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Thomas Moynihan: “La extinción es algo que tenemos que tomarnos seriamente”

El poder de las narraciones infantiles: cuando Thomas Moynihan tenía cuatro años, su padre le contaba historias acerca de las extrañísimas criaturas que vivieron en la Tierra durante la llamada...

El poder de las narraciones infantiles: cuando Thomas Moynihan tenía cuatro años, su padre le contaba historias acerca de las extrañísimas criaturas que vivieron en la Tierra durante la llamada explosión cámbrica, hace más de 500 millones de años (bastante antes de la era de los dinosaurios). El pequeño Thomas quizá no entendía mucho entonces, pero la noción de estar ante algo asombroso permaneció. Y permaneció a tal punto de que en cuanto pudo leyó el detalladísimo libro que escribió el biólogo norteamericano Stephen Jay Gould acerca de aquella vida maravillosa (precisamente así se llama el libro).

Aquel niño de 4 años que se dormía entre trilobites y wiwaxias luego se transformó en historiador de las ideas y terminó su doctorado en la Universidad de Oxford con un tema relacionado: cómo surgió en la humanidad la noción de que la extinción -como les había pasado a esas singulares criaturas- era una posibilidad también para los humanos. La idea de que lo que florece, por más colorido que sea su esplendor, podría terminar, tiene todo un recorrido con un inicio que Moynihan documenta con delicadeza en el libro Riesgo de extinción. Cómo la humanidad descubrió su propio final (publicado por Interferencias, el sello de Adriana Hidalgo editora). Allí además desfilan las ideas de los principales pensadores de los últimos dos o tres siglos -y de antes también- leídos bajo el tamiz de la posibilidad de la extinción humana en un compendio exhaustivo y lujoso que convierten a Riesgo de extinción en uno de los libros del año.

“Creo que la extinción es algo que tenemos que tomarnos seriamente. Como historiador puedo dar cuenta de la cantidad de veces que a una sociedad un evento la tomó totalmente de sorpresa”, dijo Moynihan desde su casa en Londres en esta charla con LA NACION. Y agregó: “La analogía más fácil es la de principios del 1900 cuando muchísimos científicos y expertos creían verdaderamente que la humanidad no podría nunca usar los poderes ocultos del átomo. Las sociedades suelen subestimar el rango de lo que es posible”.

–Empiezo por el final: el hecho de que en algún momento nos dimos cuenta de que nos podemos extinguir como especie también nos hace pensar en cómo evitarla. En el libro se sugiere “trascender la biología” con desarrollos tecnológicos como la llamada geoingeniería. ¿Pero no se trata también de un riesgo en sí mismo? ¿De jugar a ser Dios, en definitiva?

–Sí, sin dudas, estoy de acuerdo. Desde un punto de vista puramente teórico es importante pensar cómo la idea del fin de la especie interactúa con las ideas acerca de cómo sobrevivir tanto como sea posible. Pero que este tipo de deriva hacia la trascendencia puede transformarse en su propia generación de peligros es totalmente cierto. El ejemplo histórico más obvio es la apertura de los secretos del átomo. Ese fuego de los dioses que apareció allá por 1945 y enseguida puso en peligro a toda nuestra existencia. Lo cierto es que después de publicado el libro me he puesto, cómo decirlo, más circunspecto respecto de ese impulso a sobrevivir sin importar cómo. Sobre el final digo que es nuestro deber persistir; quizá es un error. Para decirlo brevemente, tener un deber es estar obligado a algo, que hay que hacerlo sí o sí. Ahora pienso que enmarcarlo de esta manera puede interferir y sacrificar las cosas por las que realmente vale la pena sobrevivir. De modo que ahora lo pienso así: sobrevivir y expandir la vida de la humanidad sería excelente, pero no obligatorio. Fantástico, pero no a costa de cualquier cosa. La aceleración tecnológica y toda esa deriva , bueno, ahora soy un poco más escéptico al respecto.

–Entonces volvamos al principio del libro. ¿Cómo los humanos descubrieron que podían extinguirse y cómo se diferencia esta idea del apocalipsis bíblico, mucho más antigua?

