Violencia en las escuelas: cómo detectar señales , abrir conversaciones y actuar a tiempo
VIOLENCIA EN LA ESCUELA Una guía para familias y docentes: cómo detectar señales, abrir conversaciones y actuar a tiempo 30 de abril de 2026 ....
VIOLENCIA EN LA ESCUELA Una guía para familias y docentes: cómo detectar señales, abrir conversaciones y actuar a tiempo
30 de abril de 2026 . Por María Ayuso
En las últimas semanas, una serie de episodios volvieron a poner en primer plano una preocupación que atraviesa a las familias y a las escuelas: la violencia en las aulas. El caso de Santa Fe, donde un adolescente mató a un compañero, y la viralización de amenazas de ataques en colegios a través de redes sociales encendieron una alarma que no puede ser ignorada. Para los especialistas, estos hechos extremos no aparecen de un día para el otro. Son, en todo caso, la expresión más visible de procesos que empiezan mucho antes: en conflictos que no se abordan, en malestares que no encuentran palabras, en señales que pasan desapercibidas. “Es importante recoger el mensaje y no eliminar al mensajero”, advierte el filósofo y experto en vínculos Juan Pablo Berra. “Detrás de estos episodios hay algo que necesitamos escuchar: muchos jóvenes se sienten solos, invisibles, como si no fueran nada”. La pregunta deja de ser solo qué pasó y pasa a ser otra: qué estamos viendo y qué no en la vida cotidiana de chicos y adolescentes. Con el aporte de expertos de amplia trayectoria, esta guía busca ofrecer herramientas en este sentido: reconocer señales, abrir conversaciones e intervenir antes de que la violencia escale.
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¿Qué es la violencia escolar? VER2
¿Cuándo aparece la violencia? VER3
¿Qué formas de violencia suelen pasar desapercibidas? VER4
¿Cómo influyen las pantallas y las redes sociales? VER5
¿Qué pasa cuando aparece el miedo permanente? VER6
¿Cómo hablar de la violencia escolar antes y después de un conflicto? VER7
¿Cuáles son las señales de alerta que pueden dar la pauta de un conflicto serio? VER8
¿Cómo impacta la violencia en la salud mental? VER9
¿Qué hacer desde la familia cuando aparece una señal de alerta? VER10
¿Qué rol tienen la escuela y los docentes? VER11
¿Cómo hacer de la escuela un lugar donde se pueda hablar? VER12
¿Dónde pueden pedir ayuda las familias y los docentes? VER SUBIR1
¿Qué es la violencia escolar?La violencia en la escuela no se limita a peleas o agresiones físicas. Los especialistas coinciden en que se trata de un fenómeno mucho más amplio, que incluye formas visibles e invisibles de daño: desde el hostigamiento y las amenazas hasta la exclusión, la humillación o la violencia verbal y digital.
“Cuando hablamos de violencia en el ámbito educativo, no estamos hablando únicamente de golpes que ocurren en el patio o en los pasillos. Estamos hablando de un espectro amplio de conductas que dañan, subordinan, excluyen o anulan a personas dentro de la comunidad escolar”, explica Alejandro Castro Santander, psicopedagogo institucional y director del Observatorio de la Convivencia Escolar del Centro de Investigaciones Cuyo-Conicet. Y suma: “La violencia no requiere sangre ni moretones para ser real y devastadora”.
Desde esta mirada, no se trata de un problema individual ni de “chicos violentos”, sino de un fenómeno que se construye en la intersección de múltiples factores: condiciones familiares, clima escolar, experiencias previas, desigualdades sociales y modelos culturales que atraviesan a niños y adolescentes.
En ese entramado, el grupo de pares tiene un peso central. “Muchas veces el miedo a las diferencias lleva a atacar al otro a través de la discriminación”, señala Mónica Toscano, psicóloga y especialista en adolescentes y violencia entre pares. En etapas donde la identidad está en construcción, aquello que aparece como distinto puede vivirse como amenaza y transformarse en motivo de burla o exclusión.
Toscano advierte además que muchas situaciones de gravedad comienzan a edades cada vez más tempranas y están profundamente atravesadas por la necesidad de pertenecer. “Los chicos hacen cualquier cosa con tal de pertenecer al grupo. Dicho por ellos mismos: ‘El grupo es mi vida’”. Y agrega una dimensión que hoy aparece con más fuerza: “Al maltrato verbal, que deja huellas profundas, se suma algo aún más doloroso: el sentirse ignorados. ‘Si no me miran, siento que no existo’”.
