Pedro González, de Matador en San Lorenzo a uno de los héroes que rescató a River de la sequía: “Fue algo muy fuerte, el boom total”
Los manteles individuales de las mesas del Glorias, la cafetería que se abre sobre la Avenida Figueroa Alcorta junto a la entrada al Museo River, tienen una característica particular. Son negros,...
Los manteles individuales de las mesas del Glorias, la cafetería que se abre sobre la Avenida Figueroa Alcorta junto a la entrada al Museo River, tienen una característica particular. Son negros, y el material del que están hechos permiten “dibujar” sobre ellos con los dedos de la mano. Basta una leve presión para que, por un buen rato, la huella quede impresa. Pedro Alexi González (Alexi, según su documento, aunque siempre para todos fue Alexis), nacido hace 80 años redondos en Bella Vista, Corrientes, lo sabe, y los utiliza una y otra vez como pizarrones imaginarios. “Yo le decía a Girotti: ‘¿Ves? Este es el arco, acá está el primer palo y acá el segundo. Si la pelota viene por afuera vos tenés que estar en este espacio entre los dos palos’. Pero al rato venía una jugada, tiraban el centro y el tipo estaba acá afuera. Me volvía loco. Lo cuenta él mismo, eh. Decía que se iba porque no tenía paciencia”, antes de cerrar la explicación con una carcajada.
Con el pelo cano y alguna que otra arruga en la frente, el que fue puntero derecho de Los Matadores del San Lorenzo de 1968 y del River que en 1975 logró cortar la racha de 18 años sin festejos mantiene la alegría con la que jugaba. Esa mezcla exacta entre la seriedad imprescindible de un profesional y el placer de quien se divierte cuando la pelota, esa herramienta a la que se aferró en su niñez y nunca más soltó, rueda bajo sus pies. Se encuentra en lo que califica como “mi mundo”, disfruta la felicidad de transmitirles a los más chicos los conocimientos acumulados durante 15 años recorriendo las canchas y, por supuesto, aprovecha las condiciones de los manteles individuales del Glorias para graficarlos mientras habla.
-Cuando llegué a River lo agarré al Puma Morete y le dije: “Los grandes cabeceadores, como el Beto Alonso, Passarella o Víctor Marchetti, van al segundo palo. Vos no sos un gran cabeceador, entonces tenés que moverte desde el punto del penal al primer palo, porque si por la derecha venimos Comelles, Jota Jota o yo, levantamos la vista, te la tiramos ahí, vos ponés la cabeza y tenés todo el arco para meterla. Vas a ver la cantidad de goles que vas a hacer”.
-Y los hizo. En una nota anterior de esta serie, Morete dijo que vos fuiste el puntero que le tiró los mejores centros.
-Claro. Gracias a eso se fue a Las Palmas. Su equivocación fue creer que era cosa de él, y al socio lo dejó acá, jajajaja. Si jugás de puntero, vos tenés que conocer a tu 9; qué tiene, qué le falta. Hoy veo que todo el mundo quiere llegar acá, a la raya de fondo y tirar el centro atrás. Es un error. ¿Para qué vas hasta la raya? Si te parás un poco antes, acá, ¿ves? tenés tres opciones. Primero, pegarle directamente al arco; segundo, tirársela al compañero que viene en horizontal al primer palo, porque si gana la posición es gol; y recién la tercera es soltarla para atrás, si ves que el que está ahí no tiene marca.
-Para eso hay que levantar la cabeza.
-Obvio. No es tirarla por tirarla. Hay que saber.
-¿Y cómo se aprende?
-Los años. Después de los 26 o 27 vos analizás las posibilidades que tenés para aprovecharlas al máximo. Por ejemplo, si enfrente hay un buen marcador de punta, no tenés que ir de entrada. Yo en tres minutos sabía lo que tenía que hacer. Si el marcador era bueno, me tiraba al medio, de 8, al lado de Jota Jota, y le decía a Comelles que fuera él a pelearlo al tres para cansarlo. Porque yo sabía que si perdía el primer round con el marcador, los siguientes iban a ser más difíciles. En cambio, si lo encaraba en el segundo tiempo, cuando ya estuviera más cansado, yo ganaba el partido.