–El libro se gestó a partir de un curso que tomé luego de que hice la maestría sobre el romanticismo, sobre la filosofía política del romanticismo, en particular en poetas como Percy Shelley, Mary Shelley, Lord Byron… Recuerdo leer el trabajo que ellos produjeron y ahí se percibe un cambio, en medio de temáticas apocalípticas en sus escritos. La manera en que pensaban en un final era completamente diferente de la generación romántica anterior, la de William Blake y Wordsworth. Esta segunda generación pensaba que desaparecerían todos los humanos y el universo en su vastedad continuaría de manera independiente sin nosotros. En el caso de Mary Shelley , incluso le iba mejor al universo sin nosotros; en particular, en su novela El último hombre, donde morimos por una pandemia, pero el resto de la biosfera permanece y florece. Creo que es la primera vez que esta ida aparece en la literatura. Entonces, me tomó mucho tiempo responder a esta pregunta acerca de por qué se da este cambio, qué lo propició tan de repente. La posibilidad de la extinción humana como una idea distinta de la tradición religiosa, particularmente de las religiones del libro donde generalmente el humano forma parte del fin universal; y también de otras en las que hay un eterno retorno, como en las hindúes. Mi argumento es que hay ahí algo totalmente novedoso, donde se armó desde distintos campos y puntos de vista, muchos basados en la ciencia, el rompecabezas de pensar un final para la humanidad. Y se convirtió en una poderosa fuerza cultural a partir de ahí. Una toma de conciencia, digamos.

–De todos modos, se podría decir que en realidad es lo mismo, un pensamiento acerca del final de la humanidad, solo que ahora bajo un tamiz científico.

–Sí, se puede argumentar así, pero haría una distinción que me parece importante. En el escenario del apocalipsis religioso, particularmente en las religiones abrahámicas, pero no solo, el final es la consecuencia natural de un orden moral universal que puede ser inescrutable para nosotros como mortales, pero los dioses sí diferencian lo bueno de lo malo y la justicia llega como conclusión. En la idea de extinción también hay un final, desde ya, pero es más la frustración de un orden moral; ya no hay humanos y se acaba el orden moral universal, o la idea de su proyecto. Del modo en que lo escribo en el libro es que mientras en el escenario apocalíptico hay un sentido en el final, una satisfacción, una justicia, en la extinción se da el final del sentido, del final de las ambiciones y metas humanas.

–De todos los riesgos de extinción que existen y que citás en tu obra, ¿cuál te parece el más complicado y cuál es el que te preocupa particularmente?

–Ser un historiador de estas ideas no te transforma en un experto que puede predecir qué pasará, dejo eso a los científicos, pero de todos modos al haber pasado tanto tiempo lidiando y hablando con esos expertos puedo decir que se pueden dividir los riesgos existenciales en dos categorías. Los antropogénicos, derivados directamente de la acción humana, y los naturales. Y hay buenas razones para creer que las amenazas antropogénicas son más plausibles; lo que no quiere decir que no hay un lugar también para las naturales, y el final de los dinosaurios está ahí como prueba. Muchas de esas amenazas naturales existenciales recién fueron reconocidas en las últimas décadas, como el supervulcanismo, la explosión posible de supernovas cercanas, lo que implica que quizás haya otras del mismo estilo de las que quizá no tenemos hoy idea. Sin embargo, los expertos tienden a coincidir que los riesgos más graves son derivados de la propia acción humana, que son más probables y graves. La guerra nuclear es el más obvio y citado, que podría llevar a una situación climática similar a lo que sucedió cuando el asteroide pegó en la Tierra: fuegos por todos lados, partículas inyectadas en la atmósfera en grandes cantidades que bloquean el sol durante un tiempo suficiente como para causar el colapso de ecosistemas enteros. Eso ya provocó extinciones pasadas. Lo otro muy citado a partir de lo que pasó en 2020 es una pandemia. En lo personal, lo que a mí me desvela es una pandemia a partir de un virus modificado en laboratorio, sintetizado y amplificado. Me resulta terrorífico.

–Últimamente, se mencionan también los desarrollos de la Inteligencia Artificial (IA) como posible fuente de extinción.