Otro punto clave es que la violencia no suele ser un hecho aislado, sino parte de dinámicas que se repite en el tiempo. Y, en muchos casos, quienes la ejercen también están atravesados por experiencias de dolor o falta de herramientas para tramitar lo que les pasa.
En esa línea, Berra aporta: “Detrás de todo acto de violencia hay dolor, tristeza y una profunda sensación de no ser visto. Muchos jóvenes se sienten solos, invisibles, como si no fueran nada para nadie, y la violencia aparece como una forma extrema de expresar ese malestar”.
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¿Cuándo aparece la violencia?La violencia no aparece de la nada. Siempre hay una historia previa, señales que estuvieron pero no se leyeron a tiempo y procesos que se fueron acumulando.
“La idea del ‘episodio impredecible’ o del ‘chico que de repente se volvió violento’ borra lo que se vivió antes pero no se vio, lo que se observó pero no se interpretó, y lo que se interpretó pero no se actuó”, advierte Castro Santander, psicopedagogo institucional y director del Observatorio de la Convivencia Escolar del Centro de Investigaciones Cuyo-Conicet. Detrás de cada situación suele haber malestar acumulado, conflictos no abordados y oportunidades de intervención que se perdieron.
En la práctica cotidiana, esa dificultad para leer a tiempo lo que está pasando aparece como un punto crítico. “Las expresiones de violencia surgen cuando los signos no alcanzan a ser leídos por los adultos”, explica Mónica Toscano, psicóloga y especialista en adolescentes y violencia entre pares.
Cambios en el humor, en el rendimiento escolar o en la forma de vincularse pueden ser señales tempranas, pero muchas veces se confunden con “cosas de la edad” o se minimizan.
La violencia también se vincula con momentos de especial vulnerabilidad. La infancia temprana es clave en la construcción de herramientas emocionales y la adolescencia es una etapa de intensos cambios físicos, psíquicos y sociales. En ese contexto, la necesidad de pertenecer, el miedo a quedar afuera y la dificultad para poner en palabras lo que se siente pueden hacer que el malestar se exprese a través de la agresión.
“Cuando no hay palabras, el cuerpo habla”, explica Castro Santander. “La pelea, el empujón o el insulto son, muchas veces, el único idioma disponible para decir ‘estoy sufriendo’ o ‘no sé cómo pedir ayuda’”.
“Un signo aparece para ser leído”, insiste Toscano. Poder observar, detenerse y preguntar a tiempo puede marcar la diferencia entre una situación que se desactiva y otra que escala.
También influye el lugar de los adultos. Cuando no hay presencia disponible —no solo física, sino emocional— o faltan herramientas para intervenir, aumenta el riesgo de que la violencia aparezca y se sostenga en el tiempo.
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¿Qué formas de violencia suelen pasar desapercibidas?Las formas más visibles, como una pelea o una agresión física, son en general las más fáciles de detectar. Pero no necesariamente las más frecuentes ni las que más daño generan.
“Las que más daño hacen son las que menos se ven y se minimizan con frases como ‘son cosas de chicos’”, señala Alejandro Castro Santander, psicopedagogo institucional y director del Observatorio de la Convivencia Escolar del Centro de Investigaciones Cuyo-Conicet. En la misma línea, Candelaria Irazusta, psicóloga clínica y directora ejecutiva del Equipo Anti Bullying Argentina (ABA), advierte: “Que no haya gritos o golpes no significa que no haya violencia. Muchas veces, el daño más fuerte ocurre en silencio”.
Entre esas formas más invisibles aparecen las microviolencias: burlas, apodos, comentarios sobre el cuerpo o la forma de ser, exclusiones del grupo o rumores que se repiten en el tiempo. Son situaciones que suelen naturalizarse, pero que pueden tener un impacto profundo.
“La palabra también puede ser un golpe. Un golpe que deja huellas a veces imposibles de borrar”, advierte Mónica Toscano, psicóloga y especialista en adolescentes y violencia entre pares. Los insultos o las descalificaciones no son solo palabras: construyen mensajes sobre el valor de una persona y sobre si merece o no ser respetada.