-¿Estas son las cosas que les enseñás a los pibes de las inferiores?
-Es lo que hago en el último tiempo. Trabajo por grupos con los chicos de 7ª, 8ª y 9ª de acuerdo con sus posiciones en la cancha: los punteros, los laterales, los 9, los volantes, para darles pautas concretas sobre qué hacer en diferentes situaciones del juego. Me encanta este laburo.
-¿Y antes de esto?
-Una vez que había decidido no dirigir más estaba tomándome un tiempo de impasse. En eso, Passarella ganó las elecciones, puso a Jota Jota como director de las inferiores y el Negro me llamó. Yo no quería entrenar divisiones inferiores, porque sentía que no tenía el conocimiento suficiente para definir enseguida si un pibe vale o no vale. Necesito tiempo para darme cuenta. Pero el Negro me pidió que me dedicara a buscar jugadores y eso me gustó. Viajé por todo el país, desde Río Gallegos a Jujuy. Una hermosura. Me atendían de maravilla, se acordaban de lo que uno fue como jugador, me reconocían. Ahora sólo voy a mirar qué hay en Corrientes, cuando viajo para allá un par de veces al año.
-¿Te reconoce más la gente de River o la de San Lorenzo?
-La de River. Es lógico, estoy en el club desde 2010 y jugué el doble de partidos acá que en San Lorenzo.
El origen de todoLa azulgrana y la de la banda roja son las dos camisetas que, sin duda, acuden a la mente de quienes vieron jugar a Pedro González. También la que le procuraron más títulos. Uno con los de Boedo, el Metropolitano de 1968, que permanece en la memoria popular; siete con los millonarios, entre 1975 y 1981. Pero hubo uno más, con la casaca granate de Defensor Lima, de Perú, en 1973. Y otros colores ya en la recta final de la carrera, como el azul y blanco de Talleres de Córdoba; la blanca, roja y amarilla del club Renato Cesarini de Rosario; y la blanca de All Boys. Y mucho antes, en el origen, mandó el azul del club Lipton de Corrientes.
-Mi padre fue jugador, centrodelantero, hacía muchos goles de cabeza, era un poco ídolo en mi pueblo, Bella Vista. Yo nací con unos botines suyos, de esos que eran todos de cuero, bien pesados. Después pasó a Lipton. Ahí fue donde empecé. Probé una vez y no quedé, pero en la segunda, sí. Al poco tiempo estaba en Primera de la liga correntina. Tenía 15 años, era duro jugar ahí.
-¿Qué recuerdos tenés de esa época?
-Mirá, Lipton a mí me dio cuatro cosas muy fuertes. Primero, una cancha donde jugar. Después, mis primeros botines, la primera toalla en el baño de un vestuario. Y lo más importante, me dio una camiseta .
-Cuando empezaste vos eras número 9, como tu papá, ¿te aconsejaba para moverte en el área?
-La única recomendación que me hizo fue un día que entré en diagonal, miré el arco, vi que un compañero entraba por acá , pero la computadora me mandó que tenía que pegarle. Le doy y me sale un poquitito desviado. Cuando llego a casa, mi viejo me estaba esperando: me saludó con un “¿por qué no pasaste la pelota?”. Fue la única vez que me marcó algo en toda mi carrera.
-¿Eso hizo que a partir de ahí levantaras más la cabeza?
-No, para nada, porque la segunda vez que lo intenté fue gol, jajajaja.
-¿Te seguía mucho tu viejo?
-No tanto. Se vino a verme desde Corrientes cuando en el 76 jugamos con River un desempate frente a Independiente para definir el finalista de la Libertadores. Mi viejo era fana del Rojo, a morir. Creo que porque mi abuela tenía un parentesco con Arsenio Erico.