–Totalmente, la IA, es el tópico del momento. No es la idea de que los LLM (Large Language Models o grandes modelos de lenguaje) actuales tomen el poder, sino que potencialmente se llegue al punto de que se entre en un bucle de automejora de uno de estos programas de IA que deje tan atrás a los humanos en capacidad cognitiva de modo que se haga imposible predecir qué hará esa inteligencia brutalmente más grande que la propia: esa es la razón por la cual los humanos tienen a perros y gatos como mascotas y no al revés. Entonces, el escenario para los investigadores más preocupados por el tema no es que las IAs sean hostiles, sino que decidan qué recursos que para nosotros son vitales tienen para ellas algún otro tipo de destino mejor y no podamos anticiparlo. Puede sonar especulativo, pero es menos que lo que era hace diez años.

–Entonces, realmente tenés una preocupación al respecto, no es solo la idea en algún punto imaginaria respecto de la posible extinción.

–Creo que es algo que tenemos que tomarnos seriamente. Como historiador puedo dar cuenta de la cantidad de veces que a una sociedad un evento la tomó totalmente de sorpresa. Entonces, la analogía más fácil es la de principios del 1900 cuando muchísimos científicos y expertos creían verdaderamente que la humanidad no podría nunca usar los poderes ocultos del átomo, o que en todo caso le tomaría decenas o cientos de miles de años hacerlo. Sin embargo, sucedió en el trascurso de una generación que se entró en el átomo, se logró la fisión, la reacción en cadena fue posible y enseguida se consiguieron las armas nucleares. Así que sí puede haber sorpresas. Las sociedades suelen subestimar el rango de lo que es posible. Por eso trato de mantener la mente abierta para el rango de lo posible, incluso para asuntos que nunca sucedieron, y la extinción humana es algo que por definición nunca sucedió, porque estamos hablando . Por eso hay que tomarlo seriamente. Y un punto final: tenemos cada vez más poder tecnológico, pero a la vez parece que tenemos menos poder sobre las tecnologías. Por eso el mundo es un mundo cada vez más inseguro, más frágil geopolíticamente. Así que potenciales catástrofes están en el menú de lo imaginable.

–Incluso antes de la extinción total, puede haber colapso civilizatorio, con el derrumbe de los Estados y la supervivencia aislada de pequeños grupos humanos, por ejemplo. ¿Lo ves como posible también?

–Sí, es algo que puede pasar, un evento no tan grave como la extinción, y de hecho ha pasado. Los imperios han colapsado, de manera más o menos violenta, gradual o rápidamente. Hay gente que se dedica al estudio de esto en particular. Por primera vez ahora hay una conexión intercontinental en las economías y las sociedades son globales, lo que no existía en el pasado, y eso lleva a debilidades. Los patógenos y las emisiones de dióxido de carbono no respetan los límites de los países. La conectividad es brillante porque se puede pedir algo y al día siguiente está en tu casa, pero a la vez la capacidad de movimiento de las calamidades es similar y eso intensifica el riesgo. Así que sí: es posible un escenario de colapso más allá de si lleva o no a una extinción.

–¿En ese sentido, creés que el capitalismo en su fase actual es un riesgo en sí mismo? No hay una definición al respecto en el libro.

–No. Es decir, tengo mi instinto político, pero no es mi área de conocimiento. Sí pienso que en cierto contexto tendemos a olvidar que existe cierta relación entre el capitalismo y la extensión del uso de la energía a los límites actuales, y la perturbación que genera en el clima. Pero también es cierto que la Unión Soviética resultó muy buena a la hora de quemar combustibles fósiles para su expansión. No lo sé, en definitiva. Sin decir nada muy complejo en términos filosóficos, sí puedo decir que Donald Trump está haciendo del mundo un lugar mucho más inseguro, puedo decir eso con seguridad .

–Una de las afirmaciones fuertes del libro es que es posible que las civilizaciones tecnológicas no duren mucho, pensando en términos cosmológicos respecto de la posibilidad de que haya vida en otros planetas y otros sistemas solares. ¿Se puede explicar brevemente por qué?

