Milei y las reglas de la democracia
“Le voy a interrumpir el uso de la palabra si no se dirige de usted al jefe de Gabinete”, afirmó el presidente de la Cámara de Diputados, Martín Menem, al diputado radical, Pablo Juliano, en...
“Le voy a interrumpir el uso de la palabra si no se dirige de usted al jefe de Gabinete”, afirmó el presidente de la Cámara de Diputados, Martín Menem, al diputado radical, Pablo Juliano, en la presentación del jefe de ministros en el recinto. Y lo hizo: cortó el audio al legislador que reclamaba la renuncia del funcionario tuteándolo. Puede ser un hecho anecdótico si no fuera porque en el mismo evento institucional el presidente Javier Milei llamó “asesinos” a diputados opositores del bloque de izquierda y al entrar y salir del Congreso llamó “corruptos” y “chorros” a los periodistas apostados en un pasillo intentando cumplir con su trabajo. También, en ese mismo recinto, Javier Milei calificó de “asesinos”, “ladrones”, “burros”, a diputados el 1° de marzo pasado, en plena Asamblea Legislativa para la apertura de sesiones ordinarias. Milei parece tener permitido poder insultar a cualquiera; los diputados, que tienen la misma legitimidad de origen que el presidente, deben hablar de “usted” para no incurrir es una falta de respeto. Es decir, en el “juego democrático” que invita el oficialismo se puede silenciar a un diputado por no tratar de “usted” a un funcionario, pero el presidente de la Nación está habilitado a insultar a opositores, empresarios y periodistas, de la peor manera y sin denuncias penales concretas que respalden esos dichos, algo que ya sucede a diario y que, por el bien de la república y la convivencia democrática, no deberíamos normalizar.
El gesto político de acompañar a Manuel Adorni al Congreso es peligroso y puede generar derivaciones ingratas al propio Milei, que pareció optar, por recomendación de su superpoderosa hermana Karina, en arriesgarse a ser el fusible de su jefe de Gabinete, todo lo contrario a lo que debería ser. La pregunta ahora sería “¿qué pasará si la Justicia encuentra culpable a Adorni de enriquecimiento ilícito?”, sencillamente el Presidente y todo su gabinete podrían ser considerados corresponsables políticos directos y deberían asumir las consecuencias. Un desgaste político comprado muy barato y al por mayor. La pregunta que sobrevuela todo el ambiente político es: “¿por qué los Milei defienden tanto a Adorni?”, sobre todo después de conocerse el despido del secretario de Coordinación de Infraestructura, Carlos Frugoni, tras haber reconocido que tenía siete departamentos en Miami que no había incluido en sus declaraciones juradas ante ARCA y la Oficina Anticorrupción. Propiedades que había adquirido antes de ser funcionario. Al ministro Manuel Adorni se le cuestiona lo mismo -además del origen de esos fondos- pero con propiedades adquiridas ya siendo funcionario, lo que sería aún más grave.
Todo tiene una explicación. Milei cree que, en lugar de ser una parte importante de la democracia y las instituciones, éstas giran a su alrededor y es por eso que se enardece cuando no consigue las respuestas institucionales esperadas, toma decisiones reprobables y desacertadas.
En los últimos días, la imagen del Presidente en todas democracias occidentales está quedando muy deteriorada porque la noticia sobre su decisión de cerrar la sala de prensa de la Casa Rosada para investigar un presunto caso de espionaje recorrió los portales de información de todo el mundo. Es inimaginable que en cualquier república democrática la sala de prensa de la sede gubernamental se cierre por decisión oficial. Para muchos es un dato menor ante los problemas sociales y económicos que atraviesa el país, pero de seguir avanzando sobre la prensa de ese modo no extrañaría que en el futuro se intente impedir que informemos sobre esos problemas.