-¿Ese no fue el partido en la que hiciste el gol para cortar la racha de cuatro Libertadores consecutivas de Independiente?
-Sí, sí, de cabeza, en la cancha de Vélez. A Chupete Quiroga se le escapó la pelota y la metí de cabeza. Faltaban 5 minutos y ganamos 1 a 0. Lo grité con ganas, porque para nosotros era un gol muy importante. Pero mi papá se enojó conmigo, porque creyó que se lo había gritado a él.
La huella del BambinoEn los años 60, con comunicaciones escasas y lejanas, para un pibe del interior del país los clubes de lo que hoy llamamos AMBA eran algo así como La Meca y llegar a ella no resultaba nada sencillo. Se necesitaba talento, perseverancia y, en la mayoría de los casos, también el indispensable toque de suerte. El caso de Pedro González no fue distinto al de tantos otros que alguna vez, recomendación mediante, se subieron a un tren o un micro para recorrer cientos de kilómetros con la promesa de una prueba bajo el brazo y el sueño de un “sí” entre ceja y ceja.
Al delantero de Lipton ya lo habían contactado de Argentinos Juniors para que se animara a recorrer esa ruta incierta cuando una tarde, mientras miraba con atención una partida de truco que jugaban sus amigos en el club San Martín de la capital correntina, alguien le tocó el hombro. “¿Usted es Pedro González? Un gusto, soy el presidente de las inferiores de San Lorenzo. Yo sé que va a ir a Buenos Aires. Le dejo mi tarjeta, ¿por qué no va a verme?”, fue la invitación que el futuro 7 de Los Matadores no iba a desaprovechar.
-¿Cómo llegó hasta vos?
-El hombre era especialista en maquinarias industriales y había viajado a Corrientes para arreglar un aparato en Mandiyú Textil. Le preguntó a Seferián, el presidente de la empresa y del club, si sabía de algún pibe que valiese la pena probar. Él le dijo que el único que estaba para más era yo. Me buscó por toda la ciudad hasta que me encontró.
-Así terminaste en San Lorenzo…
-Bueno, primero fui a Argentinos. Pero me pusieron a jugar con la Primera, que era un equipazo, cuando yo tenía edad de quinta. No quedé, claro, y me fui a San Lorenzo. A ellos sí los convencí, y al poco tiempo me pasó algo increíble. Estaba en quinta cuando un día lo bajan al Bambino Veira a jugar con nosotros por portarse mal cuando ya estaba en Primera. Vino un córner, se elevó, hizo pum y adentro. Me pareció una bestia, un fenómeno. Empecé a ir a verlo entrenar, me fijaba en cómo le pegaba a la pelota, era una belleza.
-Quién iba a decirte que una lesión del Bambino te iba a abrir la puerta de la titularidad, ¿no?
-Sí, imposible de imaginar. Pero antes pasó otra cosa. Al año siguiente me suben de la cuarta a la Reserva, jugamos contra Racing y perdemos 7 a 0. Además, me habían pegado un “hombrazo” y casi me caigo en el foso. Me fui a la pensión pensando “qué lejos estoy de todo, me falta un montón”. Así que el lunes fui a ver al médico para pedirle una autorización para ir al gimnasio. Me recomendó un profesor que se llamaba Rivas. Fui a hablar con él esa misma tarde. Le dije: “Mire, yo tengo velocidad y gambeta, pero me falta potencia. Necesito fortalecer todo”. Empecé a trabajar y me convertí en un enfermo, miraba todos los días a ver si me crecían los bíceps, y a las diez de la noche estaba en la cama. Hasta que un día me tocó enfrentarme con el Ropero Díaz, aquel delantero grandote que jugaba de 11. Voy a chocar, lo desequilibro y lo tiro. ¡Faaaaaa! No te imaginás cuando volví a la pensión, una locura total. Después tuve que parar un poco porque me pasé del otro lado, quería parar la pelota y me rebotaba. Nunca más dejé de trabajar en lo físico, hasta ahora.
