Lecturas: un fragmento de Dos extraños, de Luis Gusmán
Adrián Venturi aguardaba para abordar el avión con destino a Mar del Plata. Por ser domingo y uno de los primeros vuelos de la mañana, en Aeroparque había pocos pasajeros. Calculó que hacía m...
Adrián Venturi aguardaba para abordar el avión con destino a Mar del Plata. Por ser domingo y uno de los primeros vuelos de la mañana, en Aeroparque había pocos pasajeros. Calculó que hacía más de seis meses que no subía a un avión. La última vez había sido a principios de la primavera, cuando viajó a Londres con Mercedes. Su mujer quería acompañar a Camila, su sobrina, y a su marido. Una pareja de bailarines de tango que fue contratada para bailar en un pequeño teatro en Portobello. También Adrián había sido invitado a cantar tangos.
Mirar la ciudad desde el cielo le producía vértigo. Respiraba tranquilo cada vez que desde la ventanilla veía que la máquina se aproximaba a la pista, cerraba los ojos hasta sentir que las ruedas tocaban el suelo. Se reprochó no haberles dicho a los organizadores de Encuentro con el Tango, que él solo viajaba en micro. Pero la timidez lo fue demorando y de golpe se encontró con el miedo en la cara.
El miedo a viajar en avión llevaba muchos años. La mitad de su vida. Desde los treinta. Lo había experimentado por primera vez en un vuelo a Brasil. Volaba desde Río para actuar en un festival de tango en el Teatro Nacional de Manaos. En el momento de aterrizar, el piloto hizo una maniobra brusca y el avión remontó vuelo. Por dos horas se perdió en una masa neblinosa. Aterrizaron de emergencia en el aeropuerto El Pantanal, en pleno Mato Grosso. Ni el aire acondicionado del aeropuerto podía atenuar la temperatura. Por el miedo y el calor, la ropa se le pegaba al cuerpo. El Pantanal, más que un aeropuerto, era una pista en medio de la selva. En el cielo volaban pájaros que no había visto nunca. Algunos de ellos tenían un canto y un color extraños. Escucharlos lo inquietaba. Se emborrachó con caipiriña. Él nunca había apelado a la jeringa o a la blanca. Con otros cantores estuvo siete horas varado en tierra, hasta que repararon el avión y, por fin, volaron de vuelta a Manaos. Cantó en el Teatro Nacional. Venturi siempre seducía al público interpretando los temas que le pedían, aunque no es-tuvieran en su repertorio. Esa noche, en otra lengua, nadie le pidió ningún tema. Entonces, como en El Pantanal, se sintió perdido.
Calculó el tiempo que tardaría en llegar a Mar del Plata. Sería un vuelo corto. Cada vez que viajaba en avión, iba recordando letras de tango hasta conciliar el sueño.
Durante el vuelo volvió a oír el zumbido en los oídos. Dos semanas antes de viajar había visitado al médico, quien sin vacilar le había diagnosticado: “Acúfenos: lo van a acompañar toda la vida”. Lo dijo con una tranquilidad que suponía idéntica en su paciente, que se le quedó mirando.
A Venturi, acúfenos le parecía el canto de aquellos pájaros del Amazonas o todavía peor, un insecto asqueroso que se había anidado en sus orejas; o tal vez, el nombre de una planta exótica como las que había en el Pantanal, pero nunca una afección en el oído. Imaginó el laberinto auditivo como un tubérculo intrincado, una hiedra que crecía de manera informe.
“Me voy a tener que acostumbrar”, murmuró en voz baja, pero ni él mismo creyó lo que estaba diciendo. El otorrino fue todavía más contundente: “Nada que hacer. Puede escuchar música clásica. Serena, apacible”. Le pidió unos estudios sobre la presión auditiva. En ningún momento Venturi le dijo que era cantor. Le dio vergüenza porque estaba decidido a no seguir ninguna indicación que le diera el médico. Le habló de un daño producido por un ruido excesivo que habría sufrido el oído. Un trauma que era imposible saber cuándo había sucedido. Recordó que, a partir de cierto momento, cantar con una orquesta comenzó a aturdirlo y decidió quedarse solo con el bandoneonista. Se olvidó con qué tango fue cerrando los ojos. Cuando los abrió, reconoció los depósitos y los galpones del aeropuerto, entonces respiró hondo. El suspiro coincidió con el aterrizaje y el final del estribillo con que se presentaba cada vez que subía a un escenario y que repetía cada vez que abordaba un avión, palabra por palabra, con la memoria estricta de un rezo.