Castro Santander suma que también existe la violencia relacional, como el aislamiento deliberado, la manipulación de vínculos o dejar sistemáticamente a alguien afuera, y la violencia institucional, cuando ciertas prácticas escolares terminan exponiendo o excluyendo, aun sin intención, por ejemplo al avergonzar a un alumno frente al grupo o al responder a situaciones complejas solo con sanciones.
Un problema adicional es que muchas de estas experiencias escapan a los adultos. “La violencia que manifiestan los adolescentes no suele llegar hasta los docentes”, señala Toscano. Esto hace que el sufrimiento pueda sostenerse durante mucho tiempo sin ser intervenido.
Por eso, uno de los principales desafíos es poder reconocer estas formas más sutiles, no minimizarlas y actuar antes de que escalen.
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¿Cómo influyen las pantallas y las redes sociales?Hoy no es posible hablar de violencia escolar sin incluir el mundo digital. Lo que antes terminaba en la puerta del colegio, ahora muchas veces continúa, y se amplifica, en las pantallas.
“Las redes no son la causa de la violencia, pero sí un amplificador y un transformador de su dinámica”, explica Alejandro Castro Santander, psicopedagogo institucional y director del Observatorio de la Convivencia Escolar del Centro de Investigaciones Cuyo-Conicet. En ese sentido, advierte que el hostigamiento entre pares adquiere características nuevas: ya no hay pausa, no hay refugio claro y la audiencia potencial se multiplica. “Antes, cuando llegabas a tu casa, el acosador no podía seguirte. Hoy, el teléfono está siempre encendido, las redes nunca cierran y el mensaje humillante puede llegar a las 2 de la madrugada”, grafica.
En la vida cotidiana de los chicos, eso se traduce en situaciones muy concretas. “Un grupo donde alguien es ignorado puede convertirse en un chat donde directamente no está. Un comentario dicho en voz baja puede transformarse en una captura compartida. Una burla puede volverse un meme que circula sin control”, describe Candelaria Irazusta, psicóloga clínica y directora ejecutiva del Equipo Anti Bullying Argentina (ABA).
El ciberbullying, además, tiene características que lo vuelven especialmente dañino: la posibilidad de actuar desde el anonimato o la distancia, la rapidez con la que se difunde el contenido, la dificultad para borrar lo que ya circuló y la presencia constante de espectadores que amplifican el impacto.
Esto genera una experiencia particular en quien lo sufre. “No solo se siente expuesto, sino que muchas veces no sabe quién está detrás ni hasta dónde llegó lo que se dijo”, explica Irazusta. Esa incertidumbre puede derivar en ansiedad, desconfianza y una fuerte sensación de pérdida de control.
Pero las pantallas también influyen de manera más profunda. Como advierte Castro Santander, los contenidos que circulan en redes muchas veces refuerzan modelos de vínculo, de poder y de pertenencia que pueden ser excluyentes o violentos. En ese contexto, los chicos no solo interactúan: también aprenden.
Por eso, los especialistas coinciden en que la clave no es prohibir, sino acompañar: estar presentes en el mundo digital de los chicos, conversar sobre lo que ven, ayudarlos a desarrollar criterios y, sobre todo, construir la confianza necesaria para que puedan pedir ayuda. “Hoy, cuidar la convivencia también implica cuidar lo que pasa en las pantallas”, resume Irazusta.
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¿Qué pasa cuando aparece el miedo permanente?Cuando el miedo se instala como parte de la experiencia escolar, algo esencial se rompe. La escuela deja de ser un espacio de aprendizaje y se convierte en un lugar de tensión constante.
Ese miedo no surge solo en los momentos de agresión. “Aparece el domingo a la noche, cuando los chicos anticipan el lunes. En el recreo, cuando no saben con quién estar. En el aula, cuando dudan si hablar o quedarse en silencio”, describe Candelaria Irazusta, psicóloga clínica y directora ejecutiva del Equipo Anti Bullying Argentina (ABA). Poco a poco, se vuelve parte de lo cotidiano.
Desde una mirada neurobiológica, esto tiene efectos concretos. “Los chicos dejan de estar en modo de aprendizaje y pasan a estar en modo de supervivencia”, explica Alejandro Castro Santander, psicopedagogo institucional y director del Observatorio de la Convivencia Escolar del Centro de Investigaciones Cuyo-Conicet. Cuando el cerebro percibe amenaza, se activa el sistema de alarma y los recursos cognitivos y emocionales quedan subordinados a sentirse a salvo.