-Entonces sí te llegó la oportunidad en el equipo del 68.
-Sí, yo había debutado en el 66 y al año siguiente jugué varios partidos y metí 6 goles. Pero no era titular. Estaban Veira, el Toti Veglio, incluso el Loco Doval, que jugaba por la derecha aunque era 9. Hasta que un día se desgarra el Bambino. Tenía para 45 días de recuperación y Doval estaba suspendido por aquella historia con la azafata en el avión. Ahí me agarra Tim, el técnico brasileño, y me pide que juegue por la derecha. De entrada me negué, pero un amigo me hizo ver que era una tontería. A la mañana siguiente hablé con Tim y le dije que lo había pensado mejor. Así se armó la delantera conmigo por derecha, Veglio y el Lobo Fischer por izquierda.
-Y entraron en la historia como Los Matadores.
-Yo siempre hablo del contagio. No es fácil encontrarte con grandes jugadores e integrarse con ellos. Tuve esa suerte. Tenías al tucumano Albrecht, a Villar, al Toscano Rendo, que ponía la pausa y la tranquilidad para jugar; al Cordero Telch, para mí uno de los grandes números 5 que tuvo el fútbol argentino; a Victorio Cocco, que cabeceaba bárbaro y llegaba al gol; a Veglio, que era un jugador muy fino con la pelota y bajaba al medio a distraer; al Lobo, que desbordaba constantemente. Venían a vernos hinchas de otros equipos, el Gasómetro se llenaba en todos los partidos.
-¿Cuál fue mejor equipo? ¿Ese o el River del 75?
-Es bravo elegir. Ese River tenía a Fillol, Perfumo, Passarella, Mostaza Merlo, Alonso, Jota Jota… Se me hace difícil comparar porque eran diferentes entre sí.
-¿Con cuál disfrutabas más adentro de la cancha?
-Es que ahí está el tema. En Los Matadores yo era puntero derecho, pero en River yo ya había pasado por Defensor Lima, donde cambié mi forma de jugar. Porque ahí me encontré con Miguel Tojo y con Roberto Challe, y aprendí a arrancar desde más atrás, haciendo la corta, no sólo la larga para correr. Me di cuenta de que con Jota Jota y Alonso podía hacer lo mismo o incluso tirarme casi de 5 para buscar un espacio donde nadie me marcara y me encontraba mejor, aunque Labruna siempre me pedía que me fuera de punta para hacer goles.
Los tres grandes maestrosPedro González sigue haciendo garabatos sobre los manteles individuales de la cafetería Glorias. Le apasiona el fútbol, le apasiona el juego. Y volcar todo aquello que fue absorbiendo partido tras partido. “Todos los grandes números 3 de mi época tenían el mismo problema: eran lentos para girar. ¿Qué hacía yo? Le decía al Negro López que iba a venir acá, a pedirla corta, pero él me la tenía que tirar justo a la espalda del marcador, no muy larga, porque yo les ganaba en el giro y no me agarraban más. Se lo hice a Marzolini, que para mí era el mejor de todos, al Chivo Pavoni, que si te agarraba acá, más adelante y te ibas, te mataba”.
-Vos decís que aprendiste con los años, pero habrás tenido maestros, ¿quiénes fueron los principales?
-Te los digo por orden de aparición en mi carrera: Tim, el Toto Lorenzo y Labruna.
-Sigamos el orden, ¿qué te dejó Tim?
-Se fijaba mucho en la técnica individual de cada jugador. Él lo llamaba a Rendo, por ejemplo, y le decía: “¿Usted se da cuenta que para marcar sólo usa la pierna derecha y por eso marca mal?”, y lo hacía trabajar para mejorar en ese aspecto. A mí, cuando me puso por la derecha, me explicó con chapitas de botellas qué era exactamente lo que quería que hiciera. Para mí, estas cosas son las que ganan partidos, más que conocer los errores de los contrarios.