En el aeropuerto tomó un taxi hasta el hotel. En el trayecto vio un afiche donde se anunciaba Encuentro con el Tango. Esta vez, él era la figura que inauguraba el evento. Se hacía cada dos años y comenzaba ni bien se iniciaba el otoño. Cada mes actuaba un cantor diferente y sus imitadores. Como no quería que nadie lo reconociera, se ocultó detrás de sus lentes de sol. En el trayecto intercambió con el chofer algún comentario sobre el clima.
A las diez de la mañana entró al Hotel Guerrero. Se dio cuenta de que actuaba como si estuviera escondiéndose. Por eso, cuando la recepcionista le entregó la llave de la habitación se sintió aliviado. Subió en el ascensor. Se miró al espejo y, hablándole, se tranquilizó. La habitación estaba en un piso alto y se veía el mar. Se descalzó y en medias caminó por la alfombra roja. Miró el respaldo de la cama, también del mismo color. Junto a la ventana había dos sillas aterciopeladas. El mobiliario parecía exigir una compañía femenina. Se le cruzó la pregunta de por qué no había viajado con Mercedes. Miró la hora, lo más probable es que su mujer estuviera en el consultorio.
Pedro, su bandoneonista, no lo había podido acompañar. Lo extrañaba, eran un dúo. “No estoy solo, sino acompañado por los acúfenos”, dijo en voz alta, como si el ruido de las olas estuviera en sus oídos.
“Recordó que, a partir de cierto momento, cantar con una orquesta comenzó a aturdirlo y decidió quedarse solo con el bandoneonista. Se olvidó con qué tango fue cerrando los ojos. Cuando los abrió, reconoció los depósitos y los galpones del aeropuerto, entonces respiró hondo. El suspiro coincidió con el aterrizaje”
Encendió el televisor. En un canal de tango anunciaban el Encuentro. Se detuvo un instante y lo apagó. Ya tenía calculado qué tangos iba a cantar. Después se encerraría en el camarín y se aflojaría el nudo de la corbata. En cada actuación estrenaba una nueva. Acarició la que había elegido y murmuró: “Es de seda, como la voz de Charlo”. Después de acomodar su ropa en el placard, bajó al bar a to-mar un whisky. Como no eran ni las once de la mañana, decidió pedir un café. Ya se había alojado otras veces en el hotel, pero a ese barman no lo conocía. Sin embargo, fiel a su costumbre, comenzó a hablarle. El tiempo suele ser un pretexto para iniciar una conversación entre dos desconocidos.
El clima y la salud eran temas inseparables en la vida del barman. Esos dos motivos habían decidido que se radicara en Mar del Plata. En la muñeca usaba una pulsera de cobre contra el reumatismo. A pesar de su juventud, resumía su decisión en una sola palabra y, cuando la pronunció, le cambió la expresión de la cara: reuma. Y aunque el cantor y el barman eran dos des-conocidos, se estableció entre ellos una comunión secreta dada por el padecimiento y la enfermedad.
El barman le mostró sus manos deformadas. El cantor recordó las manos de Rivero, su coraje para exhibirlas frente al público tomando el micrófono como si fuera el mundo; también las manos de Morán, por las que suspiraban las mujeres. Con un ademán vergonzoso trató de esconder las suyas, demasiado pequeñas. Hizo el mismo gesto que hacía cuando cantaba, pero sintió que delante del barman no tenía por qué ocultarlas. Entonces las colocó sobre la barra y conversaron con la confianza que da compartir una desgracia.
Por esa condición efímera que tiene un encuentro en un bar de hotel, donde la conversación puede pasar de lo superficial a lo íntimo, ni siquiera había transcurrido una hora y ya se sentían amigos, sin que ninguno supiera el nombre del otro.