En ese contexto, la concentración, la memoria y la capacidad de vincularse se ven afectadas. Aparecen también síntomas físicos —dolores de panza, de cabeza, cansancio—, baja la autoestima y se debilitan los vínculos. “El chico ya no está disponible para aprender, porque está ocupado en algo mucho más básico: sentirse a salvo”, resume Irazusta.
Cuando el miedo se vuelve crónico, transforma el clima escolar: se instala el silencio, la dificultad para pedir ayuda y la sensación de que no vale la pena hablar. Castro Santander agrega un punto clave: cuando los adultos también tienen miedo o no saben cómo intervenir, la señal que reciben los chicos es que no hay salida.
Para Mónica Toscano, psicóloga y especialista en adolescentes y violencia entre pares, esto también se vincula con la ausencia de reglas claras. “Cuando fallan los límites, aparece el miedo. Porque no hay un marco que ordene y contenga”, señala. Por eso insiste en la importancia de los “límites ordenadores”: reglas claras, explicadas y sostenidas que no sean autoritarias, pero que sí den seguridad.
Irazusta suma otra alerta: “Muchas veces ese miedo viene acompañado de silencio. Silencio por vergüenza, por confusión o por no saber si alguien lo va a entender. Y ese silencio es peligroso, porque aísla”.
Los especialistas coinciden en un punto central: el sentimiento de seguridad no es un complemento de la educación, sino su condición de posibilidad. Ningún chico puede aprender en un entorno donde siente miedo.
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¿Cómo hablar de la violencia escolar antes y después de un conflicto?Hablar de violencia escolar no debería ser algo que ocurra solo cuando el problema ya está instalado. De hecho, muchas veces la calidad de esas conversaciones previas define cuánto y cómo se va a poder intervenir después.
“Hablar no aumenta el riesgo ni ‘mete ideas en la cabeza’. El silencio es el que favorece la reproducción de la violencia”, plantea Alejandro Castro Santander, psicopedagogo institucional y director del Observatorio de la Convivencia Escolar del Centro de Investigaciones Cuyo-Conicet. Abrir espacios de conversación antes de que ocurra una situación es una de las herramientas más potentes de prevención.
En la práctica, esto no implica grandes discursos, sino algo más cotidiano. “Se trata de generar espacios donde los chicos puedan poner en palabras lo que sienten, entender qué está bien y qué no, y reconocer que no todo lo que pasa entre pares es ‘normal’”, explica Candelaria Irazusta, psicóloga clínica y directora ejecutiva del Equipo Anti Bullying Argentina (ABA).
Esa conversación se construye en lo diario. “No requiere sentarse a ‘tener una charla’, sino crear una atmósfera donde los conflictos y las emociones puedan hablarse”, señala Castro Santander. Preguntar cómo les fue en el día, compartir situaciones propias o habilitar preguntas simples, como “¿cómo te sentiste?” o “¿qué pasó?”, puede abrir ese canal.
La forma de conversar también cambia con la edad. Con los más chicos, puede darse a través de juegos, cuentos o situaciones cotidianas: “¿Qué harías si un amigo te empujara?” o “¿cómo te sentiste cuando Juan no te dejó jugar?”. Con los adolescentes, la clave es otra. “Estar disponibles sin invadir, mostrar interés sin interrogar, abrir la conversación sin ponerlos en el banquillo”, afirma el experto.
Para Mónica Toscano, psicóloga y especialista en adolescentes y violencia entre pares, habilitar la palabra antes de que el conflicto escale resulta central: “Es fundamental abrir espacios donde los chicos puedan hablar de lo que les pasa, de sus miedos, de lo que no entienden”. Cuando eso no ocurre, muchas veces el malestar encuentra otras formas de expresión.
Después de un episodio, la respuesta adulta también es determinante. No se trata de tener la solución perfecta, sino de ofrecer presencia, escucha y claridad. “Escuchar sin minimizar ni dramatizar, ayudar a poner en palabras lo que pasó y transmitir que eso importa son pasos fundamentales”, explica Irazusta.
Castro Santander agrega que estas conversaciones deben contemplar a todos los involucrados: quien fue víctima, quien ejerció la violencia y también los testigos. Validar el sufrimiento, evitar reducir todo a una sanción y ayudar a comprender lo que pasó son instancias necesarias para reparar y prevenir.