-A Juan Carlos Lorenzo lo tuviste poco tiempo, cuando volviste en el 73 a San Lorenzo.
-Exacto, pero fue suficiente. Era un monstruo. Estaba pendiente de los detalles mínimos. Los lunes agarraba al León Espósito y empezaba: “El que vas a marcar el domingo te quiere ganar el departamento y los que se tienen que ganar el departamento son ustedes”. Así toda la semana. Cuando llegaba el domingo, Espósito se lo quería comer al que tenía enfrente. Vos necesitás que el técnico te inquiete.
-¿Y en cuanto al juego o los entrenamientos?
-En esa época, él aplicaba cosas que traía de Europa, como el 5 contra 5, que ahora vemos como algo natural. Nos hacía jugar en espacios reducidos con arcos grandes para que también trabajaran los arqueros; 25 minutos de ida y vuelta constantes. Te morías. En lo táctico, podía jugar 4-3-3 o 4-4-2, porque tenía volantes que llegaban al gol. Era un equipo muy bravo el del 73, te ganaba corriendo y jugando.
-Con Labruna estuviste en River y después en Talleres.
-Ángel era un gran formador de grupos. Lo demostró en River, Talleres, Central, en todos los clubes que dirigió. Cuando un entrenador sabe manejar el grupo lo lleva de la mano, y no cualquiera sabe cómo hacerlo. Era un tipo de café, de barrio, un tipo bicho que te compraba. Vos te sentabas a una mesa con él y te sentías bien. Llegó un momento en que ya no era un técnico, sino un padre para nosotros.
-¿Cómo debería ser un entrenador ideal?
-Debería tener el conocimiento justo del plantel para hacer lo que él quiere y ser simple a la hora de explicárselo a cada uno. El jugador es sano, va a hacer lo que le pidas. Eso sí, no te equivoques porque si no, vas de contramano. Y tenés que saber complementar a tus jugadores. Fijate la selección antes y después de Scaloni. Antes, Messi jugaba con doble cinco defensivo: Scaloni le puso alrededor a Mac Allister, a Enzo Fernández, a Julián Alvarez, toda gente con la que él tocaba y se la devolvían con papel celofán y un moñito. Entonces se sintió feliz e hizo lo que hace un superclase.
-¿Messi es el mejor jugador que viste?
-Yo estaba sentado en el banco de suplentes y vi a Pelé. Tenía todo. Porque además de lo que hacía con la pelota sabía defenderse cuando iban a pegarle. Y mirá que le pegaban, eh. Pero hubo épocas. Estuvo la de Pelé, la de Maradona, y esta última, la de Messi.
River, el alivio y la explosiónDespués de una breve segunda etapa en San Lorenzo, Pedro González volvió a Perú a culminar su contrato con Defensor Lima y sumar un título más a su colección. Tuvo ofertas para ir a México y a Colombia, pero quería volver definitivamente al país. Le pidió permiso a Osvaldo Zubeldía para entrenarse con San Lorenzo, y en eso estaba cuando un periodista que lo conocía de su paso por Boedo se acercó a su casa para decirle que había hablado con Labruna, que le comentó que quería al expuntero de Los Matadores para el proyecto que estaba armando en River para terminar con los 18 años de sequía. “Sí, me interesa. Hagamos una cosa: arreglalo y te pago la parte que les toca a los empresarios”, fue la respuesta. Un día después, el delantero correntino, junto con Roberto Perfumo, que venía del Cruzeiro de Brasil, hacían juntos un viaje de 15 horas en tren hasta Necochea para sumarse al plantel: “Nos tomamos dos millones de cafés. No pude dormir por tres días, jajajaja”.
-¿Ustedes realmente eran conscientes de todo lo que vivía la gente de River ese año?
-Nos dimos cuenta en el primer partido de la pretemporada, en el estadio San Martín de Mar del Plata. Los hinchas de River ocupaban todas las tribunas, porque veían que era un equipo para salir campeones y nosotros también empezamos a creerlo.
