, la calidad del agua, el aire interior y el exceso de productos químicos dentro del hogar conforman una trama silenciosa mucho más relevante de lo que suele admitirse. Frente a eso, su propuesta no es vivir con miedo, sino aprender a identificar dónde vale la pena intervenir y cómo hacer cambios concretos sin caer en la obsesión.

—En el libro se menciona el impacto de los químicos cotidianos en la salud. ¿Qué evidencia sólida hay hoy y qué todavía está en discusión?

—Hoy existe evidencia muy robusta sobre muchos químicos individuales. Por ejemplo, el bisfenol A, que se usa en envases y alimentos enlatados, o los contaminantes del aire y del agua, como el material particulado o incluso el arsénico en algunas regiones. También hay mucha investigación sobre los llamados disruptores endocrinos, compuestos capaces de alterar el sistema hormonal. Todo esto surge de estudios en humanos, estudios epidemiológicos, trabajos de laboratorio y análisis a largo plazo. El problema es que existen miles de compuestos dentro de estas mismas familias químicas. Se sabe que funcionan de manera similar, pero no es posible testearlos a todos. Entonces hay una base científica fuerte sobre cada pieza por separado, pero todavía persiste mucha incertidumbre sobre cómo actúan en conjunto. Y eso es importante porque, en la vida real, la exposición no ocurre frente a un solo químico, sino frente a muchos al mismo tiempo, en dosis bajas pero constantes.

—El concepto de “detox” suele ser muy cuestionado en medicina. ¿Dónde podemos trazar la línea entre lo que tiene base científica y lo que es marketing?

—La clave, para mí, es volver a la fisiología. El cuerpo humano ya tiene sistemas muy sofisticados para procesar y eliminar sustancias: el hígado, el sistema digestivo, el sudor, incluso mecanismos que se activan durante el sueño. Eso es ciencia básica, algo que cualquier estudiante de biología entiende. Mi enfoque está completamente apoyado en eso. El problema es que la palabra “detox” fue tomada por la industria del bienestar y se llenó de productos, suplementos y promesas que no tienen evidencia. Hay muchas cosas que la gente compra con la idea de “limpiar el cuerpo” que en realidad no hacen lo que prometen. La propuesta del libro busca correrse de ese lugar. Primero pone el foco en lo que no cuesta dinero, en lo que tiene sentido biológico, y después, recién, en lo demás. El eje no está en consumir, sino en entender cómo funciona el cuerpo y acompañarlo.

—Proponés un plan de 21 días para reducir la exposición. ¿Cómo funciona en detalle?

—El plan tiene cuatro grandes pasos y la idea es ordenar una conversación que puede ser abrumadora. El primero es evaluar. Muchas personas no saben por dónde empezar, propongo una serie de preguntas muy concretas sobre la vida cotidiana: qué productos usan en el hogar, qué tipo de agua consumen, cómo es la alimentación, si existe exposición a ciertos ambientes. Ese paso es fundamental porque permite tomar conciencia y tener un punto de partida real. El segundo paso es evitar o reemplazar. Ahí el foco está en reducir lo innecesario. Se usan muchos más productos de los que realmente hacen falta, especialmente en limpieza. No es necesario tener un producto distinto para cada superficie. La idea es simplificar, usar menos y, cuando sea posible, cambiar por opciones más seguras. El tercer paso es sumar. No alcanza con sacar químicos, también hay que fortalecer al cuerpo. Eso implica mejorar la alimentación, incorporar más fibra —que ayuda a eliminar sustancias—, sumar ciertos vegetales, moverse más, sudar, dormir mejor. Durante el sueño, por ejemplo, se activan sistemas que ayudan a limpiar el organismo. Todo eso ya está en la biología humana, pero muchas veces no se aprovecha. Y el cuarto paso es permitir. Este punto es clave porque introduce equilibrio. Se vive en un mundo con químicos, con viajes, trabajo, hijos, compromisos. No se puede controlar todo. Entonces hay que encontrar un punto medio. Una lógica de 80/20. Hacer las cosas bien la mayor parte del tiempo, pero sin vivir con miedo ni caer en la obsesión.

—¿Cuáles son los factores más subestimados hoy en términos de exposición?

—El agua es uno de los principales. Fue uno de los temas que más me sorprendió en todos estos años de investigación. En Estados Unidos hay miles de plantas de tratamiento que no eliminan todos los contaminantes, y además hay muchísimos compuestos que ni siquiera están regulados. La exposición es constante, todos los días. También el aire dentro del hogar está muy subestimado. Se usan fragancias, aerosoles, productos de limpieza que liberan compuestos que se inhalan directamente. Y muchas veces existe la idea de que, si algo no produce un efecto inmediato, como una irritación, entonces es seguro. Pero lo que muestran los estudios es que exposiciones bajas, sostenidas en el tiempo, pueden tener impacto en un sistema biológico muy complejo y sensible como el humano.

—Para alguien que quiere mejorar sus hábitos sin hacer cambios extremos, ¿por dónde conviene empezar?

—Lo más importante es empezar por lo que se hace todos los días. Si el agua está presente a lo largo de toda la jornada, mejorar su calidad puede tener un impacto enorme. Por ejemplo, usando filtros en la canilla. Si en el hogar se usan muchos productos de limpieza, reducirlos ya representa un cambio importante. También cambiar plásticos por vidrio o acero, evitar fragancias artificiales y mejorar la ventilación de la casa. No hace falta hacer todo junto. De hecho, no sería realista. Se trata de un proceso gradual. La propia construcción de estos hábitos llevó años. La idea es enfocarse en las exposiciones más frecuentes, en lo que entra al cuerpo todos los días. Y entender que no se trata de perfección, sino de progreso.

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/sociedad/no-es-un-solo-toxico-son-miles-todos-los-dias-como-impacta-la-exposicion-cotidiana-a-quimicos-segun-nid24042026/

Comentarios
Volver arriba