En todos los casos, hay algo en común: cada conversación es una señal. Una señal de si ese es un espacio donde vale la pena hablar o no. Cuando un chico se anima a contar lo que le pasa, no solo está informando algo: está confiando. Y cómo respondan los adultos puede marcar la diferencia.
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¿Cuáles son las señales de alerta que pueden dar la pauta de un conflicto serio?La violencia escolar muchas veces aparece primero en pequeños cambios que, si no se leen a tiempo, se escapan del radar.
Por eso, más que esperar un relato claro, es clave aprender a mirar. “Las señales de alerta son información. Son el modo en que un chico comunica que algo no está bien, muchas veces sin poder decirlo con palabras”, explica Alejandro Castro Santander, psicopedagogo institucional y director del Observatorio de la Convivencia Escolar del Centro de Investigaciones Cuyo-Conicet.
Entre las más frecuentes aparecen cambios en el estado de ánimo —tristeza, irritabilidad, ansiedad—, resistencia a ir al colegio, aislamiento social, baja en el rendimiento escolar o síntomas físicos sin causa médica clara, como dolores de panza o de cabeza.
También pueden observarse alteraciones en el sueño o en el apetito, pérdida o daño de objetos personales y cambios en el modo de uso del celular: desde evitarlo hasta utilizarlo con angustia o de manera compulsiva.
A veces, las señales aparecen en frases que pueden parecer menores, pero que dicen mucho: “No me invitaron”, “nadie me habla”, “me da igual ir o no ir”, “capaz el problema soy yo”.
“Un cambio brusco en la conducta, en el ánimo o en los vínculos siempre merece atención, aunque no sepamos todavía qué está pasando”, señala Castro Santander.
Mónica Toscano, psicóloga y especialista en adolescentes y violencia entre pares, coincide en la importancia de captar esos indicios a tiempo. “Las expresiones de violencia surgen cuando los signos no alcanzan a ser leídos por los adultos”, advierte. Por eso, insiste en mirar más allá de lo académico: no solo qué aprende un chico sino cómo está.
Candelaria Irazusta, psicóloga clínica y directora ejecutiva del Equipo Anti Bullying Argentina (ABA), suma un criterio clave: estas señales no siempre indican la existencia de un conflicto si se presentan de manera aislada. Pero cuando aparecen en simultáneo o se sostienen en el tiempo, evidencian que algo no está bien.
Los indicios cobran más importancia al tener en cuenta que muchas veces los chicos no cuentan lo que les pasa. Puede ser por vergüenza, por miedo a que la situación empeore o porque no saben si lo que viven “es lo suficientemente grave”.
Castro Santander agrega un punto que suele quedar fuera del radar: también hay señales en chicos que podrían estar en un proceso de ejercer violencia. “Expresar fantasías de revancha, sentirse sistemáticamente excluido o mostrar dificultad para empatizar con otros son indicadores que requieren atención”, advierte. Intervenir a tiempo, en estos casos, también es una forma de cuidado.
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¿Cómo impacta la violencia en la salud mental?La violencia escolar no es solo un problema de convivencia: también es un problema de salud mental.
“Cuando un chico atraviesa situaciones de maltrato, el impacto no queda limitado a lo que pasó. Se instala en cómo se siente, en cómo se percibe a sí mismo y en cómo empieza a vincularse con los demás”, señala Candelaria Irazusta, psicóloga clínica y directora ejecutiva del Equipo Anti Bullying Argentina (ABA).
En esa línea, Alejandro Castro Santander, psicopedagogo institucional y director del Observatorio de la Convivencia Escolar del Centro de Investigaciones Cuyo-Conicet, suma: “Ser víctima de violencia durante la infancia y la adolescencia no es algo que simplemente se supera con el tiempo. Puede dejar marcas profundas si no es acompañado”.
En el corto y mediano plazo, los efectos más frecuentes incluyen ansiedad, tristeza persistente, baja autoestima, aislamiento social y dificultades para confiar en otros. También puede aparecer un estrés sostenido que afecta el descanso, la concentración y el bienestar general.
Irazusta aporta una clave clínica importante: no todos los chicos reaccionan igual ante una misma situación. “Es fundamental diferenciar si había una dificultad previa que se agrava o si los síntomas son una respuesta esperable frente a un entorno hostil”, explica. Esa diferencia cambia la forma de intervenir.