-¿Qué significó romper el estigma de los 18 años y los segundos puestos?
-Fue algo muy, muy fuerte. El boom total. A partir de ahí ya fue otra cosa. El título nos permitió manejar los tiempos. Esperar más en mitad de cancha para salir rápido de contra, resguardar un poco más al Pato Fillol, que por otra parte era una bestia que tapaba cinco mano a mano por partido.
-Pero antes de dar la vuelta olímpica tuvieron que sufrir un poco.
-Sí, eso fue cuando se lesionó Alonso. Yo no vi otro jugador con más creatividad que el Beto. Te podía sorprender con un remate de media distancia, con un cabezazo, con un pase milimétrico. Nosotros hacíamos el sacrificio en el medio -yo me tiraba como 8, Jota Jota iba de 5 y Mostaza sobrando por detrás-; todo para que Alonso no tuviera que bajar a buscarla, para que se quedara para recibir cerca del área que era donde les armaba los líos a los rivales. Cuando él se lesiona y perdemos con Boca la gente empezó a preocuparse, y encima después vino la huelga. Siempre creí que ese partido con Argentinos Juniors en cancha de Vélez tendría que haberse suspendido. River llevaba 18 años sin salir campeón, ¿qué le hacían dos días más o menos? Menos mal que los pibes ganaron.
-Después se desquitaron con varios títulos al hilo, a pesar de los cambios en el plantel.
-Sí, porque siempre venía otro igual de bueno que el que se iba. Se fue el Puma y llegó Luque, que se tiraba un poquito al medio y permitía que Alonso fuese más de punta. Para los segundos tiempos estaba la Pepona Reinaldi, otro 9 que sabía jugar. Más tarde vino Carrasco, y al final Ramón Díaz, que era nuestro auxilio, porque con la velocidad que tenía le tirabas un par de pelotazos y nosotros veíamos los goles desde la vereda de enfrente.
Las deudas pendientesPrácticamente no hay jugador que no se haya retirado con la sensación de dejarse alguna deuda pendiente. Un título que no ganó, un sueño sin concretar, una experiencia que le hubiera gustado vivir. Mirado desde afuera, cualquier espectador podría afirmar que a Pedro González se le sumaron varias. No ganó copas internacionales, pasó fugazmente por la Selección y su carrera como director técnico fue relativamente corta y con festejos escasos, más allá de un ascenso a la B Nacional con Deportivo Laferrere. Sin embargo, no surgen reproches de fondo en su discurso. En las explicaciones de cada circunstancia puede aparecer alguna crítica puntual, aunque la conclusión sea que “eso que le faltó” era nada más que el postre de una carrera muy rica en alegrías.
-¿Por qué no ganaron esa final de Libertadores del 76 a la que llegaron con tu gol a Independiente?
-Porque en el desempate con Cruzeiro en Chile nos faltaron Fillol, Perfumo, Passarella, Héctor López y Jota Jota. Era otro equipo. Fue una pena, porque si nosotros estábamos completos, los pasábamos por arriba. Ellos venían sin nafta, muy cansados. Nos ganaron con la individualidad de un par de jugadores, nada más. En la Libertadores me quedé más caliente con la semifinal que perdimos con San Lorenzo en cancha de Independiente, en el 73.
-¿Cómo fue eso?
-Fue el último partido de la ronda y nos alcanzaba con el empate. El Toto Lorenzo se pasó 20 días diciéndome que yo era Garrincha. Ni siquiera me llamaba por el nombre. Garrincha de acá, Garrincha de allá. Yo llegaba a casa y le decía a mi mujer: “No me toqués que soy Garrincha, jajajaja”. Vamos a la charla técnica el día del partido. Aparece el Toto, me mira y me dice: “Discúlpeme, viejo. Me llamó Zubeldía. Tengo que marcar a Pavoni, así que va a jugar el Lele Figueroa”. ¡Me sacó! Pasé de ser Garrincha al cartonero Báez. En esa época, los suplentes íbamos a la platea, no al banco. Hacía un frío terrible esa noche. Al principio del segundo tiempo, gol de Giachello para ellos. Sobre los 25 minutos Lorenzo me manda llamar para que entre: “¿Ahora? Ahora que juegue él”. Tardé más de diez minutos en calentar y entrar. Perdimos y nos quedamos afuera.
