Por qué es tan difícil para Estados Unidos reabrir por completo el estrecho de Ormuz
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WASHINGTON.– Los recientes ataques y la escalada de tensiones en el Golfo Pérsico volvieron a poner en el centro de la escena al estrecho de Ormuz, un corredor estratégico por donde fluye cerca de una quinta parte del petróleo mundial. Incidentes contra buques, amenazas cruzadas y el aumento de la presencia militar reavivaron el temor a un bloqueo, total o parcial, de esta ruta crítica, obligando a Estados Unidos a reforzar su despliegue con el objetivo de garantizar la navegación. Mientras que las advertencias de Teherán y los movimientos de sus fuerzas en la zona, alimentaron la incertidumbre sobre la estabilidad de una de las principales arterias del comercio energético global.
Incluso en un contexto de máxima presión, la reapertura completa del estrecho aparece como un objetivo difícil de alcanzar. Las características de un conflicto marcado por acciones indirectas y una dinámica de disuasión constante limitan la capacidad de Washington para asegurar un tránsito sin riesgos. La experiencia de crisis anteriores muestra que, aun con presencia militar reforzada, la normalización plena del tráfico marítimo es esquiva.
Un paso estratégico bajo presiónEl estrecho de Ormuz, una franja de apenas 33 kilómetros en su punto más angosto, es uno de los corredores marítimos más sensibles del mundo. Por allí circula cerca de una quinta parte del petróleo global, lo que lo convierte en un punto neurálgico para la economía internacional. Además, es la principal salida para las exportaciones energéticas de los países del Golfo, lo que amplifica su relevancia geopolítica.
Sin embargo, su reapertura total en contextos de conflicto no depende únicamente de la capacidad militar de Estados Unidos, sino de una compleja combinación de factores geográficos, tácticos y políticos que exceden el control de una sola potencia.
La dificultad central radica en que no se trata de una ruta abierta en alta mar, sino de un paso estrecho, con carriles de navegación definidos y escaso margen para maniobras evasivas. Esa configuración lo vuelve fácilmente vulnerable a interrupciones.
Cualquier actor con capacidades relativamente limitadas puede obstaculizar el tránsito mediante minas navales, misiles costeros o ataques a buques comerciales. Incluso incidentes puntuales pueden generar un efecto dominó que afecte a toda la circulación, elevando los costos logísticos y los riesgos para las compañías navieras.
Limitaciones militares y amenazas asimétricasAunque la Marina estadounidense cuenta con una presencia constante en la región y dispone de una de las flotas más avanzadas del mundo, garantizar la seguridad total del estrecho implica desafíos operativos significativos. Las amenazas no provienen necesariamente de enfrentamientos convencionales entre fuerzas navales, sino de tácticas asimétricas difíciles de neutralizar de forma inmediata y que pueden desplegarse con rapidez.
Entre ellas se destacan el uso de lanchas rápidas, drones, misiles antibuque y la colocación de minas, que pueden paralizar el tráfico sin necesidad de un bloqueo formal. Este tipo de acciones permite a actores regionales generar disrupciones con un costo relativamente bajo y sin exponerse a una confrontación directa a gran escala.
La detección y remoción de estos riesgos requiere tiempo, coordinación internacional y recursos especializados, como buques barreminas y sistemas de vigilancia avanzados, lo que impide una reapertura rápida y completa.
Además, cualquier operación militar para asegurar el paso conlleva el riesgo de una escalada regional. Un despliegue más agresivo podría derivar en enfrentamientos directos, ampliando el conflicto y agravando la inseguridad en lugar de resolverla.
Un equilibrio geopolítico delicadoEl estrecho de Ormuz está rodeado por países clave del Golfo Pérsico, lo que convierte su control en una cuestión profundamente política. Irán, que domina la costa norte, ha demostrado en reiteradas ocasiones su capacidad para influir en el tránsito marítimo. Esa posición geográfica le otorga una ventaja estratégica que complica cualquier intento de control externo absoluto.
Para Estados Unidos, reabrir completamente el estrecho no solo implica una operación militar, sino también gestionar relaciones diplomáticas complejas con aliados y adversarios. La cooperación con países de la región —como Arabia Saudita, Emiratos Árabes Unidos y Omán— es indispensable para sostener operaciones de seguridad marítima.
A esto se suma el impacto global: cualquier interrupción prolongada eleva los precios del petróleo y afecta las cadenas de suministro internacionales, con consecuencias directas en la inflación y el crecimiento económico de múltiples países. Esa presión incrementa la urgencia de una respuesta por parte de Washington, pero también eleva el costo de cometer errores estratégicos.
En la práctica, lo que suele lograrse no es una reapertura plena, sino una normalización parcial del tránsito bajo condiciones de riesgo. Los buques pueden volver a circular, pero lo hacen con escoltas militares, rutas vigiladas, desvíos o mayores costos de seguro. Las primas de riesgo se disparan y muchas compañías ajustan sus operaciones, lo que refleja una seguridad incompleta y volátil.
Agencias AP, AFP y ANSA