En situaciones más intensas o prolongadas, pueden aparecer consecuencias más graves: autolesiones, ataques de pánico, ideación suicida o síntomas compatibles con estrés postraumático.
El impacto, además, no se limita a quienes son víctimas directas. “Los testigos de violencia también pueden desarrollar ansiedad, desconfianza y pérdida del sentido de pertenencia”, señala Castro Santander. Y quienes ejercen violencia también están atravesados por dificultades emocionales que necesitan ser abordadas.
Hay un punto crucial: la violencia ocurre en una etapa en la que el grupo de pares es central para la construcción de la identidad. Por eso, el daño no es solo por lo que pasa, sino por lo que significa: sentirse rechazado, expuesto o sin lugar.
Pero también hay un factor protector poderoso. “La presencia de al menos un adulto significativo que brinde apoyo genuino puede cambiar la trayectoria de ese malestar”, destaca Castro Santander. No hace falta que sea toda la red: a veces, un vínculo seguro hace la diferencia.
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¿Qué hacer desde la familia cuando aparece una señal de alerta?Cuando aparece una señal de alerta, lo más importante es no mirar para otro lado, pero tampoco reaccionar desde el impulso.
“El primer paso es no minimizar. Decir ‘son cosas de chicos’ no protege: deja al chico solo con lo que le pasa”, advierte Alejandro Castro Santander, psicopedagogo institucional y director del Observatorio de la Convivencia Escolar del Centro de Investigaciones Cuyo-Conicet.
El punto de partida es otro: escuchar y validar. Que el menor sienta que puede contar lo que le pasa sin ser juzgado y ante un adulto que no se desborda.
“No todo es bullying, pero todo lo que pasa entre chicos necesita ser acompañado y comprendido con claridad”, señala Candelaria Irazusta, psicóloga clínica y directora ejecutiva del Equipo Anti Bullying Argentina (ABA). Por eso, también es importante no sacar conclusiones apresuradas.
Crear condiciones para que la conversación ocurra es clave. No se trata de exigir respuestas, sino de estar disponibles, preguntar con calma y sostener el vínculo. A veces, el relato no aparece de inmediato, pero la puerta tiene que estar abierta.
Para Mónica Toscano, psicóloga y especialista en adolescentes y violencia entre pares, escuchar implica también poder correrse de la propia angustia. “Muchas veces los chicos no cuentan lo que les pasa porque temen la reacción de los adultos. Necesitan sentirse escuchados, no invadidos por el miedo de sus padres”, explica.
Otro paso fundamental es no actuar en soledad. La familia necesita articular con la escuela. “Cuando la comunicación ocurre a tiempo, las intervenciones son mucho más efectivas”, señala Irazusta.
Si el chico logra contar lo que le pasa, la respuesta adulta en ese primer momento es determinante. “Creerle es fundamental. Decirle ‘no es tu culpa’ y transmitirle que no está solo puede marcar una diferencia enorme”, subraya Castro Santander.
Si aparecen señales de sufrimiento emocional importante —aislamiento, angustia intensa, cambios bruscos—, consultar con un profesional de salud mental no es exagerado.
Y mientras todo eso ocurre, hay algo que no puede faltar: sostener, reforzar sus recursos y mostrarle al menor que no está solo.
El rol de las familias no es tener todas las respuestas, sino algo más importante. “Estar cerca, ayudar a mirar lo que pasa y acompañar con criterio”, resume Irazusta.
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¿Qué rol tienen la escuela y los docentes?La escuela y los docentes tienen un rol central. No solo porque la violencia ocurre en ese espacio, sino porque tienen la posibilidad real de prevenirla, detectarla e intervenir a tiempo.
“La convivencia no es algo que simplemente pasa: se construye de manera intencional todos los días”, señala Candelaria Irazusta, psicóloga clínica y directora ejecutiva del Equipo Anti Bullying Argentina (ABA). Eso implica estar atentos a las dinámicas del grupo, detectar señales tempranas, no minimizar lo que ocurre e intervenir de manera clara y sostenida.
Un punto clave, agrega la psicóloga, es entender que la violencia no es solo un problema entre dos chicos, sino un fenómeno grupal. Por eso, la intervención no puede centrarse únicamente en la víctima o en quien agrede, sino en todo el entramado de vínculos.