–Sí, desde luego. Esa es una parte importante de la historia del concepto de extinción de nuestra especie. La ciencia moderna está asociada con la revolución copernicana, el descubrimiento de que no es que el Sol gira alrededor de la Tierra, sino exactamente al revés, y que el Sol es apenas uno de un universo increíblemente grande. Este fue el primer golpe a la autoestima humana, la idea de que no somos tan especiales, nos hizo sentir pequeños inmediatamente, pero no en soledad. La suposición de que todos los planetas estaban llenos de seres como nosotros, o de animales, nos hacía a nosotros no tan importantes, sino comunes. Entonces, si en nuestro planeta se perdía la vida por alguna razón no era tan importante porque había vida similar en todos los planetas. Hay poetas, filósofos de la Ilustración que básicamente comparaban la destrucción de todo un planeta poblado como la explosión de una burbuja más dentro de un universo lleno de ellas, una trivialidad. Esa actitud significaba que la humanidad era cósmicamente indestructible. Entonces, se rechazaba la idea de la extinción, no podemos morir porque estamos literalmente en todos lados. Encontrar que estábamos abandonados en la vastedad cósmica nos hizo mirar hacia adentro de nuestro planeta. Y se supo que la humanidad era, en cambio, una humilde adición en un planeta que tenía miles de millones de años, y luego que no éramos el resultado inevitable de evolución alguna. La posibilidad de articular esta idea empezó con Darwin, pero llevó muchas generaciones más para ser explícitos en este punto. Está documentado en la primera parte del libro; el hecho de que hayamos evolucionado aquí no indica que podríamos hacerlo en cualquier otro planeta. Entonces, para finalmente responder tu pregunta, a mediados del siglo XX, cuando la carrera espacial estaba arrancando y se pensaba que, si se podía controlar el átomo, se podía ir fácilmente a otras estrellas, en un almuerzo entre integrantes del proyecto Manhattan fue el físico italiano Enrico Fermi quien se preguntó por qué no había signos de otras civilizaciones que ya tuvieran alguna tecnología para acercarse o contactarnos. A partir de ahí quedó claro que el universo no estaba lleno de inteligencias que hacen cosas a gran escala; eso quizá te dice algo, que no se alcanza en el tiempo en que duran las civilizaciones a lograrlo porque se extinguen antes.

–¿Qué más hay para un historiador de las ideas después de escribir un libro sobre la extinción producto de décadas de trabajo?

–Tengo un par de libros que están por salir, de hecho. Trabajé en las maneras en que los humanos descubrimos otras mentes en el pasado, el hecho de que otros animales son mucho más inteligentes de lo que solíamos reconocer; eso para pensar nuestros propios fallos como especie y la posible extinción, de nuevo. Y el modo en que usamos otros animales para pensar nuestro propio fin. El segundo libro es algo más grande como proyecto. Es la historia de cómo descubrimos que el cosmos tiene un futuro profundo, la ciencia de ese futuro, las maneras en que lo vemos como algo bueno o malo. Y las respuestas éticas a esa idea de que podemos cambiar el futuro, que lo que hacemos hoy puede afectar la existencia de muchos, muchos, años en el futuro. Ambos están en camino de salir.

–Me gustaría terminar con algo más personal: contaste que quizá este libro empezó a gestarse cuando tenías cuatro años y tu padre te contaba historias de extinción.

–Tengo memorias tempranas de aquellos años. Mi padre me contaba historias de Charles Darwin, aunque posiblemente yo no entendía nada entonces. Recuerdo que estaba fascinado por los animales que aparecían en esos libros. También me leía sobre Stephen Jay Gould, Gould es un héroe intelectual para mí. Es brillante porque tomó un montón de datos acerca de detalles de la evolución y armó un rompecabezas. Recuerdo la tapa de uno de los libros de Gould, La vida maravillosa, en la que mostraba especímenes rarísimos de la vida cámbrica, tan raros, parecían aliens realmente. Eso me fascinaba. Cuando finalmente entendí a Darwin pude enmarcar esa fascinación como el aspecto fundamental de la vida que es la evolución. Se ve claramente la relación entre esa fascinación e interés y la idea de que somos aleatorios, podríamos no estar acá, podríamos desaparecer. Pero también eso es lo que nos da libertad. En algún sentido, esa fragilidad es creadora.

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/conversaciones-de-domingo/thomas-moynihan-la-extincion-es-algo-que-tenemos-que-tomarnos-seriamente-nid23052026/

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