-¿Por qué jugaste tan poco en la Selección? ¿Estuviste en el plantel que perdió con Perú las eliminatorias para México 70, no?
-Sí, me comí 25 días concentrado en Bolivia para aclimatarme a la altura, pero no jugué. Nos echaron a todos, a Veglio, a Fischer, a mí. Había unos doctores franceses que estaban estudiando los efectos de la altura y les servimos de sparrings, así que en la AFA sabían quién podía rendir mejor y cuántos días necesitaba cada uno para estar bien. Veglio y yo andábamos por los 7-8 días, el Lobo Fischer era un boliviano más. ¿Cómo nos vas a dejar afuera? Pero fue así. Se había ido Maschio, pusieron a Pedernera y me llamó por teléfono su secretaria para decirme que no seguía. Le pregunté, “¿y vos quién sos? Que me llame él”. Me dolió en el alma, es algo que no me voy a olvidar nunca más.
-Mucho después jugaste en la serie internacional que se organizó acá antes del Mundial 78.
-Sí, contra Escocia y Francia. Leopoldo me contó que la idea del Flaco era juntarme con Ardiles por acá, por derecha , para salir y llegar al gol. En punta iría él, Bertoni por izquierda y Kempes por el medio. Pero en un partido contra Banfield giré porque se me cruzó el tres de ellos y me hice una distensión de rodilla. No me rompí los ligamentos, pero anduve cerca. Estuve 45 días parado y ahí perdí mis chances. Evidentemente, la selección no era para mí.
-¿Qué clase de entrenador fuiste?
-Trataba de complementar un poco la disciplina de Lorenzo y la soltura de Labruna, así fue como ascendí con Laferrere. Pero siempre tuve complicaciones. Trabajé en El Porvenir, en Arsenal, tres veces en Lafe y al final en Mandiyú. A mí me gusta trabajar bien, pero también tenerlo bien al jugador. Si le debés plata al futbolista no le podés exigir. Entonces me iba. En Laferrere hubo una época donde prácticamente había dos presidentes, Rubén Costoya y el diputado Roberto Cruz, a unos jugadores les pagaban en dólares y a otros en pesos. Era un despelote y yo tenía que solucionarlo.
-El último escalón fue Mandiyú. Te contrata el mismo Roberto Cruz para salvarlo del descenso.
-En realidad, cuando Cruz le compra el club a Sefarián le ofrece el cargo al Bambino Veira. Yo iba a ir de ayudante, pero el Bambino me dice que agarre directamente yo. Zafamos del descenso (se fue Estudiantes), pero empieza la pelea para reforzar el equipo. Yo le pedía tres jugadores y él quería llevarme a otros por menos plata. Estuve cinco partidos y traen a Diego para reemplazarme. Ahí pensé: “Si acá también se mete la política, ¿para qué voy a luchar?”. Entendí que los dirigentes no te dejan accionar como se debe. Quieren que seas su socio para manosearte. Y a uno lo contratan para dirigir, no para ser socio de ellos. Entonces decidí no seguir más.
Cada tanto, alguien se acerca y lo saluda. Ignacio Scocco mira de reojo mientras toma café en la mesa de enfrente. Pedro Alexi González devuelve sonrisas y apretones de manos. Se lo ve feliz, disfrutando de “su mundo”. Las marcas del área y la raya de fondo, de diagonales y retrocesos, de posiciones de jugadores que “se mueven”, siguen dibujadas en el mantel individual, como para atestiguar que la sabiduría acumulada en tantos años de fútbol continúa intacta.