Venturi calculó que sus imitadores ya podrían estar en el hotel. Los conocía del último Encuentro realizado hacía dos años. No tenía ganas de cruzárselos. Sintió un escalofrío. Fue como si los hubiese llamado. En ese momento, el barman le daba la espalda. Por el espejo, vio entrar al que era óptico. Faltaba el otro. Entonces miró hacia la puerta del hotel y vio al martillero bajar de un taxi. Tuvo suerte de que se demorara en pagar y que su compañero se entretuviera mirando unos souvenirs en las vitrinas de la boutique del hotel. No quería que los imitadores lo vieran. Sin despedirse del barman, se dispuso a escapar. Pero antes le dijo: “Por favor, si estos preguntan por un tal Venturi, que es mi apellido, usted no me vio. La próxima le cuento”. Bastó una mirada para que se entendieran. Estaba seguro de que el barman cumpliría con su palabra.
Cada vez que Venturi iba a Mar del Plata, caminaba por la Playa de los Ingleses. La recorría de ida y vuelta. Conservaba una foto que le habían tomado a sus padres en esa playa. Los dos están acariciando un gran danés, cuyo dueño debía ser el fotógrafo. Se los veía finos y elegantes. Marta, su madre, y Antonio, su padre, aparentaban tener más dinero del que tuvieron en su vida.
La foto siempre le había llamado la atención porque estaban solos. Ni él, ni su hermana Rosa. En familia siempre habían veraneado en San Clemente. Esa mañana de domingo, mientras caminaba por la playa, lo envolvieron los recuerdos. Faltaban sus padres y el perro. Pero solo había que cerrar los ojos.
Su madre vivía en una persecución cotidiana. Le manchaban la ropa, le cambiaban las cosas de lugar, le quemaban la comida, le robaban los comestibles. Con quien más conversaba era con las plantas. Les contaba cosas íntimas sin dudar de que iban a guardar el secreto. Por eso, se confiaba ciegamente. Nunca cultivó hortensias, porque creía que, en un lugar donde crecen esas flores, las mujeres se quedan solteras. Ella quería que un día su hija se casara. Cuando lo que la rodeaba se volvió sobre ella, como una soga al cuello, fue enloqueciendo de manera progresiva.
“Cada vez que Venturi iba a Mar del Plata, caminaba por la Playa de los Ingleses. La recorría de ida y vuelta. Conservaba una foto que le habían tomado a sus padres en esa playa. Los dos están acariciando un gran danés, cuyo dueño debía ser el fotógrafo. Se los veía finos y elegantes”
A Adrián y a Rosa los había criado su abuela paterna. Y el hijo preferido no era Antonio, sino su hermano, el tío Rubén. Sus abuelos maternos vivían en Haedo. Los veían poco, su madre no se llevaba bien con ellos. Por dos razones su padre se aferraba con uñas y dientes a su trabajo en el Banco Nación. La primera, le permitía estar fuera de su casa sin que nadie pudiera reprocharle nada, especialmente él mismo; la segunda, mantener la obra social de bancarios que cubría los problemas de salud de su mujer. El padre era feliz siendo cajero. Solo tenía una jactancia que a él mismo le pesaba: nunca había recibido un billete falso. Le bastaba con mirarlo. Si tenía alguna duda le bastaba palparlo. Una vez, su hijo lo sorprendió en su habitación, con los ojos cerrados y ejercitando los dedos de sus dos manos, por las que había pasado mucho dinero. A tal punto, que a veces lo obsesionaba una pregunta: ¿cuánto? Entonces, cada tanto, anotaba una cifra y una fecha.
La contrapartida de Antonio era su hermano. Rubén, un hombre de la noche, que trabajaba en su bar hasta la madrugada. Una vida sentimental desconocida en los hechos y conocida en sus cuentos en los que aparecían mujeres de todos los colores de cabello. Platinadas, pelirrojas, rubias, azabache, y una vez un poco borracho había confesado: hasta color ceniza. Un día, el tío escuchó cantar a su sobrino y se lo llevó al bar. Le pagó una profesora de piano y canto. En ese momento, Adrián dejó de ser cadete en el estudio jurídico de un abogado que era cliente del banco y comenzó a trabajar con Rubén. Adrián había conocido a su primer amor en el último año de la secundaria. Con la chica no habían pasado de besarse. Estaban como pegados hasta que un día, sin saber por qué, se despegaron. Eran muy jóvenes, pero locamente se prometieron que de luna de miel irían a Mar del Plata. La historia duró hasta que los dos cumplieron 18 años. Mientras sentía que a cada paso se hundía más en la arena, se entristeció rememorando aquella conversación con la chica. No había sido una despedida, pero intuyó que la próxima vez se dirían adiós. Y no se equivocó.