Wilhelm Brasse retrató los experimentos de Mengele en el campo de exterminio y rescató 50 mil retratos de prisioneros
“El fotógrafo permanece detrás de la cámara para crear un diminuto fragmento de otro mundo: el mundo de imágenes que procura sobrevivir a todos”, escribió Susan Sontag en el ensayo “En l...
“El fotógrafo permanece detrás de la cámara para crear un diminuto fragmento de otro mundo: el mundo de imágenes que procura sobrevivir a todos”, escribió Susan Sontag en el ensayo “En la caverna de Platón”, del libro Sobre la fotografía. Ese fragmento de mundo y esas imágenes que sobrevivieron, incluso ante la muerte de los fotografiados, tuvo una especial importancia para Wilhelm Brasse, conocido como “el fotógrafo de Auschwitz".
Brasse llevaba tatuado en su brazo un 3444. Como muchos prisioneros de los campos de concentración nazi durante la Segunda Guerra Mundial, su humanidad había sida transformada en eso: un simple número. Pero su profesión —que en cierto modo le salvó la vida, a la vez que inmortalizó a quienes murieron allá—lo destacó para siempre entre esos millones de tatuajes.
Sontag escribió también algo relevante para esta historia: “Las fotografías procuran pruebas. Algo que sabemos de oídas pero de lo cual dudamos, parece demostrado cuando nos muestran una fotografía. En una versión de su utilidad, el registro de la cámara incrimina”.
Retratos de estilo policialBrasse nació en Żywiec, al sur de Polonia, en 1917. Hijo de un padre austríaco y de una madre polaca, hablaba alemán a la perfección. Un dato que parece trivial, pero que en esa época fue un punto más a su favor para preservar la vida.
El otro punto fue que se dedicaba a la fotografía. De hecho, trabajaba en un estudio fotográfico en Katowice, una ciudad cercana a la frontera con Alemania, cuando los nazis invadieron el país. Brasse tenía entonces 22 años, y aunque era católico, lo arrestaron cuando en 1940 intentaba cruzar hacia Hungría. Tenía la esperanza de exiliarse en Francia. Entonces le ofrecieron unirse al ejército alemán. Pero, tras negarse, lo trasladaron a uno de los campos de exterminio conocido como el más atroz del momento, Auschwitz, adonde llegó junto con otros 400 prisioneros políticos polacos.
“Cuando llegó a Auschwitz fue enviado a trabajar como obrero”, dijo Janina Struk, autora de Photographing the Holocaust, en diálogo con The New York Times (NYT) .
Primero le dieron el uniforme de interno y, a golpes, le forzaron a saltar en el patio con otros presos, para humillarlos. Fueron dos semanas de cuarentena y seis meses de trabajos forzados.
“Cuando descubrieron que era fotógrafo, fue asignado al Erkennungsdienst, el Departamento de Identificación ”, contó Struk.
Lo eligieron por tres factores determinantes: su origen ario, su buen alemán (estaba prohibido hablar en polaco) y su carrera como fotógrafo retratista. Les servía especialmente por esto último. La intención del trabajo que le asignaron era, inicialmente, tomar imágenes de los prisioneros recién llegados. Eran retratos de estilo policial, en tres poses: de frente, perfil y tres cuartos. Una especie de gran documento mortuorio.
Fotografías del horrorEn el mismo ensayo de Sontag, la escritora denominó a las imágenes de los campos nazis como “puntos de referencia éticos” que mostraban el horror, el sufrimiento. Las de Brasse en particular tuvieron, además, una relevancia excepcional, tanto como pruebas condenatorias en los juicios posteriores a la guerra, como en esa especie de simbolismo de “referencia ética”: no solo se pudieron identificar miles de prisioneros asesinados, sino que también sirvieron para mostrar el lado más sádico del régimen.
Esto se dio, sobre todo, cuando a partir de 1942 llegaron al campo de Auschwitz los médicos de las SS. En una entrevista que Brasse dio a la periodista Struk para The Guardian, contó que, a partir de entonces, el trabajo de los prisioneros fotógrafos se tornó cada vez más macabro.
“Los prisioneros que los médicos consideraban interesantes —judíos jasídicos, trillizos y gemelos, enfermos, deformes o discapacitados, e incluso aquellos con tatuajes inusuales— eran alineados para posar ante la cámara. Brasse recuerda haber fotografiado a un prisionero que tenía ‘un hermoso tatuaje de Adán y Eva’ en el pecho. Posteriormente, vio cómo se le extraía la piel tatuada del cuerpo y se la ‘estiraba sobre un lienzo especial’. ‘Esto es lo que les resultaba entretenido’, dice Brasse, ‘fotografías como esta. No tengo ni idea de por qué alguien querría ver este tipo de cosas’“.
