Inteligencia artificial y el riesgo de pensar la escuela a medias
Un alumno puede pedirle a una inteligencia artificial que le explique un tema, que le resuma un libro o que le escriba un trabajo entero en segundos. Entonces la pregunta ya no es si la escuela deb...
Un alumno puede pedirle a una inteligencia artificial que le explique un tema, que le resuma un libro o que le escriba un trabajo entero en segundos. Entonces la pregunta ya no es si la escuela debe incorporar tecnología, sino algo mucho más incómodo: ¿sigue sirviendo una escuela organizada en torno a transmitir contenidos?
Detrás de esa organización hay una determinada concepción de la enseñanza: aquella que tiende a entender educar principalmente como la transmisión de información ya elaborada, donde el docente explica y el alumno recibe, memoriza y reproduce.
Ahora bien, si ese modelo se mantiene intacto y simplemente reemplazamos al docente por una inteligencia artificial que explique, resuma y produzca información, en el fondo no cambia nada: se conserva el mismo paradigma educativo, sólo que con otro actor ocupando el mismo lugar.
Durante décadas, incluso con reformas y ajustes, la escuela pudo sostenerse sobre ese esquema porque el acceso al conocimiento era limitado y el docente cumplía una función insustituible como mediador. Hoy ese escenario se ha transformado radicalmente: la información es sobreabundante, inmediata y accesible. La inteligencia artificial acelera este proceso hasta volverlo evidente. El problema educativo ya no es el acceso, sino el uso, el sentido y la capacidad de discernir qué información vale realmente como conocimiento. En este contexto, insistir en una lógica enciclopédica -acumular contenidos, “dar temas”, evaluar retención- no solo resulta insuficiente sino que se vuelve anacrónico. El verdadero desafío es pasar de una educación centrada en contenidos a una educación centrada en la formación del juicio.
Comprender no es repetir información ni producir respuestas correctas. Comprender es un acto intelectual por el cual la persona capta la realidad de algo, reconoce sus relaciones, su sentido y su verdad, y puede integrarlo en un juicio propio. Supone interioridad, experiencia, contexto y una referencia a la verdad de las cosas. Por eso, la comprensión no es delegable: puede ser ayudada, estimulada, orientada, pero no sustituida. La inteligencia artificial puede asistir en el procesamiento de información, pero no puede comprender por nadie, porque no tiene acceso a la realidad como tal ni conciencia de verdad, ni responsabilidad sobre los datos procesados. Puede generar respuestas plausibles, pero no sabe lo que dice.
La inteligencia artificial, bien utilizada, puede convertirse en una aliada poderosa en este proceso. No para diluir el aprendizaje, sino para entrenar el pensamiento. Puede ofrecer múltiples explicaciones, perspectivas y errores posibles, obligando al alumno a comparar, justificar, reformular, aplicar. Puede funcionar como un verdadero campo de entrenamiento del pensamiento, siempre que el docente oriente la interacción y evite que una respuesta correcta o bien redactada sea confundida con haber comprendido.
Sin embargo, hay un riesgo importante en el debate actual: que, al concentrarnos en la relación entre IA y conocimiento, reduzcamos la escuela o el colegio a su dimensión intelectual. Y la escuela —como el colegio— es, o debería ser, mucho más que eso.
Educar es formar el carácter, la afectividad, la vida emocional, la capacidad de vincularse con otros, de respetar normas, de aceptar límites que no son opresivos sino protectores. Es ayudar a construir una postura frente a la vida, una comprensión del sentido de lo humano, una apertura a la dimensión espiritual de la existencia, no necesariamente en clave religiosa, pero sí como pregunta por el sentido. Es promover hábitos, virtudes, responsabilidad. Es también el espacio donde se desarrollan el cuerpo, el deporte, la sensibilidad estética, la capacidad de crear, de expresarse, de producir arte.
Nada de esto puede ser reemplazado por la inteligencia artificial. Pero tampoco puede quedar fuera de la discusión. Más aún; el avance de la tecnología trae consigo desafíos como el uso intensivo de pantallas, la lógica de la gratificación inmediata, los mecanismos de recompensa variable propios de redes sociales y plataformas digitales están generando efectos preocupantes, especialmente en niños y adolescentes: dificultades de atención, debilitamiento de las funciones ejecutivas, menor tolerancia a la frustración, problemas en la regulación emocional. En este contexto, la escuela y el colegio no pueden limitarse a adaptarse a la tecnología: deben también educar en su uso y, cuando es necesario, poner límites.
Por eso, el verdadero desafío no es solo incorporar la inteligencia artificial en la educación, sino repensar integralmente qué es educar en una época donde la tecnología redefine el acceso al conocimiento, pero no sustituye -ni puede sustituir- la formación de la persona.
Rector del Colegio Los Robles