En ese sentido, el rol de las autoridades es fundamental. “Cuando los chicos perciben que los adultos no intervienen o no están alineados, aumenta la sensación de inseguridad y el problema tiende a crecer”, advierte Irazusta.
Alejandro Castro Santander, psicopedagogo institucional y director del Observatorio de la Convivencia Escolar del Centro de Investigaciones Cuyo-Conicet, suma otra dimensión: el vínculo docente-alumno es uno de los factores más protectores. “Un docente que es percibido como justo, disponible e interesado genuinamente en sus alumnos puede ser un adulto significativo que cambie la trayectoria de un chico”, explica.
Además, advierte que las escuelas que trabajan de manera sistemática en habilidades socioemocionales muestran menores niveles de violencia. Y agrega un punto central: los protocolos son necesarios, pero no suficientes. “Si los adultos no están formados ni acompañados para intervenir, los protocolos quedan en el papel”, señala.
Berra introduce un factor poco trabajado en la escuela: la educación de la agresividad. “Hay una dimensión ausente en la educación: faltan herramientas y contenidos para trabajar esa pulsión humana tan indispensable que es la agresividad. Entendida no como violencia, sino como una energía necesaria para defender la vida y desarrollarse”, plantea. “Si no se educa, esa energía puede desbordarse y transformarse en daño hacia otros o hacia uno mismo”, añade.
Para Mónica Toscano, psicóloga y especialista en adolescentes y violencia entre pares, la función de la escuela incluye también marcar límites claros. “Los chicos necesitan un marco que ordene y les dé seguridad”, sostiene.
Esto requiere coherencia entre los adultos, normas precisas y sostenidas, y una intervención que no sea solo reactiva. Porque el rol de la escuela no es únicamente actuar cuando aparece el problema, sino generar las condiciones para que no se instale.
En ese trabajo, la articulación con las familias es clave para que la intervención sea más efectiva.
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¿Cómo hacer de la escuela un lugar donde se pueda hablar?Las escuelas donde los chicos pueden hablar se construyen, y se construyen todos los días.
Un alumno habla cuando siente que va a ser escuchado, que no va a ser juzgado y, sobre todo, que algo va a pasar con eso que expresa. Si cada vez que intenta decir lo que siente recibe silencio, minimización o respuestas poco claras, aprende rápido que no vale la pena hacerlo.
“Los chicos son muy sensibles a la coherencia entre lo que la escuela dice y lo que hace. Cuando no coincide, dejan de confiar”, explica Alejandro Castro Santander, psicopedagogo institucional y director del Observatorio de la Convivencia Escolar del Centro de Investigaciones Cuyo-Conicet.
Por eso, construir una escuela donde se pueda hablar implica algo concreto: adultos disponibles y presentes en lo cotidiano, no solo cuando el problema ya explotó.
También requiere espacios de escucha reales —no solo formales—, normas claras que den previsibilidad y seguridad, e intervenciones que cuiden y no expongan ni revictimicen.
Candelaria Irazusta, psicóloga clínica y directora ejecutiva del Equipo Anti Bullying Argentina (ABA), suma otro punto clave: el rol del grupo. “Muchas veces, lo que define que una situación escale o no es lo que hace el resto. Por eso, es fundamental trabajar con los compañeros para que puedan ser parte de la solución y no del problema, indica”.
En esa línea, aprender a pedir ayuda, a acompañar a otros y a no reforzar el daño también es un aprendizaje. No surge espontáneamente.
Para Mónica Toscano, psicóloga y especialista en adolescentes y violencia entre pares, esto solo es posible si hay trabajo en equipo. “Se impone la necesidad de crear comunidad entre docentes, directivos, familias y alumnos”, señala.
Cuando los chicos perciben coherencia entre los adultos y sienten que hay un marco claro, la confianza crece. Y con la confianza, aparece algo fundamental: la posibilidad de hablar.
En ese sentido, Berra advierte que lo que está en juego es más profundo que una norma o un protocolo. “Hoy muchos jóvenes sienten más pertenencia en los grupos digitales que en la escuela o en la familia. Cuando esos espacios no logran ser lugares de reconocimiento y escucha, aparecen estas manifestaciones de violencia, que son la punta del iceberg de algo mucho más profundo”, afirma.