Entre esos médicos se encontraban Josef Mengele, conocido también como el “ángel de la muerte”, y su colega, Eduard Wirths. Brasse se volvió, así, testigo de imágenes cada vez más horrorosas. Como cuenta Struk: “Los nazis tenían una curiosidad mórbida por documentar operaciones internas, como extraer el útero y examinarlo”.
En su libro cita otro recuerdo de Brasse: “Traían a las mujeres a la sala, las desnudaban y les inyectaban una especie de anestésico, a menos que fueran judías, en cuyo caso los experimentos se realizaban sin anestesia”. Estas imágenes se conservan hasta hoy en el Yad Vashem, el Centro Mundial de Conmemoración del Holocausto, en Jerusalén.
Como dice la página oficial de esa organización: “ Estaba a cargo del proceso de selección en el campo, decidiendo quién viviría y quién moriría. En total, envió a la muerte en las cámaras de gas alrededor de 400.000 personas. También fue responsable de los experimentos médicos seudocientíficos realizados sobre prisioneros del campo con el propósito de demostrar la superioridad de la raza aria. Utilizó seres humanos como conejillos de Indias para estudiar su capacidad de resistencia y su reacción al calor, el frío, la esterilización y el dolor. Estaba interesado principalmente en los recién nacidos, en gemelos jóvenes y en personas con enanismo”.
“Sabía que iban a morir”En la entrevista con Struk, Brasse detalló: “Fotografié a mujeres jóvenes para el Dr. Mengele. Sabía que iban a morir. Ellas no lo sabían. Fotografiar a estas mujeres sabiendo que iban a morir era terriblemente angustiante. Estaban llenas de vida y eran tan hermosas…”.
Ese trabajo significó para él una forma propia de tortura a la que no se podía negar. “Era una orden, y los prisioneros no tenían derecho a discrepar. No podía decir: ‘No haré eso’”, destacó.
Esta tarea lo marcó hasta su muerte, el 23 de octubre de 2012: nunca más pudo dedicarse a la fotografía: “Porque los muchachos judíos y las chicas judías se aparecían en flashes constantes ante los ojos”.
Lo que sí pudo hacer en su momento fue salvar de la destrucción más de 50.000 de esas imágenes que retrataban a los prisioneros, a los fallecidos, a los experimentos. Hoy, la mayoría se encuentra en el Museo de Auschwitz.
Él mismo lo explicó en varias ocasiones: con la entrada del ejército soviético a Polonia, Auschwitz fue evacuado. Pero antes, les ordenaron a Brasse y a su compañero, Bronislaw Jureczek, que destruyeran las fotos.
Jureczek contó que cuando recibieron la orden de quemar los negativos y las fotos, para evitar que todo el material se prendiera fuego, pusieron primero papel húmedo en el horno del laboratorio. Creían que, de esa manera podrían salvar algo de todo su trabajo. Y realmente lo lograron.
Además, el propio Brasse agregó: “Antes de abandonar el campo el 18 de enero de 1945, resguardamos los negativos en el laboratorio, tapiando la entrada para que nadie pudiera acceder”.
“La niña no entendía por qué estaba ah픓Lo más difícil fue el primer contacto con los prisioneros. Al principio, sus ojos estaban llenos de terror, y con el tiempo, se volvieron indiferentes. La visión de un ser humano hambriento es desoladora, mirando al infinito. Nada le interesa, todos sus pensamientos se concentran en comer. Ese es su único sueño, su única meta, su única ilusión. Cuando les tomaba fotos, les pedía que no miraran directamente a la cámara, sino que miraran a un lado. ‘No sonrían, no lloren’, les decía”, le contó a Anna Dobrowolska, autora del libro El fotógrafo de Auschwitz.
Una de esas prisioneras se transformó en protagonista de la foto con mayor circulación desde entonces. Se trataba de Wólka Zlojecka, una adolescente polaca que había crecido en una familia católica. En la piel llevaba tatuado el número 26.947.
“Era muy joven y estaba aterrorizada. La niña no entendía por qué estaba ahí y no podía entender lo que le decían . Entonces, una mujer kapo (como se llamaban a los prisionero que tenían la función de supervisar a otros prisioneros) tomó un palo y la golpeó en la cara”, contaría años después el fotógrafo. Esa brutalidad quedó registrada para siempre tras apretar el obturador.
Zlojecka entró al campo de concentración el 13 de diciembre de 1942, y tan solo unos meses después, el 12 de marzo de 1943, murió. Aunque pasó a ser una más de los casi 230.000 niños en Auschwitz, el impacto de la foto tomada por Brasse, la expresión de miedo y tristeza que atraviesa el papel, hoy representa a todos esos jóvenes que sufrieron el mismo destino.
Como dijo Sontag en aquel ensayo: “Todas las fotografías son memento mori. Hacer una fotografía es participar de la mortalidad, vulnerabilidad, mutabilidad de otra persona o cosa. Precisamente, porque seccionan un momento y lo congelan, todas las fotografías atestiguan la despiadada disolución del tiempo”.