Milei parece tener reglas propias para vivir en democracia, y en eso guarda cierta similitud con otros líderes de la nueva derecha mundial como Donald Trump, Jair Bolsonaro -ambos enjuiciados y con el brasileño condenado por intentar interrumpir el orden institucional- Nayib Bukele en El Salvador, que suprimió el estado de derecho o el reciente derrotado Viktor Orban en Hungría, que modificó la Constitución para desarrollar un régimen autoritario desde dentro del marco de la democracia liberal, entre otros. Todos ellos referentes de la nueva extrema derecha que en el mundo fueron avanzando sobre libertades consagradas en todo modelo democrático que se precie de cumplir con las normas básicas: elección de representantes, independencia de poderes, libertad de expresión, mismos derechos para todos ante la ley.
La relación de las extremas derechas con la democracia es completamente distinta a la que supieron tener los regímenes autoritarios históricos. En esos tiempos era muy visible la línea que los separaba. Hoy, los modelos que giran hacia el autoritarismo en su formato siglo XXI (tanto de derecha como de izquierda), no buscan abolir las formas democráticas, sino intervenirlas, deteriorarlas, transformarlas desde su interior, buscar el descreimiento social en ellas. Además, como otro signo de época, la democracia ya no aparece como una conquista por defender, sino más bien como un modelo de libertad, pero con una gran deuda, porque no solucionó los problemas de fondo para el bienestar de las sociedades. A Bukele, en El Salvador, se le permitió anular todos los derechos civiles porque logró controlar la inseguridad en manos de pandillas delictivas. Pero hoy la policía puede ingresar a cualquier hogar y apresar a un ciudadano sin el debido proceso judicial. Ahora se habla de “desaparecidos” en ese país centroamericano, sin embargo, Bukele fue el primer presidente latinoamericano que tuvo su bilateral en la Casa Blanca con Trump, es admirado y citado por Javier Milei, Luis Petri, Patricia Bullrich, y muchos legisladores oficialistas.
En gran parte del mundo, en los últimos años, comenzó a percibirse una desvalorización de las instituciones producido por un divorcio entre las demandas de la economía y lo que propone la política. Votar es la base de la democracia, pero habitar en este sistema es mucho más que elegir gobernantes. La extrema derecha entendió que la democracia dejó de ser una promesa emancipadora y solo es un instrumento para instalar modelos económicos de libre mercado sin regulaciones estatales. Magnates como Elon Musk y Peter Thiel, ambos admirados por el presidente libertario, no solo adhieren a estas ideas, sino que además las financian. Thiel fue muy claro en su ensayo La educación de un libertario, publicado en 2009, cuando dijo: “Ya no creo que la libertad y la democracia sean compatibles”. Musk es reconocido por financiar la campaña de Trump, en más de 250 millones de dólares, para luego acceder a un cargo ministerial en su administración, desde donde solo se dedicaba a desprestigiar a periodistas y opositores con agravios e insultos. En esto se advierte que Milei no inventó esas formas.
Está claro que, cuando el presidente grita “¡Viva la libertad, carajo!”, no se estaría refiriendo a libertad de expresión o de definiciones u opciones individuales, sino que el énfasis está puesto en la libertad de mercado en su máxima expresión. Los Milei ideológicamente desprecian el Estado, pero se sirven del poder que les otorga, así como lo hicieron los gobiernos populistas con la obra pública. Se puede decir que el escándalo $LIBRA es producto de esa creencia y comportamiento.
Criticar, informar o cuestionar esas posturas, o los hechos de corrupción que están en la justicia, irrita al Presidente de tal modo que comete excesos institucionales que nada tienen que ver con la libertad. Pretender confundir periodismo con espionaje parece ser una excusa para cercenar la libertad del trabajo periodístico, pero repostear la imagen de una periodista esposada y vestida de presa como hizo con la colega Luciana Geuna es extralimitarse. Es que gran parte del secreto para descifrar y entender el comportamiento de los líderes con modos y aspiraciones autoritarias que gobiernan en modelos democráticos es su poco inocente desconocimiento de lo que significa la asimetría del poder.
Fuente: https://www.lanacion.com.ar/opinion/milei-y-las-reglas-de-la-democracia-nid30042026/