Para el especialista, construir espacios donde los chicos puedan hablar implica también involucrarlos. “Si los estudiantes no participan en la construcción de los acuerdos de convivencia, esos acuerdos se transforman en reglamentos que nadie siente propios”, explica. “Involucrarlos, especialmente a los más grandes, de los últimos años del secundario, es clave para que la escuela vuelva a ser un espacio de cuidado, de encuentro y de pertenencia”, plantea.
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¿Dónde pueden pedir ayuda las familias y los docentes?Cuando aparecen situaciones de conflicto o violencia, una de las dificultades más frecuentes es no saber a dónde recurrir. Sin embargo, existen distintos espacios de orientación, formación y acompañamiento.
Equipos de orientación escolar. En el ámbito escolar, el primer punto de contacto suele ser el equipo de orientación —cuando lo hay— o el propio establecimiento educativo, que puede articular con otros recursos.
Atención de la salud. En el sistema público, los centros de salud, hospitales y servicios de salud mental infantojuvenil ofrecen atención y orientación gratuita.
También existen líneas de ayuda como:
●102, para niñas, niños y adolescentes. También es posible comunicarse por WhatsApp al: +54 11 3910-1010,
● 137, de violencia familiar, sexual y grooming También es posible comunicarse por WhatsApp al (54911) 3133-1000.
●0800-999-0091, de salud mental, que funcionan en todo el país.
Gobiernos y organizaciones. Existen pautas provistas desde el gobierno nacional y desde los gobiernos provinciales. Además, ofrecen herramientas organismos como Unicef y organizaciones de la sociedad civil publican guías, materiales y capacitaciones sobre convivencia escolar, bullying y salud mental, muchas de ellas disponibles online.
En las organizaciones sociales, hay equipos especializados que trabajan en formación y prevención.
●Candelaria Irazusta, psicóloga clínica, menciona el trabajo que hacen desde el Equipo Anti Bullying Argentina, que desarrolla programas de acompañamiento a escuelas y familias orientados a la convivencia y la detección temprana.
●También la Fundación Vincular trabaja junto a las instituciones educativas en la construcción de acuerdos de convivencia, con participación activa de los estudiantes —especialmente de los últimos años del secundario—, y ofrece instancias de capacitación para docentes, familias y otros espacios comunitarios.
●Por su parte, Mónica Toscano, psicóloga y especialista en adolescentes y violencia entre pares, desarrolló un método de prevención de la violencia en el aula que se implementa desde hace más de dos décadas en escuelas de la Argentina y otros países, centrado en la detección temprana de señales, el trabajo con el grupo y la construcción de límites claros como forma de cuidado.
Referencias internacionales.
●Guía de Buenas Prácticas en Parentalidad Positiva. Es del Ministerio de Derechos Sociales de España y es considerada un documento de referencia para el apoyo a las familias. Se basa en un enfoque ecológico-sistémico que promueve la autonomía familiar y el "buen trato", ofreciendo pautas sobre cómo establecer vínculos afectivos sanos y una disciplina no violenta basada en la responsabilidad.
●Integrar el Aprendizaje Social y Emocional. Traducida por expertos españoles, esta guía de políticas y prácticas de la Unesco sintetiza las investigaciones mundiales más recientes.
ABUSO
>APUESTAS ONLINE
>CHICOS Y PORNOGRAFÍA
>VIOLENCIA DE GÉNERO
>BULLYING
>SUICIDIO
>DEPRESIÓN
>CONSUMO ADOLESCENTE
>TRASTORNOS DE LA ALIMENTACIÓN
>Cómo hicimos esta guía
Esta guía fue elaborada por el equipo de Fundación LA NACION a partir de entrevistas en profundidad con especialistas en convivencia escolar y adolescencias: Alejandro Castro Santander, psicopedagogo institucional, director del Observatorio de la Convivencia Escolar del Centro de Investigaciones Cuyo-Conicet y referente de Argentinos por la Educación; Candelaria Irazusta, psicóloga clínica y directora ejecutiva del Equipo Anti Bullying Argentina (ABA); Mónica Toscano, psicóloga, especialista en adolescentes y violencia entre pares y creadora de un método de prevención de la violencia en el aula; y Juan Pablo Berra, filósofo, autor de libros sobre prevención de adicciones, violencias y vínculos, fundador de la Escuela de Creadores y de la Fundación Vincular.